The Objective
Ricardo Dudda

La vivienda como fetiche ideológico

«La crisis de imaginación política de la izquierda tiene consecuencias devastadoras. Es incapaz de comprender que la mayor causa de la especulación es la escasez»

Opinión
La vivienda como fetiche ideológico

Imagen creada con inteligencia artificial.

Esta semana, el Congreso votó en contra del decreto de congelación de alquileres, una chapuza jurídica del Gobierno para simular como que hace algo sobre el tema del alquiler pero, sobre todo, para polarizar en torno al tema: su principal cometido era señalar a quienes se opongan a la ley, algo que estaba claro desde el principio (incluso el PSOE no estaba convencido). Tras ocho años de Gobierno, la izquierda comienza a construir el relato de que la culpa de la vivienda es… ¡de la oposición! Como ha escrito Estefanía Molina, seguro que la izquierda monta un 15-M de la vivienda contra Feijóo.

Pero incluso aunque el decreto se hubiera aprobado, no habría solucionado el problema a medio plazo, ni tampoco habría ayudado a quienes están fuera del mercado del alquiler y quieren entrar a él. Es una medida que ha ayudado temporal y chapuceramente a mucha gente, pero que no ha llegado a los más vulnerables: el 44% de españoles entre 26 y 34 años viven todavía con sus padres.

Es todo una cortina de humo para no asumir la magnitud del problema. La izquierda contemporánea tiene un problema ideológico estructural con la vivienda: que arda Troya antes de aceptar que lo que hace falta es construir más casas. No es una lógica que aplique solo a la vivienda. No hay que crear más riqueza, solo hace falta repartirla, piensan. Como si la economía fuera una especie de juego de suma cero. Hace poco Amancio Ortega se convirtió en el mayor magnate inmobiliario del mundo. ¡Por eso no tenemos casas!, argumentaron algunos despistados, incluido un Gabriel Rufián que cada día demuestra más su incapacidad de tener un debate medianamente técnico. Es un meme, no una idea asentada ni reposada: la inmensa mayoría de esas propiedades son locales comerciales y edificios de oficinas. Pero da igual, es algo que moviliza.

Esta crisis de imaginación política de la izquierda está teniendo consecuencias devastadoras. Es incapaz de comprender (o directamente no quiere hacerlo) que la mayor causa de la especulación es la escasez. Uno no puede especular con un bien abundante. Los scalpers que venden entradas de Rosalía o Bad Bunny a miles de euros no podrían hacer eso si hubiera abundancia. Se especula con lo escaso. Para atajar la especulación de raíz la solución más rápida es la construcción. Podemos limitar los Airbnbs, limitar a los grandes tenedores, priorizar a pequeños propietarios ante fondos, topar los precios, hacer contratos de alquiler indefinido. Todo eso es posible y es más o menos deseable. Pero el problema del desajuste entre la oferta y la demanda seguirá existiendo. Habrá que construir. Y luego ya, si queremos, desde la abundancia, la regulación brutal para corregir los posibles excesos de la abundancia.

El debate está muy ideologizado a ambos lados. La izquierda dice que no hace falta construir y que el problema es la especulación y la avaricia de los rentistas. (Ojo, que, según un informe del Gobierno, firmado por Javier Gil, autor de Generación inquilina, si tienes dos inmuebles alquilados, aunque uno sea un garaje, ya eres multiarrendador, ¡cómo Black Stone!). En un tuit reciente, la escritora Ana Iris Simón decía: «Hay un gran tabú en el asunto de los precios imposibles del alquiler: que el problema también son los pequeños propietarios. La avaricia de quien compró un piso por 10 millones de pesetas en el 90 y ahora lo alquila a 1.200 euros/mes. Porque puede». Soy víctima de caseros avariciosos, y a algunos se lo he reprochado.

«Es obvio que la vivienda es un bien de mercado, pero solo un psicópata la considera solo eso»

A otros me gustaría verlos en la cárcel. Pero lo importante es analizar qué sistema hemos construido para favorecer esa avaricia. Hay muchas razones: en España la única y principal inversión es el ladrillo; somos un país pobre cuya principal fuente de patrimonio es la vivienda, cuyas rentas funcionan un poco como una compensación a los bajos salarios; al ser un país mayoritariamente propietario, todo el mundo tiene el incentivo de pensar «yo hago lo que quiero con mi casa, que para eso la he pagado». Pero la cuestión más importante es, de nuevo, la escasez. ¡No se puede ser avaricioso con lo abundante!

La derecha ayusista, por su parte, cree que tener una casa es como tener un coche o una manzana: ¡es mi propiedad! Si Elon Musk o Jeff Bezos decidieran comprar un barrio entero de Madrid para dejar las casas vacías, porque les da la gana, le parecería bien. ¡Que haga lo que quiera con sus propiedades! Es obvio que la vivienda es un bien de mercado, pero solo un psicópata la considera solo eso. Bien de mercado es cuando la casa de la abuela hoy vale 10 veces más; durante el covid, cuando los precios se desplomaron, ya no era bien de mercado, era la casa de la abuela.

En definitiva: la cosa no va a cambiar, seguirán los debates ideológicos ciegos y pronto veremos chabolas en las grandes ciudades. Aunque hay un rayo de esperanza. El Ayuntamiento de Madrid ha aumentado la edificabilidad de los proyectos urbanísticos del sur, para que tengan más densidad. La mayor densidad también favorece la aparición de servicios. Ahora solo falta un plan ambicioso que vea Madrid como una gran área metropolitana (donde estén también Aranjuez, Toledo, Guadalajara, Segovia) unida por transporte público, y no como un poblacho que ha ido creciendo al aluvión y al que se le adhieren ciudades dormitorio. La verdadera descentralización empieza en las ciudades.

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