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La casa de Eugenia Martínez de Irujo es de las pocas que dan al jardín de Liria: «Me apasiona la decoración; está repleta de color»

La hija de la duquesa de Alba reside en un piso que huye de los minimalismos pero, también, del ambiente sobrecargado

La casa de Eugenia Martínez de Irujo es de las pocas que dan al jardín de Liria: «Me apasiona la decoración; está repleta de color»

Eugenia Martínez de Irujo, en una imagen de archivo. | Gtres

Desde hace mucho tiempo, Eugenia Martínez de Irujo reside en uno de los pisos que dan directamente al Palacio de Liria. Allí vive junto a su marido, Narcís Rebollo, mientras que su hija tiene fijada su residencia en la ciudad de Sevilla, donde comparte piso. Probablemente, una de las singularidades de la vivienda es que cuenta con unas vistas impresionantes a la que fuera una de las posesiones favoritas de la duquesa de Alba. Así, la casa de su única hija tiene una gran terraza, desde donde se puede observar cada uno de los rincones del imponente edificio. Eugenia ha confesado que le encanta la decoración y, sobre todo, hacer «cosas» con mantas o cojines, huyendo siempre de los ambientes cargados.

Aunque eso sí, siempre prefiere el color antes que la sobriedad. El piso de Eugenia Martínez de Irujo y Narcís Rebollo, situado justo enfrente del Palacio de Liria, es un fiel reflejo del universo personal de la aristócrata: un espacio marcadamente bohemio, alegre, colorista y muy alejado de la sobriedad clásica que uno podría esperar de la Casa de Alba.

Así es la casa de Eugenia Martínez de Irujo

Eugenia Martínez de Irujo reside frente al Palacio de Liria. | Gtres

El salón de Eugenia destaca por su explosión de colores y texturas hippie chic, una de sus grandes señas de identidad. Cuenta con sofás de terciopelo de grandes dimensiones, pensados para tumbarse y relajarse, completamente inundados por decenas de cojines de distintas formas, estampados étnicos y flores. Las paredes, pintadas en tonos cálidos, están cubiertas por cuadros de arte contemporáneo, retratos familiares y muchas obras pintadas por la propia Eugenia, que utiliza la pintura como vía de escape. Tiene, además, varios detalles únicos repartidos por las distintas estancias, como lámparas de estilo vintage, alfombras de lana superpuestas y recuerdos que ha ido comprando en sus viajes por todo el mundo —especialmente de mercadillos de Ibiza o la India—.

Una de las estancias más especiales del piso es la habitación que Eugenia ha reservado exclusivamente como su taller de arte. Es un espacio con enormes ventanales que inundan el cuarto de luz natural, ideal para pintar. Allí se acumulan los lienzos, los caballetes, los botes de pintura acrílica y los pinceles. Lejos de ser un espacio ordenado y pulcro, es un rincón caótico y creativo donde pasa horas concentrada. La zona del comedor sigue la misma línea ecléctica. Preside el espacio una mesa de madera robusta rodeada de sillas desparejadas —una de las tendencias decorativas favoritas de la duquesa—. Los detalles de la vajilla y la mantelería suelen ser de loza colorida y estampados alegres, huyendo por completo de la cubertería de plata o los platos con escudos heráldicos.

Frente al Palacio de Liria y con vistas al jardín

Si algo define físicamente la casa es que está completamente adaptada para el confort de sus mascotas —sus perros y sus famosos cerditos minipig, Bacon y Panceta—. Por toda la casa —especialmente en el salón y los pasillos— hay distribuidas alfombras mullidas, camitas de pelo, comederos de diseño y juguetes. Al ser un piso señorial de techos altos y espacios abiertos, los animales tienen total libertad para moverse por las estancias, lo que le da a la vivienda un ambiente muy ruidoso, alegre y familiar. La ubicación de la casa de Eugenia Martínez de Irujo es, sin duda, uno de sus mayores privilegios. Se encuentra en pleno centro de Madrid, en un tramo señorial e histórico de la calle Princesa, justo en el límite entre los barrios de ArgüellesPalacio —en el distrito Moncloa-Aravaca—.

