The Objective
Las dos orillas

Nicaragua, la dictadura olvidada de América Latina

Su capacidad para pasar desapercibida puede ser, precisamente, una de sus mayores fortalezas

En este nuevo episodio de Las dos orillas, la conversación se centra en Nicaragua, esa dictadura que muchos describen como «la gran olvidada de América Latina». Y precisamente allí aparece una de las grandes paradojas que atraviesan todo el debate: mientras Cuba y Venezuela siguen dividiendo a la opinión pública internacional, el régimen de Daniel Ortega genera un consenso mucho más amplio. Casi nadie se atreve a defenderlo. Sin embargo, esa condena moral no se traduce en la atención ni en la presión política que sí reciben La Habana o Caracas.

Douglas Castro plantea una pregunta incómoda desde el comienzo: ¿por qué Nicaragua es la dictadura menos defendida y, al mismo tiempo, la más olvidada? Y la respuesta conduce a un recorrido histórico y político que permite entender cómo el país terminó convirtiéndose en una especie de síntesis de muchas de las contradicciones latinoamericanas del siglo XX.

Manuel Burón recuerda que Nicaragua ocupa un lugar especial en el imaginario político español. La revolución sandinista despertó enormes simpatías entre la izquierda europea en los años 80 y toda una generación de españoles vio en Managua una causa romántica, casi épica. Sin embargo, aquella fascinación desapareció mientras se consolidaba la actual dictadura. Nicaragua pasó de ser un símbolo de esperanza revolucionaria a convertirse en una tragedia silenciosa que apenas ocupa espacio en la conversación pública.

La discusión profundiza en un aspecto fundamental: Ortega aprendió de sus errores. Douglas sostiene que el líder sandinista extrajo dos grandes lecciones de los años ochenta. La primera fue no volver a permitir elecciones realmente competitivas. La segunda, quizás más importante, fue no destruir la economía. A diferencia del chavismo venezolano, Ortega comprendió que mantener cierta estabilidad macroeconómica era clave para la supervivencia del régimen. Por eso Nicaragua presenta una paradoja peculiar: una dictadura feroz en lo político, pero extraordinariamente ortodoxa en materia económica.

Julio Borges coincide en que esa diferencia explica parte del olvido internacional. A su juicio, Nicaragua logró construir un equilibrio perverso: monopolizar completamente la política y la represión, mientras permite cierto funcionamiento económico. Esa combinación reduce la presión internacional y evita crisis migratorias de gran magnitud que obliguen a Estados Unidos o Europa a intervenir con mayor firmeza.

La conversación revela además hasta qué punto Venezuela fue determinante para la supervivencia del orteguismo. Castro recuerda que durante los años de bonanza petrolera llegaron más de 5.000 millones de dólares venezolanos a Nicaragua. Aquellos recursos permitieron sostener un modelo económico estable y evitar los errores que habían provocado la devastadora hiperinflación de los años ochenta. Julio Borges añade que el chavismo llegó a repartir cerca de 70.000 millones de dólares entre decenas de países, y que Nicaragua fue uno de los grandes beneficiarios de esa política.

Uno de los momentos más interesantes del episodio aparece cuando Luz Escobar establece un paralelismo entre Cuba, Venezuela y Nicaragua. Para ella, no se trata de tres problemas separados, sino de distintas cabezas de un mismo monstruo autoritario. Habla de estructuras compartidas, de cooperación en inteligencia, de alianzas internacionales con Moscú, Pekín o Teherán, y de métodos de control muy similares. Recuerda incluso cómo la inteligencia nicaragüense fue construida originalmente con asesoramiento cubano y apoyo del bloque soviético.

Sin embargo, Luz introduce otro elemento que ayuda a entender la resiliencia del régimen de Ortega. Muchos cubanos que han emigrado a Nicaragua descubren allí algo tan básico como poder comer tres veces al día. La comparación con la dramática situación económica de Cuba hace que, para muchos, Nicaragua represente un espacio donde al menos es posible respirar económicamente, aunque no exista libertad política.

Otro tema central es la sucesión del poder. Julio Borges pregunta si Rosario Murillo podrá mantener el control una vez desaparezca Daniel Ortega. Douglas responde con cautela y sostiene que el experimento nicaragüense de la «copresidencia» es prácticamente único en el mundo. A su juicio, Murillo está jugando con fuego. La amenaza no vendría solamente de la oposición democrática, sino del propio sandinismo y de las tensiones internas del régimen. Las experiencias de otras sucesiones familiares en sistemas autoritarios no son alentadoras, y la historia política nicaragüense ha demostrado ser particularmente violenta.

El papel de España ocupa también una parte importante del debate. Douglas reconoce que los nicaragüenses tienen pocos motivos para quejarse de la solidaridad española. Desde las nacionalizaciones hasta el apoyo a figuras como Sergio Ramírez, España ha mantenido una relación especial con Nicaragua. Manuel Burón destaca precisamente la importancia del escritor y antiguo vicepresidente sandinista, recientemente incorporado a la Real Academia Española, como símbolo de esa conexión cultural.

Pero el episodio también deja una reflexión más amplia sobre los intelectuales latinoamericanos exiliados en España. Manuel lamenta que figuras como Sergio Ramírez, Juan Gabriel Vásquez o Martín Caparrós sean escuchadas cuando hablan de América Latina, pero no cuando podrían aportar una mirada valiosa sobre los desafíos políticos europeos.

En el fondo, toda la conversación gira alrededor de una idea que atraviesa los cincuenta minutos del programa: Nicaragua es probablemente la dictadura menos discutida del continente, pero eso no significa que sea menos autoritaria. Al contrario. Su capacidad para pasar desapercibida puede ser, precisamente, una de sus mayores fortalezas.

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