En Venezuela mejoran las expectativas económicas sin cambio político
«En comparación con 2025, la economía venezolana marcha a mejor ritmo, dentro de sus miserias»

Delcy Rodríguez, presidenta del país. | EP
Desde hace muchos años, desde las filas de la oposición advierten que es imposible una mejora real y sostenida de la economía de Venezuela sin que haya cambios políticos de fondo. Hoy esta tesis está en juego, en momentos en que el chavismo tiene como aliado a Estados Unidos y los gobiernos de Donald Trump y Delcy Rodríguez dicen trabajar juntos por el bienestar de sus respectivos pueblos, pero sin enfrentar los problemas de fondo.
Voceros del chavismo, economistas independientes, el FMI, centros de pensamiento, empresas y consultoras privadas coinciden en afirmar que la economía de Venezuela crecerá este 2026, en un rango que va desde 4% del Producto Interno Bruto (PIB), según el Fondo, hasta por encima de 12%, de acuerdo con los más optimistas. El motor de este crecimiento es, una vez más, el petróleo, con un aumento gradual de la producción y el alivio de las sanciones aplicadas por Estados Unidos, justo cuando los precios del barril se mantienen en alza en sus fluctuaciones, movidos por el conflicto de EEUU con Irán e Israel y las marchas y contramarchas de barcos en el estrecho de Ormuz.
Grandes, medianas y pequeñas empresas petroleras exploran nuevas oportunidades de inversión en la Venezuela de hoy, tras la reforma a la Ley de Hidrocarburos, que permite la participación privada en áreas del negocio antes reservadas al Estado por considerarse estratégicas. Pero todos esos son proyectos de mediano y largo plazo, mientras que las necesidades de la gente son urgentes y apremiantes.
Aunque las expectativas de inversión están muy por encima de lo razonable, es claro que, en comparación con 2025, la economía venezolana marcha a mejor ritmo, dentro de sus miserias. La crisis energética —que limitará la expansión petrolera—, con cortes de luz, escasez de gasolina, gas natural y diésel, se mantiene intacta; hay nuevas caídas de la demanda interna de bienes y servicios porque los ingresos no alcanzan a las familias.
Crece la informalidad, que ya emplea entre 50% y 70% de los trabajadores activos, según estudios respetados. Los sindicatos de empleados públicos siguen presionando por un aumento real de sueldos, pues el salario mínimo no llega ni a medio dólar y el gobierno les paga con bonos equivalentes a unos 140 euros al mes, sin beneficios adicionales. Esta semana, el nuevo encargado de negocios de Trump para Venezuela, John Barret, llegó a Caracas y dijo que trae la misión de «seguir implementando el plan de tres fases» de Trump y su secretario de Estado, Marco Rubio, y «ofrecer resultados para la gente de nuestros países».
Este plan de «estabilización, recuperación y transición» se supone que pasa por reflotar la menguada economía gracias a enormes inversiones privadas internacionales en la industria petrolera, para después ir a unas elecciones libres y democráticas que garanticen la estabilidad sostenida del país a largo plazo. No hay fechas ni hoja de ruta para esas elecciones, y se supone que ya se completó la fase de estabilización, aunque la recuperación sigue en el ámbito de las promesas y los anuncios.
Es que, aunque crezca la producción de petróleo y, por lo tanto, la factura por exportaciones —lo que ayuda a elevar el valor del PIB—, la verdad es que el resto de la economía sigue sin despertar; la inflación continúa asaltando el patrimonio de las personas comunes y las devaluaciones diarias pulverizan presupuestos de empresas y familias. Desde Washington, el secretario adjunto para el hemisferio occidental, Michael Kozak, promete «una transición democrática estable, ordenada y consolidada», y afirma que Estados Unidos apoya los esfuerzos para construir una agenda productiva «centrada en las soluciones y el diálogo».
