Sánchez en Pekín y nosotros en Babia
«Quizá Sánchez sobrevalora su importancia en el tablero global, y posiblemente en estos viajes está pensando en un posible puesto internacional tras su presidencia»

Ilustración generada mediante IA.
La mayoría de análisis en la prensa española sobre el viaje de Pedro Sánchez a China parten de una verdad, que China es un régimen autoritario que no cumple con los derechos humanos y que no tiene libertades civiles, pero se quedan siempre ahí. En España, salvo los corresponsales en el país y algún que otro periodista (pienso en Ángel Villarino), nadie piensa mucho en China, y si lo hace, es siempre con el binomio dictadura-democracia, capitalismo-comunismo. ¿Es China comunista o capitalista? ¿Es una dictadura o qué es exactamente? El debate termina ahí. Se pone la etiqueta, o se debate sobre la etiqueta, y punto. Como no hay manera de determinar exactamente qué es, porque es un régimen más híbrido y cambiante de lo que parece (tiene etapas aperturistas y liberales y otras de vuelta a la represión y la ortodoxia comunista), el debate sigue y sigue. Creo que la mejor definición del modelo chino la dio Branko Milanovic, y es la más sencilla: es un capitalismo de Estado en el que los capitalistas proporcionan el combustible y el timón lo tiene siempre el Estado.
No comparto el entusiasmo desmedido de algunos analistas chinos con el discurso de Sánchez en la Universidad de Tsinghua (el analista Kaiser Kuo, del imprescindible podcast Sinica, dijo que fue una masterclass diplomática), pero tuvo aspectos interesantes. El inicio con la historia del jesuita Matteo Ricci quizá es una referencia trillada, pero está bien traída en un contexto de «descentralización» del poder global. Ricci llegó a China en el siglo XVI con un mapa en el que Europa estaba en el centro y Asia en los márgenes. Es el mapa mental que hemos usado en Occidente desde hace varios siglos. Sánchez recordó que «en el año 1583, China era ya una gran potencia que representaba una cuarta parte de la población y del PIB global. Que comerciaba con medio planeta. Y que lideraba la ciencia y la tecnología en muchos ámbitos». A los chinos (y especialmente a un Xi Jinping bastante revisionista) les encanta que les recuerden que China no está surgiendo ahora, sino resurgiendo.
Sánchez también defendió el multilateralismo en una época en la que la gran potencia histórica multilateral, Estados Unidos, ha vuelto al mercantilismo y las áreas de influencia; China está convirtiéndose, poco a poco y en algunas regiones, en un sorprendente defensor del multilateralismo que inventó el orden liberal. Hace unos meses, el primer ministro canadiense, Mark Carney, dijo que China era un país más fiable como socio comercial que Estados Unidos (son cuestiones matizables, claro: Sánchez recordó en su discurso los déficits comerciales que tienen muchos «socios» de China con el país).
Aunque Sánchez no hizo ninguna mención a Taiwán ni al respeto de su soberanía, la prensa estatal china habló en varias ocasiones del supuesto compromiso de España con el «principio de una sola China». La posición oficial europea, en cambio, es la «política de una sola China». La diferencia parece mínima, pero es importante. El «principio» asume que Taiwán es parte de China y que tarde o temprano tendrá que reunificarse con la China continental; la «política», en cambio, defiende el statu quo actual. Para Xi Jinping, el discurso del multilateralismo y el fin de la hegemonía estadounidense en el mundo está unido al del futuro de Taiwán. Cuando Sánchez habla de Matteo Ricci y de multilateralismo y de que hay que abandonar el eurocentrismo, Jinping piensa en Taiwán: «Taiwán es inseparable de todas esas otras medidas que Pekín está tratando de llevar a cabo para modificar el orden regional y mundial de modo que resulte más favorable para China y, al mismo tiempo, menos favorable para Estados Unidos», dice el experto Eyck Freymann.
Pero incluso me parece que a veces el análisis de Taiwán nos distrae de analizar a fondo China.
¿Cómo consiguió el país sacar a tantos millones de personas de la pobreza? ¿Cómo consiguió pasar de ser uno de los países con mayor polución a ser un referente verde? ¿Cómo ha pasado de ser un país manufacturador de productos baratos a ser líder en coches eléctricos y chips? Si es un país tan burocrático, ¿cómo consigue construir miles de kilómetros de vías de tren, puentes y edificios nuevos en meses, mientras en Occidente tardamos años? No nos deberíamos hacer esas preguntas para emular su modelo, que en muchos aspectos es indeseable e imposible de exportar. Deberíamos hacernos esas preguntas simplemente por curiosidad. Y porque el mundo lleva décadas cambiando y en España seguimos con los moldes de hace treinta años.
Quizá Sánchez sobrevalora su importancia en el tablero global, y posiblemente en estos viajes está pensando en un posible puesto internacional tras su presidencia. Pero creo que su giro hacia China en los últimos años (ha ido cuatro veces desde 2023) es más importante e interesante de lo que parece.