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Cultura

Ray Loriga: "Los escritores somos como hienas, siempre buscando la parte que nos puede servir"

El autor madrileño presenta ‘Sábado, domingo’, una novela sobre el peso del tiempo y las consecuencias de nuestras acciones (e inacciones)

Ray Loriga: «Los escritores somos como hienas, siempre buscando la parte que nos puede servir»

De haber sido Guti regular y novelista, habría sido Ray Loriga. El éxito le llegó a Ray –que en realidad se llama Jorge– muy joven, a los 25 años, cuando publicó Lo peor de todo. Uno casi se siente culpable por tener que incidir en esto, tantos años después. Ahora tiene 52, conserva el rostro de niño y presenta su undécima novela, Sábado, domingo (Alfaguara), que esconde un engranaje más complejo que el aparente: está compuesto de tres partes y cada una de ellas ha sido escrita por una voz interna distinta, casi por un ser múltiple. Todo comienza con un suceso extraño para Federico, un sábado de 1988, y de algún modo todo acaba en el mismo lugar. El siguiente domingo se produce en 2013, con media vida a cuestas. Tal vez con esta obra nos trata de decir Loriga que los domingos no deberían existir, pero que siempre llegan; a fin de cuentas, nadie puede mentirse a sí mismo eternamente.

 

Está bien que te den premios y te reconozcan, pero ¿no es una p*****?

No, lo peor sería peor. Lo peor sería que no me publicaran, que no me dieran premios, que nadie quisiera saber nada de mi libro, que no me invitaran a otros países. Aunque es un poco paliza. Es cansado hablar siempre de ti mismo y de tu trabajo. Pero también es una suerte que 27 años después de publicar tu primer libro todavía haya interés. Ese interés, con un poco de suerte, se traduce en un número de lectores. Esto es como los futbolistas, ¿no les aburrirá ir a entrenar todos los días? Al final es la vida que he elegido.

 

¿Y alguna vez te has hartado de publicar?

[Espera unos segundos] Cuando vuelves otra vez a la ronda, y además este libro ha salido muy pegado al anterior [Rendición, que ganó el Premio Alfaguara de Novela 2017] y aquella promoción fue larguísima, te da pereza. Pero luego vas por el carril y, en realidad, si escribes es para llegar a alguien. Hasta los diarios cerrados con llave están escritos para ser leídos. En el fondo estás deseando que alguien rompa ese código.

El oficio de escribir novelas, en sí, implica que estés mucho tiempo cerrado en tu propia cabeza y hay un momento en que te hartas de ti o de escribir o de corregir. Más cuando hace buen tiempo y estás acabando una novela. Te sientes como un niño que no puede salir a jugar con los otros niños. Pero me encanta este oficio y no me imagino haciendo otra cosa.

 

¿Cuál es para ti la peor parte del proceso?

El final. Si lo comparas con un viaje en barco de aventureros, con sus avituallamientos y yendo a cualquier sitio, al principio tienes la ilusión de zarpar y una idea que, en el mejor de los casos, te llevará a buen puerto. La travesía, con sus Cabo de Hornos y problemas, con sus marejadas y marejadillas, todavía la disfruto. Cuando llegas al final, que es la entrega del libro, las galeradas, que ya es poner la tapa y se ha acabado esto, ahí siempre tengo un momento de angustia tremenda. Ahí empiezo a dudar del inicio del viaje. Para empezar, ¿he salido en la buena dirección? Aquí es adonde he llegado, pero ¿es donde quería llegar? Dudo de todo el proceso, es agónico. Cuando ya le ponen la tapa y ya no lo lees tú, sino el que quiera leerlo, es como cortarle el cordón umbilical.

 

¿Estás contento con Sábado, domingo?

Sí, sí. Lo suficientemente contento como para ir con él de viaje.

 

Tal vez te haya pasado en otra ocasión lo contrario.

Bueno, lo que pasa es que cuando entrego un libro, cuando le ponen las tapas y va a las librerías, ya he hecho un pacto secreto con él. Siempre hay un grado de frustración en un trabajo creativo, pero hemos hecho un pacto de no agresión y de convivencia. Nos decimos: “Vale, lo hemos hecho lo mejor que hemos podido”.