Vivir justo enfrente del palacio donde nació, creció y donde reposa la memoria de su madre, la duquesa de Alba, tiene un fuerte componente emocional. Eugenia cruzó la acera para independizarse, pero no abandonó sus raíces. Esta ubicación le permite mantener un pie dentro del universo de la Casa de Alba —puede cruzar en un minuto para ver a su hermano Carlos, asistir a eventos familiares o pasear por los jardines del palacio— pero disfrutando de la privacidad de tener su propia llave y su propio portal. Ese tramo de la calle Princesa es uno de los más majestuosos de Madrid. El piso se encuentra muy cerca de la Plaza de España —que tras su reforma se ha convertido en un gran espacio peatonal verde— y a un paso del Templo de Debod. Es una zona rodeada de edificios residenciales de fachadas neoclásicas del siglo XIX y principios del XX, con techos altísimos y portales de carruajes, lo que le da al entorno un aire muy elegante y europeo.

Aunque está en una arteria principal de Madrid, la ubicación es un oasis para alguien tan amante de la naturaleza y los animales como Eugenia. A escasos minutos a pie tiene el acceso al Parque del Oeste y a la Rosaleda, además de la impresionante conexión con la Casa de Campo a través de Madrid Río. Esto facilita enormemente las largas caminatas que necesita dar con sus perros sin tener que coger el coche. Lo cierto es que el Palacio de Liria es una de las mayores joyas que tenemos en la ciudad de Madrid. No solamente fue una de las residencias favoritas de la duquesa de Alba —aunque su corazón estaba en Sevilla— sino que, también, ahora es uno de los centros neurálgicos culturales de la capital.

La relación de la duquesa con su hija

El Palacio de Liria, situado justo enfrente de donde vive Eugenia, es una de las residencias privadas más imponentes y artísticas de Europa. Construido en el siglo XVIII por orden del duque de Berwick y de Alba, su diseño corrió a cargo de arquitectos tan ilustres como Ventura Rodríguez y Sabatini. l palacio fue bombardeado e incendiado casi por completo durante la Guerra Civil española, quedando en pie solo las fachadas. Fue la madre de Eugenia, Cayetana, junto a su padre —el duque Jacobo Fitz-James Stuart—, quien dedicó años de su vida y una inmensa fortuna a reconstruirlo pieza a pieza desde los cimientos, redecorando los salones tal y como se ven hoy en día.

Para Eugenia, su madre era un referente absoluto de libertad y valentía. Cayetana rompió todos los moldes de la aristocracia rancia de su época —amaba el flamenco, los toros, se vestía de forma bohemia y se casó por tercera vez con Alfonso Díez desafiando la opinión de todos sus hijos—. Eugenia heredó de ella ese espíritu rebelde, el gusto por el estilo hippie chic, el amor por el arte y la pasión desmedida por los animales. A pesar del amor que se profesaban, Eugenia ha confesado en televisión —en programas como Planeta Calleja— la parte más amarga de crecer siendo la hija de la Duquesa de Alba. Recordaba que, debido a los incesantes compromisos sociales de su madre y la estricta educación de la época, pasó una infancia muy solitaria.

«A mi madre la adoraba, pero la época de mi infancia fue dura. Yo la echaba mucho de menos. Ella viajaba muchísimo y nosotros estábamos criados por niñeras. Hubo una época en la que la figura de mi madre me imponía muchísimo respeto, casi miedo», relató en el programa de Jesús Calleja. A medida que fue creciendo, la relación con su madre fue mejorando hasta llegar a una sintonía completa. Cuando la duquesa falleció en noviembre de 2014, el mundo de Eugenia se tambaleó. Tiempo después, la duquesa de Montoro resumió con una frase textual preciosa el vacío que le dejó su marcha y cómo la recuerda: «A mi madre la tengo presente todos los días de mi vida. Tenía una personalidad única, irrepetible. Con sus luces y sus sombras, fue una mujer por encima de todo libre, que vivió como le dio la gana, y esa es la mayor lección que me dejó».

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