The Objective
Sonia Sierra

El hiyab y las violaciones

«Una de las mayores majaderías que han cometido las democracias occidentales ha sido aceptar el hiyab y sus oprobiosas variantes como una muestra de diversidad»

Opinión
El hiyab y las violaciones

Imagen creada con inteligencia artificial.

El otro día coincidí en la piscina de Montjuïc con un grupo de adolescentes que estaban allí de excursión. Hacía muchísimo calor y casi no salieron del agua, a excepción de un grupito de chicas musulmanas, vestidas con hiyab y ropa que las cubría hasta los tobillos y las muñecas, que pasaron todo el rato sentadas en el suelo bajo las gradas. De los mejores recuerdos de mi época del instituto son, sin duda, los de la playa y la piscina, con las risas y los juegos con mis amigos, por lo que se me partía el alma pensando en esas pobres chicas a las que se les roba hasta eso.

Teniendo en cuenta la importancia que se le da actualmente al tema de la igualdad entre sexos en los centros escolares, ¿a nadie le chirría ni un poquito semejante discriminación? ¿Cómo es posible que se den charlas, se realicen actividades y se pinten murales sobre la igualdad mientras todo el mundo hace ver que no existe en la habitación un elefante cubierto con un velo islámico? ¿Por qué desde algunos sectores se arroja a la cara de cualquiera la palabra machismo, pero nunca dicen ni mu sobre esa misoginia que campa libremente por nuestras calles?

Una de las mayores majaderías que han cometido las democracias occidentales ha sido aceptar el hiyab y sus oprobiosas variantes como una enriquecedora muestra de la diversidad, lo que resulta una canallada con respecto a las mujeres que huyen de países retrógrados para vivir lo mismo aquí, y no digamos ya con las que arriesgan sus vidas enfrentándose a la policía de la moral y que en las democracias occidentales tienen a la policía de lo políticamente correcto diciéndoles que el hiyab es libertad y que las empodera.

La socióloga marroquí Fátima Mernissi, en El harén político, un libro imprescindible para entender la situación de la mujer en el islam, explicó cómo en la Medina de la época del profeta, para evitar el ta’arrud —literalmente, «cruzarse en el camino de una mujer para incitarla a fornicar» y, en la práctica, agresiones sexuales grupales—, Alá le reveló la aleya 59 de la azora 33 en la que aconsejaba a las mujeres musulmanas que, para que se las reconociera, se cubrieran con sus yalabib, es decir, una prenda que las tapara para no ser confundidas con esclavas o con prostitutas. Tanto el ta’arrud como las diferentes versiones del velo son preislámicos y para convertirse a esta religión no se menciona que haya que vestir así (de hecho, hay países de mayoría musulmana donde está prohibido el hiyab), pero lo terrible de todo esto es que estamos hablando de una mentalidad que durante siglos ha cableado los cerebros masculinos con la idea de que las violaciones, incluso las grupales, están permitidas con las mujeres que no tienen la decencia de ir cubiertas.

Alguien podría alegar que son cosas del pasado, pero, desgraciadamente, en muchos lugares todavía es frecuente el ta’arrud y ahora lo están importando a países como Alemania y Gran Bretaña. En este último, además, tenemos el espeluznante caso de las bandas de paquistaníes que durante décadas se han dedicado a violar y a torturar de manera salvaje —como grabarlas mientras las violaban perros y obligarlas a ver los vídeos— a unas 250.000 niñas. Todos los violadores eran paquistaníes y todas las niñas, británicas, pero políticos, policías, trabajadores sociales, jueces y fiscales miraron para otro lado y dejaron a las pobres crías desprotegidas, cuando no acusadas de prostitución, para no ser tachados de racistas. Pero, ¿acaso hay algo más racista que destrozar a niñas por su procedencia o religión? Y es que, por mucho que se empeñen en negarlo, hay muchas lecturas extremistas del islam que consideran legítimo violar a infieles y, mientras eso no se reconozca, va a seguir pasando en nuestros países.

De la misma manera que se supone que Alá aconsejó a las mujeres ir por la calle cubiertas con yalabib, una palabra que se puede traducir por «camisa» o «sobretodo», para evitar las agresiones sexuales, actualmente muchas mujeres de ciudades europeas como París utilizan las llamadas «camisas de metro», es decir, que llevan en los bolsos camisas amplias que se ponen sobre la ropa antes de tomar el transporte público para no sufrir acoso. Y así estamos: 1.400 años después, las mujeres europeas se ven obligadas a usar yalabib ante el aumento descontrolado de los acosos y agresiones sexuales.

En España es especialmente grave el caso de Cataluña, donde 2026 se cerró con 1.794 violaciones con penetración, un 3% más que el año anterior, pese a que la consellera del ramo, Núria Parlon, tenga el cuajo de decir que ahora es una comunidad más segura que hace dos años. Según datos oficiales de los Mossos, el 60% de las agresiones sexuales las cometieron personas de nacionalidad extranjera, pese a que estas representan el 18% de la población, un dato similar al proporcionado por la policía del País Vasco.

Vaya por delante que yo no soy antiinmigración: entiendo que todo el mundo tiene derecho a buscar una vida mejor en otro país y, personalmente, me enriquece tener amigos de diferentes procedencias. Dicho esto, me parece que los números son lo suficientemente alarmantes para que se tengan en cuenta, porque hay una realidad incómoda que nadie parece querer ver: si esas personas no estuvieran aquí, no se habrían producido muchas de esas violaciones o, lo que es lo mismo, no se habrían destrozado las vidas de miles de mujeres.

Me resulta inaceptable que tengan que ser las víctimas las que paguen el peaje de los delirios ideológicos o de la compra de votos de aquellos que nunca van a sufrir las consecuencias de sus decisiones. Y es que ahora, con la regularización masiva de Sánchez para cambiar el censo electoral, muchas personas que todavía no han sido juzgadas y no tienen antecedentes van a recibir como premio la nacionalidad española y sus víctimas, un doble castigo pagado con sus impuestos.

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