 

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Ray Loriga. Foto: Carola Melguizo | The Objective

 

Es divertido que no sepamos el nombre del protagonista hasta la página 159.

Ya, quizá paré a pensar en ello en la 159 por esa manía que tengo de esconderles los nombres, aun cuando hablan en primera persona. A lo largo de mis libros he tenido muchos protagonistas sin nombre. En Tokio ya no nos quiere no tiene, ni en Héroes. Y Élder Bastidas, de mi primer libro [Lo peor de todo], se pone ese porque no le gusta el suyo. Me hacía gracia utilizar la excusa de que su nombre no le gusta. No tengo nada en contra del nombre Federico, que parece un diminutivo sin serlo.

 

Federico tiene momentos de ternura, pero hay otros que dan ganas de matarlo por piltrafilla.

Ese tipo de personaje me gusta. A veces te dan ganas de pegarle una colleja y decirle: “Tío, haz algo de una vez. Dile que la quieres”. Siempre tiene ese punto de cinismo. Creo que se nota que no es idiota y que está muy por debajo de sus posibilidades. Siempre entre dos aguas y bastante inútil. Tal vez me gusta porque llevo trabajando desde los 17 años y me gusta pensar en alguien que haga justo lo contrario. Alguien que esté siempre viéndolas venir.

 

Alguien que siempre va detrás de los demás.

A lo mejor es una manera de compensar. Comencé a publicar muy joven y me pusieron como semiestandarte de algo. Me relaja mucho inventarme personajes que tengan la vida contraria y que nadie los conozca, que no tengan méritos ni atributos.

 

¿Qué diferencia a Virginia [prima y mejor amiga de Federico] y a Chino [inseparable de Federico en la primera parte, aunque en realidad se detestan]?

A Chino lo perdemos pronto y cojo. Antes me preguntaban qué fue de él. No lo sé. Me lo imagino en la sucursal de un banco, como bróker… No tengo ni idea. Virginia es el nexo de unión más fuerte que ha tenido Federico casi con la vida. Todo lo ve a través de los ojos de Virginia, todo lo contrasta con la mirada de Virginia. Es una admiración y a la vez una disputa. Una pareja de hecho sin serlo. Una persona de su absoluta confianza y su absoluta admiración, de su ponzoñosa envidia, y están todo el rato como el perro y el gato. Me interesaba mucho escribir sobre una amistad entre un hombre y una mujer, una amistad de muchos años, como una especie de partida de ping-pong eterna que no se resuelve nunca. Una relación que no solo es que me resulte posible, es que las mejores relaciones de amistad que he tenido en mi vida han sido con mujeres.

 

¿Te interesan los mismos libros ahora que cuando publicaste Lo peor de todo?

Sí. He ido leyendo cada vez más, he ido acumulando lecturas, descubriendo cosas nuevas, cosas antiguas y cosas que salen o saldrán mañana. Pero le tengo todavía el mismo afecto a los libros que me captaron mucho desde que empecé a pensar en serio en leer y escribir. No sé si he madurado poco o mal o es que sigo teniendo el mismo gusto o muy parecido, solo que ampliado a muchas más cosas, claro. Pienso también que los libros que he leído en los últimos diez años, si los hubiese leído con 18 ó 20, también me hubiesen gustado.

 

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Ray Loriga. Foto: Carola Melguizo | The Objective

 

Hay libros que coges en determinado momento y no puedes con ellos. En cambio pasa un tiempo y se convierten en fundamentales.

Normalmente un libro que me haya parecido insoportable me sigue pareciendo insoportable. Seguramente lo tiré en su día. No tengo paciencia. Pero sí he parado en algunos libros en los que digo: “Hay algo aquí que me fascina, pero tal vez no sea para ahora”. Entonces los guardo para después. Quizá me haya ocurrido con clásicos como Chesterton. A lo mejor con 17 no era lo que me pedía el cuerpo, pero luego se convirtió en uno de mis escritores favoritos. O Thomas Mann, con La montaña mágica. O Primo Levi, con Si esto es un hombre. Esos libros siempre los he guardado para luego en momentos en que no estaba para esos bailes.

