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Marcos Ondarra

Madrid: paradigma de libertad y kriptonita del sanchismo

«La libertad está en no dejar que la izquierda decida tus asquitos y en no permitir que te impongan cordones sanitarios quienes se magrean con toda la morralla de España»

Opinión

Madrid: paradigma de libertad y kriptonita del sanchismo
SUSANA VERA Reuters

Decía Benjamin Franklin que donde mora la libertad, allí está la patria. Así se entiende por qué Madrid se ha convertido en la diana de los odiadores de España al mismo tiempo que se ha afianzado como destino predilecto de los librepensadores vascos y catalanes, hartos del verdadero nacionalismo -ese que provoca babeos en Ferraz-.

Pese a que la «libertad» es un concepto polisémico, los hunos y los hotros -socialistas y centristas, claro- se han reído mucho del significado preconizado por Isabel Díaz Ayuso. Quizá porque la ignorancia es atrevida, pues la presidenta ha conseguido convertir su región en libérrima y en dique de contención al sanchismo (fase de degradación máxima de la política tras la oclocracia). Y así lo ha demostrado en las elecciones del 4-M.

Por primera vez, las malas artes de Iván Redondo no evitaron el batacazo. El brujo de Moncloa, cartas mediante, no pudo cambiar un resultado necesario -en el sentido metafísico y político de la palabra-, pues los madrileños han comprobado durante demasiado tiempo las diferencias entre la gestión y la propaganda; entre la bajada de impuestos y el infierno fiscal; entre el modelo de Madrid y el de Cataluña, en definitiva.

Es cierto que los excesos de Rocío Monasterio y su equipo estuvieron a punto dar emoción al recuento de votos, por cuanto fueron la excusa a la que se aferraba la izquierda para sacar a pasear el rottweiler del fascismo con la ayuda inexcusable de sus periodistas de cabecera, que pusieron plató y argumentario. Pero la sobreactuación de las plañideras de la siniestra fue tal que ni siquiera eso pasó factura a la derecha.

Y es que todo son noticias positivas en estos comicios, empezando por Ángel Gabilondo, que podrá poner fin a su irrefrenable deriva sanchista y redimirse tras un tiempo -prolongado- de purga espiritual. Los cristianos sabemos que nunca es tarde para la redención si hay propósito de enmienda y por eso espero que le sean perdonados sus pecados, pues en el fondo se le ve buen tipo y su principal error es haber confiado ciegamente sus consignas a quien no debía.

También es motivo de celebración la marcha de Iglesias. El muy fantasma se presentó como libertador de una Madrid machista, homófoba y racista, por esa obsesión tan suya de proyectar en los demás sus propias miserias. También se arrogó la representación de la «mayoría», pero ésta ha hablado y le ha pedido que abandone la cosa pública. Y que cierre la puerta al salir.

Al egregio con coleta le aguarda ahora una jubilación dorada a cargo del contribuyente, que pagará sus suscripciones a Netflix, sus niñeras y hasta su tratamiento de cifosis con la alegría contenida de quien se sabe liberado de la segunda venida del Che Guevara. Iglesias podrá dedicar su ocio al «periodismo crítico» (sic), que en su diccionario es sinónimo de entrevista-masaje a Otegi y demonización constante de la derecha en prime time.

Conviene precisar que la crítica a Iglesias no implica el blanqueamiento de Mónica García, populista de colmillo afilado y dedos artrósicos cuya principal virtud es haber aprendido que el futuro de la extrema izquierda pasa por abrazar la superchería ecologista. García es toda una mona vestida de seda, y su sorpasso al soso no puede interpretarse sino como un cambio cosmético en el seno de la izquierda.

Si acaso hay que poner un pero a estos comicios es que Edmundo Bal se merecía un final más digno, pues se le encargó desde el principio una causa perdida. Edmundo sacó plaza de abogado del Estado con 26 años y soportó presiones inimaginables por defender nuestra democracia en el juicio del procés. Pero a estas alturas cargar con el peso muerto de Ciudadanos es un martirio que quizá convenga más a Gabilondo, que anda necesitado de una buena penitencia.

Y luego está lo de Ayuso. La presidenta ha seguido la consigna aristotélica de que sólo es libre quien ha superado sus miedos, y así ha convertido Madrid en paradigma de libertad y kriptonita del sanchismo.

Harían bien en tomar nota en Génova. La libertad está en no dejar que la izquierda decida tus asquitos y en no permitir que te impongan cordones sanitarios quienes se magrean con toda la morralla de España, hoy en la «dirección de Estado». Así lo ha entendido Ayuso, y por eso ha arrasado.

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