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Una propuesta para luchar contra el terrorismo yihadista

Hace ya algún tiempo el periodista Arcadi Espada lanzó una propuesta para luchar contra el terrorismo islámico que, a mi parecer, no ha tenido la repercusión que merece. Sugería Espada que los musulmanes de buena voluntad, todos aquellos que se horrorizan por los atentados yihadistas como podemos hacerlo cualquier otro, convocaran manifestaciones en las principales capitales europeas para mostrar ese su repudio de tales actos. Imaginemos que los 44 millones de creyentes que tiene el islam en Europa (un 6 % del total de europeos) inundaran las calles de Madrid, París, Londres, Colonia, Sarajevo, Roma, Barcelona, Cuenca y Melilla; imaginemos cuán claro sería el mensaje entonces para todos los que equivocadamente reputan el islam como sinónimo de violencia y terror (ya sea porque odian el islam, ya sea porque creen en una versión fanática y cruel del mismo).

De hecho, es frecuente que se produzcan manifestaciones para expresar el rechazo de la población ante el terrorismo (recordemos las multitudinarias manifestaciones en España contra ETA) o ante otras acciones violentas (guerras, genocidios, ataques contra las mujeres, acoso escolar…).  Y a menudo en esas manifestaciones quienes se manifiestan suelen ser los más directamente implicados por tales horrores en cuestión: contra ETA a menudo se manifestaban los vascos; contra la guerra, la población del país que pretende participar en ella; contra el acoso escolar, profesores, alumnos, padres y demás miembros de la comunidad educativa. ¿Por qué no aspirar entonces a una manifestación contra la yihad terrorista justo por parte del resto de musulmanes?

Contra esta idea en principio tan análoga a otras muchas que nadie pone en cuestión (o al menos yo no conozco a nadie en contra de que todos los implicados en la educación, incluidos los alumnos, se manifiesten contra el acoso a los alumnos) se ha levantado sin embargo una oposición feroz. Algunos han llegado incluso a considerar esta propuesta como islamófoba, como si acaso también pedir que nuestros educadores y educados luchen contra el acoso escolar significara odiar a esos educadores y educados. Pero, más allá de dicterios nerviosos, cierto es que algunos han tratado de proporcionar algunos argumentos más sólidos en contra de esta sugerencia. Argumentos que me gustaría brevemente sopesar.

Quizá la argumentación más repetida contra esta idea de Arcadi Espada es la que reza así: pedir a los musulmanes europeos que se manifiesten contra el terrorismo conllevaría afirmar implícitamente que ese terrorismo tiene algo que ver con ellos, cuando lo cierto es que la idea que los terroristas tienen del islam es a menudo no solo equivocada, sino escasa. Según este argumento, pues, lo que los terroristas defienden no es el verdadero islam y, por lo tanto, nada tienen que ver con ellos los musulmanes que sí profesan el islam verdadero (el resto).

Este modo de razonar tiene a mi juicio numerosos problemas. En primer lugar, es innegable su similitud con la conocida falacia del falso escocés que hace años denunciara el filósofo Antony Flew. Es decir, si afirmamos que los terroristas yihadistas no tienen nada que ver con el islam (pues el islam es una religión de paz, etc.), entonces también tendríamos que concluir que las cruzadas no tuvieron nada que ver con el cristianismo (pues esta “en realidad” es una religión de amor al prójimo), o que ningún varón maltrata a su pareja femenina (pues el hombre que maltrata a la mujer con la que convive no es, en realidad y en el pleno sentido del término, su pareja amorosa), etc. Es decir, podemos naturalmente intentar redefinir los términos (islam, cristianismo, pareja amorosa) a nuestro gusto, para intentar mostrar que son inocentes de todo lo malo que alguien pudiera vincular con ellos; pero parece una estrategia que solo convencerá a los previamente convencidos. El resto no tenemos por qué aceptar a priori que el islam es bueno por definición y que por lo tanto no tiene, no puede tener, nada que ver con todo lo malo que en principio parezca vinculado a él (y el terrorismo yihadista parece, de hecho, bastante vinculado a él: hablan de Alá, de Mahoma, usan el Corán, rezan oraciones islámicas, el término “yihad” es un término coránico…).

Pero es que, además, vincular el islam solo con las versiones pacíficas del mismo implica desconocer su realidad como institución. En efecto, a diferencia de la Iglesia católica, que tiene una jerarquía clara y una última autoridad bien definida (el papa y los concilios de obispos), en el caso del islam no existe una figura humana que posea toda la autoridad última dentro del mismo. Por ello, aunque en el catolicismo se pueda hablar de alguien que ha sido expulsado de la Iglesia por el papa (mediante la excomunión), en el islam no cabe decir que alguien (los terroristas) hayan sido expulsados del mismo por una autoridad última reconocida por todos los musulmanes. Igual que los chiitas pueden considerarse a sí mismo los únicos auténticos musulmanes y despreciar como tremendamente errados a los sunitas, pero ello no nos basta para que los no musulmanes dejemos de ver a los sunitas como parte del islam, del mismo modo el hecho de que muchos musulmanes no se sientan identificados con las versiones más violentas del islam no basta para que consideremos que estas versiones no tienen nada que ver con tal islam.

De hecho, precisamente la propuesta que aquí estamos defendiendo es lo que permitiría mostrar que a la gran mayoría del islam (aunque no “todo el islam”) le repele la versión más violenta del mismo. Negarse a unas manifestaciones multitudinarias como las que defendemos con la excusa de que está ya claro que el islam no es violento es justamente dar por sentado que todo el mundo “sabe” lo que esas manifestaciones deberían comunicar. Nadie se opuso a que los vascos se manifestaran contra ETA con la excusa de que ETA no tenía nada que ver con los vascos o que a estaba claro que los vascos no eran en su mayoría etarras (y nadie pidió que, por lo tanto, las únicas manifestaciones contra ETA las realizaran solo albaceteños); por tanto, resulta igualmente absurdo usar ese razonamiento aquí.

No ignoro, sin embargo, que convocar manifestaciones como las que aquí estoy defendiendo acarrea un riesgo: que la asistencia por parte de musulmanes a tales concentraciones resultara muy menguada. Y que, por lo tanto, tal convocatoria resultara contraproducente y el terrorismo comprobara que quizá tiene más apoyos, o al menos indiferencia, de la imaginada; y que creciera entre los europeos que no seguimos el islam el desprecio hacia los musulmanes en general, que se habrían mostrado tan poco activos contra el terrorismo, según esta hipótesis. Es una posibilidad que me parece improbable, pero que no niego que merezca la pena examinar.

Ahora bien, incluso en ese caso, opino que el resultado sería positivo. Si los musulmanes europeos carecen de contundencia contra el terrorismo yihadista (que no lo creo), quiero saberlo y tengo el derecho de saberlo. Pertenece a lo más admirable de nuestra tradición como europeos la famosa metáfora de Platón que nos incita a conocer la verdad de las cosas, por dolorosa, como la luz del sol, que sea; sin dejarnos cautivar por las atractivas sombras engañosas con que unos cuantos (a menudo de oficio político) quieren distraernos. Dicho de otro modo: creo que la convocatoria de manifestaciones de musulmanes contra el terrorismo nos traería valiosos bienes; pero, en todo caso, lo seguro es que nos traerá también una valiosísima verdad.

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