 

«Con Poli Díaz aprendí los graves peligros de la fama y el éxito, que te tumban más rápido que un boxeador»

¿Cómo era que tus colegas con veintitantos fueran Escohotado, Moya…?

Me ayudó mucho. Y no solo ellos. Borja Cassani. Javier Utray, que ya murió. Terenci Moix, de quien me hice amigo siendo muy jovencito. Vázquez Montalbán. Ángel González. Yo los sentía como mis ángeles protectores. Me ayudaban a aprender muy deprisa y nos lo pasábamos muy bien. Que te acepten en un grupo con esas inteligencias desarrolladas y virulentamente activas, con una cultura tremenda, con una cultura bien aplicada, para mí fue un lujo asiático. Me sentía como el niño de La isla del tesoro, que pasa de esconderse en un barril de manzanas a encontrarse de pronto con John Silver; viven una aventura fascinante y él es el grumete. Este grupo de amigos me hacía sentir que podía pasar de hacer entrevistas a la posición de volver a ser el niño del barril de manzanas y aprender de mis mayores. Me ayudaron a manejar la situación del éxito que tuve, que fue desmesurado.

 

Compararon a Bastidas con Meursault. ¿Cómo se gestiona que comparen tu debut literario con El extranjero, de Albert Camus, un libro que ha cambiado tantas vidas?

Primero te hace una ilusión tremenda y luego te da un miedo tremendo. Te dices: “Dios mío, qué responsabilidad, qué he hecho yo…”. Hasta que te das cuenta de que a la gente a la que supuestamente has engañado es inteligente; les lees y ves que tienen buen criterio. Imagino que algo habré hecho más o menos bien. La sensación general es de absoluto agradecimiento y de fortuna.

 

Leí que gestionas como 20 libros al mismo tiempo y que no terminas la mayoría. Me recordó a un amigo que me decía que picoteaba libros, que no ha hecho otra cosa que leer en su vida y que habrá terminado dos o tres novelas.

[Ríe] Hombre, yo he acabado alguna más. Es verdad que yo leo muchos libros a la vez y que a algunos que he acabado vuelvo a ellos picoteando. Luego hay libros que por narices tienes que leer enteros porque los tienes que presentar. Libros de colegas, libros de escritores extranjeros que te lo piden. Tienes que hacer un trabajo de pasión y oficio.

Sí, suelo leer muchas cosas a la vez. También porque estoy buscando algo egoístamente para mi trabajo. Es una cosa que se está perdiendo y que da un poco de pena: leer porque sí. Ese placer de la lectura tumbao patrás, quedarte dormido mientras lees. Yo no puedo leer en la cama porque me pone a funcionar la cabeza y no me duermo. Leo sentado a la mesa o en una terraza. Los escritores somos como hienas, siempre buscando la parte que nos pueda servir.

 

Si el hígado, si el pulmón…

Sí, y eso no quiere decir que plagies. Pero sí que te rebota otra idea, te estimula otras cosas, siempre estás pendiente de qué puedes aprovechar. Como los chatarreros. “Esta tuerca puede servir de algo”. “Este muelle me puede servir para esto otro”. Sobre todo la técnica de escribir, la parte de abrir el capó del coche y mirar cómo funciona ese motor.

 

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Ray Loriga. Foto: Carola Melguizo | The Objective

 

¿Sigues entrenando a boxeo?

No, no. Como no estoy en mi peso no me podría pelear. Me sigue gustando mucho el boxeo. De hecho es que entrené una temporada, nunca fui boxeador ni nada parecido. Entrenaba en un gimnasio donde sí había boxeadores profesionales y eso era bonito.

 

¿Con quién?

Pues mira, entrené con Berdonce, que fue campeón de Europa y seleccionador nacional. La verdad es que nos hicimos amigos y le seguía a los combates. Está bien eso de que te dejen estar en el vestuario y cerca de la esquina. No entrené con Poli porque iba a otro gimnasio, pero éramos amigos.

