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Manuel Ruiz Zamora

Boyero y el juicio de gusto

«El tipo de «critica» que propone Boyero y que, como vemos, ha creado escuela, se asemeja asombrosamente al desembarco de la sentimentalidad en la, así llamada, nueva política»

Opinión

Boyero y el juicio de gusto
Biblioteca Nacional España

Carlos Boyero ha escrito, después de dejar constancia por enésima vez del tedio que le produce Almodóvar (algo en lo que cualquier persona decente estaría de acuerdo con él), lo siguiente: «Y en el catálogo de la revolucionaria y prestigiosa Filmin constato demasiadas muestras de un cine que me aburre, el que he padecido durante demasiados años en festivales. Pobre clasicismo, quieren destinarlo al mausoleo. O al olvido». El tuit en cuestión consta, pues, de dos partes. La primera es la expresión de un recurrente juicio de gusto marca de la fábrica: si por el algo conocemos a Boyero es precisamente porque le aburre gran parte del mejor cine que se ha hecho en los últimos tiempos. La segunda es una proposición con pretensiones de objetividad: el catálogo de Filmin resultaría escuálido en lo que se refiera al llamado cine clásico. Esto último es simplemente falso. No solo porque plataforma española cuenta con una nutrida representación de films de la época dorada del cine, sino, porque comparada esta con la que exhiben otras, como Netflix o HBO, es netamente superior.

La réplica de Filmin al injustificado aunque legítimo ataque de Boyero no solo ha sido ingeniosa, sino incluso elegante: ha convocado un concurso fake titulado «Buscamos al nuevo Boyero» en el que se han publicado las criticas de influencia más inconfundiblemente boyeristas (que no vouyeristas, ya que el boyerismo es aproximadamente lo contrario al vouyerismo) de sus usuarios. Así, un tal Alvaro 03, escribe sobre M. El vampiro de Dusserdorf, «Flojita. Qué mal ha envejecido. Lorre sobreactuado con ademanes del cercano cine mudo». Sobre La Noche del cazador, la soberbia película de Charles Laughton, un Costavetsky profiere: «El guión me parece infantil, ñoño y superficial. La fotografía irreal y exagerada. Los actores sobreactuados». Una más: un autodenominado Nevermore, proclama lo siguiente acerca del Paris, Texas de Wender: «¿Para cuándo un libro sobre las 1000 películas más sobrevaloradas que te harán perder un tiempo precioso? Creo que esta merecería figurar en el índice entre 2001, una Odisea en el espacio y cualquiera de Tarantino».

Bien, lo que ha hecho Filmin no es, ni más ni menos, que poner a Boyero frente al espejo de la inanidad de su concepto de «crítica» cinematográfica. ¿Qué es lo que tienen todas esas proclamaciones en común? Que remiten inexorablemente a las instancias más ínfimas de la subjetividad, o dicho de otra forma: que renuncian a alcanzar parámetros más o menos objetivos a partir de los cuales podamos acordar (o no) criterios de calidad. Por supuesto, alguien podría aducir que lo que Boyero formula son, precisamente, meros juicios de gusto, los cuales, según sabemos desde Kant, si por algo se caracterizan es porque remiten inevitablemente al sentimiento, es decir, a la subjetividad. Sí, pero también planteaba el autor de La crítica del juicio que la segunda instancia de este tipo de proposiciones es, precisamente, la de una paradójica pretensión de universalidad.

Recordemos que Kant distinguía, en primer lugar, entre lo agradable y lo bello. Cuando alguien afirma que le gusta una paella no está pretendiendo que la paella deba gustarle a todo el mundo, sino sólo dejando por sentado que a él le parece que está muy buena. Por el contrario, cuando afirmamos que una determinada película es buena, no solo estamos proclamando que nos gusta a nosotros, sino que aspiramos también a que debiera gustarle a todo el mundo, en virtud de una serie de especificidades que no tienen, sin embargo, por qué revelarse. Es decir, mi proposición será subjetiva, pero ambiciona a ser objetivable. Por supuesto, todo ello no es sino una ilusión, que se deriva de la proyección en el objeto del sentimiento de placer que él me inspira, deduciendo a partir de ahí una hipotética objetividad que, en realidad, tan solo es subjetiva.

Ahora bien, ¿es posible rellenar el espacio que va desde esa pura subjetividad hasta la pretensión de universalidad? Kant no nos lo dice, pero, en mi opinión, ello solo puede realizarse desde la instauración de un imperativo racional, por seguir empleando la terminología kantiana, es decir, a través de una argumentación que intente determinar, de una forma más o menos constructiva, las cualidades estéticas y de cualquier otro tipo del producto artístico. Sabemos, sin embargo, que nos movemos inevitablemente en el campo de la opinión, pero también que de dicho proceder no sólo podrá deducirse una iluminación y un  esclarecimiento de muchas zonas oscuras de la obra de arte, sino que también un posible enriquecimiento de las capacidades de nuestro propio entendimiento y, por extensión, de nuestra sensibilidad. Es verdad que la primera reacción que nos suscita un producto bello es la de la emoción, pero ello no agota, ni mucho menos, nuestra relación con las creaciones de la cultura. Hay muchas veces que es preciso comprender primero para poder conmovernos después y, solo cuando ello ocurre, podemos acceder a formas de expresión artísticas cada vez más ricas y complejas. Así pues, tan importante, al menos, como el sentimiento en el juicio de gusto lo es también la intervención de la razón.

Frente a ello el tipo de «critica» que propone Boyero y que, como vemos, ha creado escuela, se asemeja asombrosamente al desembarco de la sentimentalidad en la, así llamada, nueva política, la cual no es sino la reproducción atenuada de los recursos que ya constaban en los programas totalitarios del siglo pasado. Tanto el tipo de discurso estético que se refugia en la pura subjetividad, como el político que instaura el sentimiento como única forma de legitimación social están estableciendo, ya desde el principio, un ámbito de inconmensurabilidad que renuncia a cualquier posibilidad de entendimiento. Lo que a mí me gusta o lo que yo siento se convierten en potencialmente totalitarios cuando pretenden una universalidad que se salta, de forma consciente o inconsciente, la instancia de la racionalidad. «Al esteticismo de la política que el fascismo propugna – proclamaba Walter Benjamin, allá por los años 30 del siglo pasado -, el comunismo le contesta con la politización del arte». Bien, hoy todo resulta mucho más confuso y complicado: el esteticismo de la política nos viene fundamentalmente de una izquierda que ha perdido cualquier entronque con su memoria. En cuanto al arte, está uno tentado a decir con Hegel, no es ya sino una cosa del pasado.

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