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Iglesia y pederastia: el problema y la responsabilidad

Foto: Vatican Media/Handout | AFP

La tradicional gestión de los casos de pederastia dentro de la Iglesia católica ha ocasionado los graves problemas de credibilidad a los que se enfrenta a cada paso la institución. A la gravedad de los hechos evidenciados habrá que añadir los múltiples intentos de encubrimiento, la ligereza con la que muchas víctimas fueron tratadas o el silencio plomizo de las autoridades competentes. Eso ha sido así, pese a quien a quien pese. Las adversativas, que son la primera fuente de defensa de los que se sienten atacados, nunca nos protegen de la realidad. Benedicto XVI y Francisco lo llevan reconociendo desde hace tiempo. Las noticias constantes nos demuestran que la cuestión no está zanjada. Lo que es peor, hay quien hace oídos sordos a las denuncias desde la jerarquía. Parecen que no saben lo que deberían salvaguardar primero. Y no es precisamente el prestigio o la autoridad. Las víctimas tienen que ser el espejo en el que mirarse.

Sin embargo, los debates públicos y eclesiales se enquistan con malentendidos o tergiversaciones. Hay quien no duda en sacar los habituales clichés anticlericales, quien busca retorcer la realidad para azuzar la bulla, quien se salta cualquier evidencia científica para sacar conclusiones arriesgadas o quien utiliza esta crisis como munición para la intensa guerra cultural soterrada que vive la Iglesia en estos momentos. En las últimas semanas se ha sostenido, lo que tampoco es ninguna novedad, la interrelación entre celibato y pederastia, aunque no haya datos que avalen esta suposición. Para sorpresa de propios y ajenos, en la Iglesia católica hay presbíteros casados en el rito oriental. Y no causa escándalo alguno.

El celibato no es ningún dogma de fe. Se fue imponiendo lentamente en la iglesia católica en torno a los siglos XI y XII. Con esta disposición, que no fue fácilmente aceptada en algunas regiones europeas, se intentaba responder a los problemas morales y económicos a los que se enfrentaban por aquel entonces los sacerdotes diocesanos. Y es que, por añadir un elemento más al análisis, no es lo mismo pertenecer al clero que ser religioso. Pese a que la prensa y la opinión popular lo confundan todo. Por cierto, otras iglesias cristianas donde no hay celibato también están atravesando crisis por casos de abusos sexuales. E, incluso, y siempre según las incompletas estadísticas que disponemos, la mayoría de los pederastas son miembros de la familia de las víctimas y hay más perpetradores casados que solteros.

Con todo, hay que regresar al inicio. La inmensa mayoría del clero y de los religiosos no son pederastas. Que, por regla general, los pederastas sean familiares o personas cercanas a los niños no supone responsabilizar a las familias de estas acciones depredadoras. Tampoco la Iglesia católica es culpable de los delitos de sus miembros (y aquí también habría que pensar en los laicos). De lo que sí es responsable es de su respuesta ante estas situaciones. Lo que hemos ido sabiendo nos sacude por la extensión de prácticas funestas. La auto-exigencia eclesial siempre deberá ser radical porque la ética cristiana solamente se entiende desde los más frágiles. Se juega en los hechos, no en las palabras.

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