 

Aprenderías más con él que con algunos libros.

Con Poli aprendí los graves peligros de la fama y el éxito, que te tumban más rápido que un boxeador.

 

Me decía Navascués que el boxeo es como mandarte a escribir un artículo mientras te dan de hostias.

Sí, sí. Es una buena manera de decirlo. Se supone que tienes que hacer algo, pero el otro no te va a dejar que pienses lo que tienes que hacer. Está haciendo todo para que tú no lo hagas. A veces se esquiva más de lo que se pega… y hay que elegir cuándo pegar.

 

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Ray Loriga. Foto: Carola Melguizo | The Objective

 

¿Te imaginas tu carrera como un boxeador? Tantas victorias por K.O., tantas a los puntos, tantas derrotas.

No, qué va. Más bien la imagino como un ciclista de ruta, que es más de caminos largos que de asaltar en cada puerto.

 

¿Y aguantas bien el camino?

Pues como dirían en inglés: So far, so good. Hasta aquí todo bien. Lo que no quiere decir que me vaya a caer mañana. Volviendo al boxeo, puedes ir ganando a las cartulinas y descuidarte un segundo y despertarte en el hospital. Y se acabó la gloria, se acabó todo. Nunca he pensado en esto como territorio de victoria o derrota; más bien como un camino propio.

Uno de los deportes que hacía más de niño, además del fútbol, era la natación. Y en natación me enseñaron a nadar contra mí mismo y en mi propia calle. Es un deporte que no tiene contacto y donde no hay nada que te cruce con el contrario. Tú por tu calle contra tu propio tiempo. No puedes girar la cabeza para mirar al de al lado por una cuestión hidrodinámica. Si giras mucho la cabeza, vas más despacio. Me siento identificado con esa imagen.

 

¿Cuál es el mayor cumplido que te han hecho?

La verdad es que, por suerte, tengo donde elegir. El New York Times me hizo una crítica alucinante, con prepublicación a doble página. Eso es un sueño. O salir en Le Monde y Babelia. Luego está la cosa íntima de ganarte el respeto de tus pares. No es un acto público, aunque a veces sí lo sea. Por este último libro me escribió Elena Poniatowska. Me trataba con respeto, entre iguales. Y ella es Elena Poniatowska. Yo no. Eso es todavía más emocionante que la parte pública.

 

¿Y el mejor insulto?

Tengo una colección cojonuda. Lo que pasa es que no están demasiado bien formulados y te joden. Cuando mi abuela se compraba un vestido tampoco le gustaba que la llamaran fea. En eso somos todos iguales. No son agradables pero tampoco te matan. Aunque más que los insultos, me han fastidiado los malentendidos. Los clichés que cuesta tanto que te quiten. Es como la percepción que se han hecho de lo tuyo o de ti y no piensan cambiar por nada en el mundo. Te das cuenta de que es imposible discutirlo o negociarlo.

 

¿De qué pregunta estás más harto?

Pues de todas aquellas que inciden en los clichés. Joder, que si rockero… ¡no sé tocar ni la bandurria! Ese tipo de etiquetas fáciles que inciden en esos temas y no en la literatura. Y, ¡espera!, hay una que me hacen desde el principio: “¿Qué es lo peor de todo para ti?” [referencia al título de su novel debut].

 

Uffff.

Ese tipo de preguntas tan obvias que se preparan leyendo la Wikipedia. Pero me parece bien. Cuando haces tantas entrevistas, hay gente que se lee el libro y gente que no. Yo he sido periodista y no pagan tan bien como para que te mates, a menos que tengas una pasión desmesurada.

 

Te hago una que suelo repetir: ¿qué pregunta te hubiera gustado que te hicieran y nunca te han hecho?

Me acuerdo de Marlon Brando en una entrevista que le hicieron cuando ya era mayor. Después de esa entrevista televisada de dos horas, le dijo Brando a la periodista que no le había preguntado lo único que importa en esta vida: “¿Eres una buena persona?”. Esa sería interesante. Yo no lo sé.

 

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