«Los días de la retórica combativa han terminado. Es hora de salvar las diferencias y abrir un nuevo capítulo para todos los venezolanos», proclamó Kozak en un mensaje tras reunirse con una exdiputada venezolana. En otra evidencia del pragmatismo económico de esas relaciones, el gobierno de EEUU lanzó el «Centro de Información de Negocios sobre Venezuela», para acelerar los lazos comerciales y apoyar la participación del sector privado estadounidense en este país.
Así marca un territorio donde hasta ahora han predominado las empresas chinas, y busca impulsar las exportaciones estadounidenses hacia Venezuela. El Fondo Monetario, con la intermediación de EEUU, también promete trabajar estrechamente con Venezuela para mejorar la economía. Calcula una inflación del 387% este año, frente al 252% en 2025, con un déficit fiscal equivalente al 5,7% del tamaño de la economía. Sus informes, como el reciente Monitor Fiscal, recogen que este país tiene la mayor deuda pública bruta del mundo como porcentaje del PIB, pues equivale al 308% del tamaño de la economía. En España, por ejemplo, ese porcentaje es del 98% este año.
Chavismo en campaña electoral anticipada
El sociólogo y doctor en Ciencias Sociales Roberto Briceño-León, quien dirige la ONG Observatorio Venezolano de la Violencia, observa que la gente común espera una mejora en su situación cotidiana: «Son expectativas que el gobierno, de alguna manera, está tratando de tumbar, de bajarlas para poder seguir creando desesperanza, porque es la manera de seguir quedándose en el poder», dice este experto.
La desesperanza desmoviliza, advierte sobre esta aparente paradoja. El punto central hoy es que esas expectativas despiertan dos actitudes diferentes: una es rentista, de una parte de la población que espera que le den algo de ese nuevo dinero; y la otra es la tendencia estadísticamente mayoritaria de personas que esperan más bien que les den oportunidades de ganar dinero.
«Y eso implica una transformación, una apertura económica y un apoyo real a todo lo que es la economía pequeña, la empresa, el trabajo», explica Briceño-León. «Sin lugar a dudas» podría haber más conflictividad social si estas expectativas no son satisfechas, señala. «Por eso el gobierno intenta frenarlas, porque las expectativas movilizan», recalca.
«Este gobierno tutoreado, impuesto por la potencia extranjera, quizá lo que tiene por detrás y quisiera es generar el modelo chino y de Vietnam: cambio económico, capitalismo económico y comunismo político», dice. «¿Está dispuesto el pueblo venezolano a eso? Tengo la impresión de que no, que eso no llega, no pega. Entre otras cosas porque tienes los mismos actores que ya conocíamos, y hay un rechazo a todo eso y a todo ese grupo. Tienen más de dos décadas ahí y la gente sabe que ellos son parte del problema y difícilmente son parte de la solución», sostiene.
«La mejoría económica no es sencilla porque hay que cambiar estructuras, como el peso tributario o el peso regulatorio sobre la sociedad. Haría falta un cambio político para que haya una mejora económica», remata. Por lo pronto, el chavismo ya comenzó su campaña electoral, pretendiendo jugar en posición adelantada frente a los opositores, que apenas ensayan intentos de reagruparse tras encajar el fraude electoral del 28 de julio de 2024.
Delcy recorre por estos días el país con una caravana de seguidores —la mayoría, funcionarios públicos y beneficiarios de programas oficiales de control social obligados a asistir—. El color «rojo rojito» del chavismo clásico ha sido desterrado de esos actos; también de la imagen gráfica de las instituciones chavistas en edificios y en sus páginas de Internet.
En las radios y en la televisión, la propaganda oficial lanza mensajes musicales llenos de retórica sobre supuestos cambios, esperanza y soberanía; los voceros más radicales del régimen han sido silenciados o moderados. En la calle, los románticos y frustrados chavistas de a pie se suman hoy a la vasta mayoría de opositores que desde hace años están convencidos de que lo importante de todo esto es que, de verdad, mejore la economía y las condiciones de vida de la gente común.
