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Perdedores de la bobalización

Foto: Carola Melguizo | The Objective

Dice Gregorio Luri (Azagra, 1955) en El amparo de las sombras (La isla de Siltolá) que la aforística es una suerte de taxidermia y que el aforista, como el vivisector, mata lo que intenta comprender. Incurre el escritor navarro en la socorrida captatio benevolentiae, cortesía que en estos casos suele ser de rigor, pero miente. Porque este libro luminoso, tan instructivo como desafiante, más que digno heredero del excelente Aforismos que nunca contaré a mis hijos (2015), rebosa de vida. Nadie busque aquí arcoíris destejidos ni mariposas clavadas en alfileres. Se trata de una inteligencia en marcha que agarra de los hombros al lector y lo zarandea, con la insolencia del tábano escandaloso que aguijoneaba las grupas del Ática en los buenos viejos tiempos de la filosofía. Que estos seis pildorazos sirvan de muestra.

1. “Querido profesor: a diferencia del cerebro de la neurociencia, tu alumno no es una hipótesis“.

Sirva de aldabonazo a todos aquellos docentes que se ven engatusados por el hechizo de la moderna pedagogía, o que se fían a naipe limpio de cualquier innovación educativa por el mero hecho de serlo, o que, incurriendo en un infantilismo impropio de seres adultos, caen de hinojos ante todo gadget que lanza el mercado. ¿Estoy exagerando? Quizá, pero flaco favor hacen a su alumnado quienes, obcecándose con las inteligencias múltiples o el aprendizaje colaborativo, arrumban el sentido común y desoyen las verdades del barquero. ¿Creen que, preparado a la birlonga entre tablets y pizarras digitales, ese guisote indigesto tiene más sabor? Pues con su pan se lo coman.

2. “Hay causas por las que podríamos dar la vida, pero no media hora diaria“.

Tiene toda la razón. También la tenía Hume cuando, en su Tratado sobre la naturaleza humana, afirmaba que resulta preferible la destrucción del universo a sufrir un arañazo en la mano. Es más divertido iniciar la revolución que hacer la cama, naturalmente, y me barrunto que no son pocos los que preferirían quemar Barcelona a perder un día de sueldo.

3. “Para destruir, basta una cerilla; para construir hacen falta picos y palas”.

Burke afirmó que es más fácil desmontar un reloj y reducirlo a un batiburrillo de piezas inservibles que volver a montarlo y conseguir que funcione. Robert Burns dedicó un poema a un ratoncito al que el arado había deshecho la madriguera: ese pequeño montón de hojas y rastrojos / te había costado agotadoras dentelladas… No es casualidad que tanto Burke como Burns escribieran estas cosas en los albores de la Revolución Francesa.

4. “No hay pensamiento crítico, hay pensamiento riguroso”.

Crítica viene de crinein (cribar), luego crítico es quien tiene criterio, discierne y sabe separar el grano de la paja. Cosa bien distinta es la trápala del “pensamiento crítico”, sintagma con que nombramos aquello que confirma nuestros prejuicios y se ahorma a nuestra ideología. No faltan quienes tratan de inculcar la crítica doctrinalmente, de tal suerte que los niños se vuelvan juiciosos, ponderados e independientes como por ensalmo. Olvidan que avanzamos a tientas por medio de conjeturas y refutaciones, que todo criterio cabal es bayesiano y popperiano, que el discernimiento no lo infunde el dogma… Lo demás es superchería y sectarismo.

5. “El hombre-masa: el que está tan al día que no sabe estar al otro día”.

A toro manso, mayor castigo. En un recordado microensayo, Gomá diagnosticó una “pasión mórbida por lo nuevo” a aquellos infelices que se imponen “estar al día”, manteniéndose en vilo ante cada primicia, como centinelas a los que se ha encomendado custodiar con celo las novedades editoriales. Así sucede en la literatura como en el periodismo. A falta de un almuédano que nos convoque a oración cinco veces al día, buenos son los informativos de última hora y las noticias en tiempo real para agitar el señuelo indefinidamente. El primer deber del tonto es estar informado. Y es que, si bien la masa es informe, el hombre-masa se in-forma, esto es, se dota de forma con la opinión publicada, y luego sale a pasearla.

6. “El fin de la historia podría ser la completa renaturalización del hombre: su expulsión al paraíso natural, la reconquista de la inocencia sin conciencia”.

No hay que rascar mucho para adivinar en esta tendencia globalizadora -o, más bien, bobalizadora– una tentativa de regressus ad uterum. Es bien sabido que el proceso de civilización se ve jalonado por mojones de lo más pintorescos, pero ¿será su apeadero definitivo la isla de Felsenburg, entre buenos salvajes y tontos sin malear? Si no hay escapatoria, consolémonos leyendo a Luri. Y, si nos toca compartir rama, que sea con Calibán antes que con Rousseau.

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