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El buzón secreto

Espionaje consentido en La Zarzuela

El secretario del rey Juan Carlos, el militar Manuel Bretón, fue espiado y, ante su sorpresa, posteriormente cesado

Espionaje consentido en La Zarzuela

El presidente de Cáritas Española, Manuel Bretón Romero, es un teniente general retirado con una larga y fructífera carrera militar a sus espaldas. Sus altas capacidades de gestión le han llevado a dirigir una organización tan importante para la Iglesia con gran éxito. Sin duda, su experiencia anterior le ha ayudado mucho.

Seguro que él seleccionaría entre sus principales destinos profesionales algunos que yo no voy a citar, pero a nivel más político estuvo en el palacio de la Zarzuela y en el Ministerio de Defensa. Con el rey Juan Carlos fue ayudante de campo y posteriormente secretario personal.

Este último destino lo ocupó durante una época convulsa en la Casa Real. Corría el año 1994 cuando el monarca había decidido prescindir de Sabino Fernández Campo, el hombre que le había acompañado y ayudado intensamente durante muchos años y que no había dudado en decirle a la cara todo lo que pensaba de sus desbarres en temas como las amistades peligrosas, entre ellas Mario Conde, con las que llevaba tiempo relacionándose.

Le sustituyó como jefe de la Casa Fernando Almansa, un diplomático del que se contaba que llegaba respaldado precisamente por Conde. El hecho fue que las tensiones y tiranteces acamparon en las oficinas del palacio de la Zarzuela. Unos no se fiaban de otros y otros no se fiaban de unos.

Bretón había tejido una confianza con el rey Juan Carlos manifestada en el puesto de secretario personal que ocupaba en ese momento. Han pasado muchos años, pero nunca ha desvelado cómo empezó a sospechar que le estaban espiando. Se sabe que Almansa quería saber hasta el más mínimo detalle de lo que allí pasaba, algo complicado con un monarca que siempre jugaba mucho a los secretos. Bretón tenía acceso a mucha información y el nuevo jefe de la Casa quería conocerla y le molestaba que no la compartiera con él.

En algún momento Bretón se mosqueó, escuchó a cargos importantes hablando de temas que sólo él conocía, cosas que le contaban sus interlocutores. Se mosqueó, sabía cómo funcionaba el mundo del espionaje y pensó en la posibilidad de que le hubieran instalado micrófonos en el despacho. Si los responsables hubieran sido servicios de inteligencia enemigos, mafias o poderosos grupos organizados dentro del país, nunca se habría enterado de que le estaban escuchando. Pero es que podía ser alguien de dentro del palacio.

No podía contar sus sospechas y parecer que estaba un poco loco sintiéndose perseguido por desconocidos, cuando a lo mejor eran imaginaciones suyas. Pensó en hablar con el director del servicio secreto, Emilio Alonso Manglano, pero lo desechó de inmediato. Sabía la estrechísima relación que mantenía con el rey y se lo habría contado de inmediato.

Un micrófono en el ordenador

Recurrió a un viejo amigo, Juan Alberto Perote, que había sido jefe de la unidad operativa y atendería su deseo de discreción. Perote le envió a un colaborador de su plena confianza, José Ramón Eiroa. Un día fue a su despacho, llevó a cabo un barrido y encontró un micrófono pegado al enchufe del ordenador. El informe que le hizo descartó la colocación por parte de un servicio secreto extranjero, por lo que todo apuntaba en la dirección que pensaba Bretón: alguien quería comprobar su lealtad y tener acceso a lo que hacía.

Esta podía ser una historia de esas que se cuentan sin citar fuentes porque nadie quiere aparecer en un tema tan conflictivo vinculado a la monarquía. Pero un día José Bono, sentado a mi lado, comentó esta historia con estas palabras que no necesitan más comentario:

«Te voy a aportar una prueba por si alguien te dijera que no había micrófonos en Zarzuela (…) A mí me contó el general Bretón, que fue jefe de mi gabinete, que él se extrañaba de cómo alguna cosa que decía en su despacho se refería pronto en otros ámbitos. [Cuando encontraron el micrófono] fue a ver al rey y le dijo que aquello no estaba bien en Zarzuela. El rey le dio toda la razón pero a Bretón lo cesaron». 

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