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La humilde infancia de Ana Belén entre Lavapiés y Segovia: «Yo no buscaba la fama, solo quería darles a mis padres una vida mejor»

La cantante, de 75 años, creció en una familia trabajadora alejada del mundo del espectáculo

La humilde infancia de Ana Belén entre Lavapiés y Segovia: «Yo no buscaba la fama, solo quería darles a mis padres una vida mejor»

Ana Belén | Gtres

Mucho antes de convertirse en una de las grandes figuras de la cultura española, Ana Belén fue María del Pilar Cuesta Acosta, una niña de barrio que creció entre vecinos, juegos en la calle y estrecheces económicas en el corazón del Madrid más castizo.

Nació el 27 de mayo de 1951 en el número 11 de la calle del Oso, en pleno Lavapiés. Su madre, Pilar, era la portera del edificio; su padre trabajaba como cocinero en el Hotel Palace. La pequeña recibió el mismo nombre que su madre, aunque con el paso de los años casi nadie volvería a llamarla así. Para el público y para varias generaciones de españoles, aquella niña acabaría siendo simplemente Ana Belén.

La niña del Lavapiés de posguerra

Fue la mayor de tres hermanos y creció en una época en la que la calle era una extensión de la casa. Entre juegos a la comba y carreras por las escaleras del edificio, observaba la vida del barrio desde una posición privilegiada. Muy cerca se encontraba la zapatería Gallardo, uno de los establecimientos más conocidos de Madrid, frecuentado por artistas y celebridades de la época.

«¡Viene un haiga!», gritaba cuando veía aparecer alguno de aquellos enormes coches que tanto llamaban la atención de los niños. En más de una ocasión fue testigo de la llegada de figuras tan populares como Lola Flores. Los pequeños se agolpaban junto a los escaparates para contemplar de cerca a aquellas estrellas que parecían pertenecer a un mundo completamente distinto, detalla Lecturas.

Ana Belén comenzó a cantar cuando era muy pequeña. | Gtres

La vida en la corrala también dejó una profunda huella en sus recuerdos. Años después evocaría aquel universo de patios interiores, ropa tendida y vecinos que compartían el día a día como una gran familia. Era el Madrid popular de los años cincuenta, donde las puertas permanecían abiertas y los niños crecían prácticamente bajo la mirada de todo el vecindario. Sin embargo, la fama no formaba parte de los sueños de aquella niña. Lo que realmente deseaba era ayudar a sus padres y mejorar la situación económica de la familia.

La familia trabajadora de Ana Belén

Su madre limpiaba y cuidaba el edificio donde residían, mientras que su padre pasaba largas jornadas entre fogones en las cocinas del Hotel Palace. Aunque el dinero nunca sobró en casa, tampoco faltó lo imprescindible. La propia familia resumía aquella realidad con una frase que Ana Belén ha recordado en numerosas ocasiones. Su madre solía decir que ellos «habían tenido muchas necesidades, pero carencia ninguna».

Aun así, María del Pilar creció con la convicción de que debía contribuir al bienestar familiar. «El sentimiento entre los niños que hacíamos cine, ¿sabes cuál era? Ni el lujo ni la fama: darles a nuestros padres una vida mejor. Si escarbas: Pepa Flores, Rocío Dúrcal, Joselito…, el denominador común es ese».

Aquella conciencia social también estuvo marcada por las historias familiares que escuchó desde pequeña. Su madre le relató en numerosas ocasiones las dificultades vividas durante la Guerra Civil, cuando siendo apenas una adolescente permaneció separada de sus padres durante años. Esos recuerdos familiares contribuyeron a forjar la sensibilidad social y política que más tarde caracterizaría a la artista.

Los veranos de Cabezuela

Aunque su infancia estuvo ligada a Lavapiés, hubo otro lugar fundamental en sus primeros años: Cabezuela, un pequeño municipio segoviano de donde procedía parte de su familia materna.

Cada verano cambiaba el bullicio de Madrid por la tranquilidad del pueblo. Allí pasaba largas temporadas junto a su abuela Matilde, maestra de profesión y una de las figuras más influyentes de su infancia. En aquella casa rodeada de libros comenzó a desarrollar su interés por la lectura y la cultura.

Mientras en Madrid descubría la vida de barrio, en Cabezuela aprendía a observar la naturaleza, a escuchar historias familiares y a disfrutar de una libertad que difícilmente encontraba en la ciudad. Con el paso del tiempo, Ana Belén llegaría a definir aquel rincón segoviano como su verdadera «patria de la infancia».

Los primeros concursos

Mientras tanto, en el colegio de las Damas Apostólicas empezaba a destacar por unas cualidades artísticas poco comunes. Tenía facilidad para actuar, una gran sensibilidad musical y una voz afinada que llamaba la atención de quienes la escuchaban. Convencida de sus posibilidades, fue ella misma quien comenzó a insistir a sus padres para participar en concursos radiofónicos, una de las vías más habituales para abrirse camino en el mundo del espectáculo durante aquellos años.

Su debut ante los micrófonos llegó siendo todavía una niña, en programas de Radio España que servían de cantera para jóvenes talentos. Aquellas primeras experiencias le permitieron familiarizarse con los escenarios y perder el miedo al público mucho antes de llegar al cine. La fórmula había funcionado con otras futuras estrellas infantiles como Rocío Dúrcal. Primero llegaban los programas de radio; después, las pruebas para el cine.

El casting que lo cambió todo

Siguiendo ese camino, María del Pilar se presentó con apenas 13 años a una prueba que acabaría marcando su futuro. El casting era para una película dirigida por Luis Lucia, el realizador que había descubierto a algunas de las grandes niñas prodigio del cine español.

La audición no comenzó de la mejor manera. Llegó con un brazo roto, las rodillas llenas de heridas y una apariencia muy alejada de la imagen impecable que lucían otras jóvenes aspirantes. Sin embargo, precisamente aquella naturalidad terminó convirtiéndose en su mejor carta de presentación. Frente a otras candidatas, María del Pilar destacaba por una autenticidad que resultaba difícil de encontrar.

Nace Ana Belén

La apuesta salió bien. En 1965 comenzó el rodaje de Zampo y yo, la película que transformó para siempre su vida. Con ella también llegó un nuevo nombre artístico. María del Pilar quedó atrás y nació Ana Belén.

La joven actriz dejaba de ser la hija de la portera de la calle del Oso para convertirse en una nueva promesa del cine español. Antes incluso del estreno ya había grabado sus primeras canciones y comenzaba a abrirse paso en una industria que buscaba nuevos rostros juveniles.

desayuno de ana belén
Ana Belén. | Gtres

Sin embargo, el rodaje estuvo muy lejos de ser la experiencia soñada que imaginaba una adolescente de 14 años. Con el paso del tiempo, Ana Belén ha relatado el profundo malestar que le provocó trabajar bajo las órdenes de Luis Lucia, una experiencia que ha llegado a definir como una auténtica «pesadilla»: «La hice con 14 años. Se estrenó un año después, cuando yo ya ensayaba Numancia en el teatro. Cuando me vi en ese estreno con el payaso, no me reconocía. Solo recordaba lo terrible que había sido el director». Paradójicamente, aquel episodio le sirvió también para estar segura de que quería dedicarse a la interpretación.

La niña que observaba fascinada los coches de los famosos desde una calle de Lavapiés, que descubrió los libros en casa de su abuela segoviana y que soñaba con ayudar económicamente a sus padres, estaba destinada a convertirse en una de las artistas más importantes y respetadas de la historia reciente de España.

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