'Dreams' de Michel Franco: sueños eróticos y pesadillas sociales
La película, tan imperfecta como sugestiva, cuenta una historia de amor imposible con un trasfondo de prejuicios de clase

Escena de 'Dreams', de Michel Franco. | Sideral
La primera escena de la película es brutal: un camión abandonado en un arcén. De pronto, se empiezan a oír golpes, después gritos. En el interior, encerrados, hay inmigrantes ilegales que se están asfixiando. La última escena es igualmente brutal: un acto de venganza inclemente, aniquilador.
Dreams, del mexicano Michel Franco, cuenta una historia de amor desaforado e imposible, que deriva en relación retorcida y muy tóxica, con un trasfondo de estatus social en conflicto. El deseo puede soñar con derribar muros que parecen infranqueables y en realidad resultan serlo.
La protagonista, Jennifer (Jessica Chastain, siempre sofisticada, aquí desatada en algunos momentos), es la hija de un millonario de San Francisco. El padre le ha encomendado la gestión de la fundación filantrópica de la familia, que combina cultura y apoyo a los desfavorecidos. Entre sus proyectos, tienen en México una escuela de danza para jóvenes bailarines con talento y escasas posibilidades. En secreto, Jennifer ha iniciado una relación amorosa con uno de ellos, Fernando (interpretado por el bailarín profesional Isaac Hernández). Cuando la millonaria vuelve a Estados Unidos, Fernando decide cruzar la frontera ilegalmente para reunirse con ella y mantienen una relación muy carnal y muy secreta. Michel Franco consigue, con la complicidad de los actores, algunas escenas de alto voltaje erótico. Hasta que ella empieza a sentirse incómoda y desea mandarlo de vuelta a México, donde se desarrollará el último tramo de la película.
Partiendo de esta imposible relación amorosa entre una sofisticada millonaria estadounidense de mediana edad y un inmaduro bailarín mexicano, Franco mete el dedo en el ojo denunciando los autoengaños y larvados prejuicios de ciertas élites progresistas que juegan al buenismo para tener la conciencia tranquila (y de paso desgravar). ¿Su filantropía tiene una verdadera vocación de ayudar o es un modo de purgar la mala conciencia de clase?
La poderosa familia de la protagonista —el padre, el hermano— son los típicos liberales de mente abierta de la costa oeste. Pero una cosa es dedicar una parte de la fortuna a proyectos integradores y multiculturales y otra que tu hija o hermana mantenga una relación amorosa con un joven mexicano que ni remotamente forma parte de la misma clase social. Entonces los discursos buenistas de boquilla se tambalean y emergen ese racismo latente y ese clasismo que creían haber aparcado. La voluntad de proteger el estatus y el patrimonio familiar se torna entonces implacable.
Efectismo
Desde la mujer adúltera arquetípica de la novela decimonónica —Madame Bovary, Ana Karenina, La Regenta…—, la sexualidad liberada de corsés que pone en cuestión el orden social ha sido un motor narrativo muy jugoso. Sigue siéndolo y Michel Franco lo utiliza aquí con habilidad —y cierto efectismo marca de la casa— para hacer un retrato de los prejuicios imperantes en las relaciones entre Estados Unidos y México.
Su cine, en el que en ocasiones el efectismo deriva en truculencia, tiene desde hace tiempo planteamientos contundentes, en ocasiones con mensajes un poco demasiado obvios, porque entre sus virtudes no destaca la sutileza. Franco se dio a conocer internacionalmente con su quinto largometraje, Las hijas de Abril, una reflexión sobre la maternidad ambientada en Puerto Vallarta y protagonizada por Emma Suárez. Pero fue con Nuevo orden cuando consiguió que los espectadores se retorcieran incómodos en sus butacas. Planteada como una distopía, la película hurgaba en la brecha de clases sociales en México y planteaba un choque perturbador y muy violento.
Le siguió Sundown, protagonizada por Tim Roth como miembro de una rica familia británica de vacaciones en un resort de lujo en Acapulco. Cuando deben marcharse, él decide quedarse, simulando haber perdido el pasaporte, por motivos que se descubrirán al final. La película contenía escenas muy impactantes de la violencia del narco y la industria de los secuestros en México. Después llegó Memory, rodada en inglés en Nueva York, con un conmovedor Peter Sarsgaard en el papel de un hombre que está perdiendo la memoria, y Jessica Chastain en su primera colaboración con el director. Era una cinta sobre los traumas del pasado y las segundas oportunidades, lastrada por algunas situaciones poco verosímiles.
También en Dreams, su segunda película rodada en Estados Unidos, hay un par de situaciones inverosímiles. En primer lugar, diría que un bailarín procedente de una familia de clase media baja y becado por una fundación americana tiene opciones más sensatas para entrar en Estados Unidos y quedarse ilegalmente que cruzar la frontera en un camión repleto de inmigrantes sin apenas recursos. Y en segundo lugar, cualquier persona que conozca mínimamente la exigencia física y técnica del ballet clásico no puede tragarse que un bailarín que lleva tiempo malviviendo y sin ensayar sea contratado por el Ballet de San Francisco y convertido poco después en primer bailarín de nada menos que El lago de los cisnes, una de las piezas más exigentes del repertorio.
Si en la primera parte es la rica y caprichosa estadounidense quien tiene el control sobre el joven bailarín, en la segunda, situada en México, las tornas cambian, la historia toma una deriva cada vez más siniestra y asoma la naturaleza humana más primaria, marcada por la diferencia de estatus y las relaciones de poder que esta impone. Hasta que se restablece el orden social mediante una acción brutal que deja claro quién manda. Como casi todo el cine de Michel Franco, Dreams es tan imperfecta como sugestiva.
