The Objective
Gente

Víctor Manuel: «Mi adolescencia en Mieres fue la de ser hijo de la escasez; cuando llegué a Madrid, me sentí como un paleto de pueblo»

El cantante se crio en Asturias, donde vivió una etapa marcada por las minas y los conflictos sociales más crudos

Víctor Manuel: «Mi adolescencia en Mieres fue la de ser hijo de la escasez; cuando llegué a Madrid, me sentí como un paleto de pueblo»

Víctor Manuel, en una imagen de archivo. | Gtres

Víctor Manuel es, ahora, un madrileño más. Pero antes de llegar a la capital, el cantante se crio en la localidad asturiana de Mieres, lo que labró parte de su personalidad. Víctor nació en 1947, por lo que su adolescencia transcurrió en los años 50 y principios de los 60. Mieres era entonces un hervidero de industria pesada y carbón. Su abuelo era minero —falleció en la mina— y su padre trabajaba en la oficina de la empresa minera. Víctor creció viendo a los hombres bajar de la montaña manchados de carbón y escuchando las sirenas de los pozos.

Él mismo se ha definido como «un hijo de la posguerra». Su adolescencia no fue de abundancia, sino de aprender a disfrutar de lo pequeño. A diferencia de la imagen de artista extrovertido, el Víctor adolescente era extremadamente tímido y serio. Sus amigos de la época le recuerdan como un chico retraído que siempre parecía estar observando. Él mismo ha confesado que tenía «cara de palo» y que le costaba mucho relacionarse, hasta que aparecía la música. La guitarra y el micrófono fueron su armadura contra la timidez.

La adolescencia de Víctor Manuel en Mieres

Víctor Manuel creció en la localidad asturiana de Mieres. | EP

Su adolescencia estuvo marcada por los concursos radiofónicos. Con apenas 13 o 14 años, empezó a presentarse a concursos locales en emisoras como Radio Oviedo o Radio Radio Juventud. En esa época, su estilo era muy distinto. Cantaba canciones de la época y lo llamaban «el niño de los concursos». Fue en las fiestas de los pueblos asturianos donde aprendió el oficio de verdad, cantando sobre tablones improvisados. En el Mieres de los años 60, la política no se estudiaba en los libros, se vivía en la calle. Víctor era un adolescente cuando ocurrieron las grandes huelgas mineras en Asturias. Aunque era joven, ese ambiente de solidaridad obrera, de mujeres tirando maíz a los esquiroles y de represión policial, se le quedó grabado a fuego.

En aquel momento, no era activista, pero su sensibilidad hacia la injusticia social nació ahí, viendo cómo vivían y sufrían sus vecinos de la cuenca. La adolescencia de Víctor Manuel en Mieres terminó abruptamente a los 16 años. Consciente de que en Mieres su futuro era limitado, y con el apoyo de su madre —que fue quien más creyó en su talento—, se marchó a Madrid en 1963 para estudiar piano y canto. Ese choque fue brutal; pasar de la neblina y el ambiente familiar de Mieres a la inmensidad de Madrid fue lo que terminó de madurar su carácter.

«Mi adolescencia no fue de juegos, fue de mirar por la ventana y ver cómo los mineros se jugaban la vida»

Él mismo ha confesado que la vida, por aquel entonces, era «algo serio». «Mi adolescencia no fue de juegos, fue de mirar por la ventana y ver cómo los mineros se jugaban la vida. Por eso, cuando empecé a escribir canciones, no podía hablar de flores; tenía que hablar de lo que había visto en mi pueblo», ha relatado. Mieres era el corazón de la Cuenca del Caudal. En ese momento, la actividad minera y siderúrgica estaba en su máximo apogeo. En ese momento, todo estaba cubierto por una fina capa de polvo de carbón. El humo de las chimeneas de la Fábrica de Mieres y de los pozos cercanos teñía el cielo de un gris perpetuo.

Para un adolescente como Víctor, la diversión era limitada pero intensa. La radio se convirtió en la ventana del mundo. Víctor se pegaba a ella para escuchar los concursos de canciones que más tarde le servirían de trampolín para irse a Madrid. Tras esta etapa en Mieres, Víctor Manuel se marchó hasta Madrid. Su madre fue la gran impulsora. Ella veía que su hijo tenía un talento especial y no quería que terminara en la oficina de una mina. Se instaló en una pensión humilde. Pasó de tener el calor de la cocina de carbón de su abuela a la frialdad de una habitación alquilada. Ese sentimiento de soledad fue lo que le obligó a madurar a marchas forzadas. Él mismo ha contado que se sintió como «un paleto de pueblo viendo las luces de Gran Vía».

El cantante vivió la crudeza de las minas. | Gtres

En Mieres, Víctor era un aficionado que ganaba concursos de radio. En Madrid, la realidad le dio un baño de humildad. Se inscribió en el Conservatorio para estudiar solfeo, piano y canto. Entendió que para ser alguien en la música no bastaba con tener buena voz; necesitaba técnica. Empezó a codearse con otros artistas y a entender cómo funcionaba la industria discográfica de la época. Fue a finales de los 60 cuando su vida cambió económicamente. De repente, el chico tímido de Mieres era un ídolo de la canción ligera. Salía en televisión, las chicas gritaban en sus conciertos y empezó a ganar dinero.

Cuando conoció a Ana Belén se convirtió en un momento muy importante, a nivel personal y profesional. Ella, una chica de Madrid, actriz y con una gran cultura teatral; él, el asturiano con alma de compositor. Juntos se retroalimentaron. Ana le dio sofisticación y Víctor le dio a ella un repertorio musical imbatible. Se conocieron durante el rodaje de una película y el flechazo fue total. Ella, una chica de Madrid, actriz y con una gran cultura teatral; él, el asturiano con alma de compositor. Juntos se retroalimentaron. Ana le dio sofisticación y Víctor le dio a ella un repertorio musical imbatible.

A partir de ese momento, y hasta que la situación se calmó, tuvo que exiliarse temporalmente en México tras el escándalo de su obra Ravensbrück. Su vida ya no era la de un cantante de éxito, sino la de un activista que se jugaba la carrera por sus ideales. Lo que más cambió no fue su cuenta bancaria, sino su perspectiva. Víctor Manuel pasó de ser un adolescente que quería ser artista para escapar de la mina, a ser un hombre que comprendió que su voz era una herramienta para dar voz a los que se habían quedado en Mieres trabajando en el pozo.

Publicidad