The Objective
Las dos orillas

El exilio político: vivir lejos sin abandonar nunca tu país

Iván Cepeda aparece como un heredero más disciplinado, menos impulsivo y posiblemente más ideológico

En este nuevo episodio de Las dos orillas, la conversación gira alrededor de una figura profundamente latinoamericana y, al mismo tiempo, universal: el exiliado político. Pero no desde la teoría ni desde la épica romántica, sino desde la experiencia concreta de quienes han tenido que abandonar su país por persecución, amenazas, cárcel o miedo. El resultado es probablemente uno de los episodios más íntimos y humanos del podcast hasta ahora.

Desde el inicio, Manuel Burón plantea una idea poderosa: solemos comprometernos con injusticias lejanas, tanto en el tiempo como en el espacio, porque no nos exigen demasiado. Nos solidarizamos con guerras históricas, conflictos internacionales o tragedias remotas. Pero cuesta mucho más mirar de frente las injusticias que conviven con nosotros. Y ahí aparece el exilio latinoamericano en España y Europa: venezolanos, cubanos, nicaragüenses que viven al lado nuestro, pero cuya historia muchas veces se vuelve invisible.

Douglas Castro introduce una de las ideas más fuertes del episodio: nadie decide convertirse en exiliado político. El exilio no es una aventura, ni un proyecto personal, ni una búsqueda romántica de oportunidades. Es una expulsión. Una imposición. «Por sus pistolas», dice recordando la arbitrariedad del régimen nicaragüense. Y cuenta algo profundamente humano: durante mucho tiempo ni siquiera se sintió cómodo llamándose exiliado, porque estaba acostumbrado a luchar por otras víctimas, no a verse a sí mismo como una.

La conversación avanza mostrando cómo el exilio no ocurre de golpe, sino como un proceso lento de despojo. Douglas recuerda el momento en que cruzó la frontera entre Nicaragua y Costa Rica por trochas y montes. Dice que en ese momento no comprendió realmente lo que significaba. Solo años después entendió que ese instante había cambiado toda su vida.

Luz Escobar ofrece uno de los testimonios más duros del episodio. Explica cómo la represión en Cuba no comenzó cuando salió del país, sino mucho antes: vigilancia permanente, internet cortado, prohibición de salida, detenciones arbitrarias y presión psicológica constante. Pero el punto de quiebre llegó cuando el régimen empezó a perseguir a sus hijas menores de edad. Ahí entendió que debía irse.

Su relato sobre el aeropuerto cubano es estremecedor: siete oficiales de la Seguridad del Estado «facilitando» su salida porque tenía prohibición oficial para abandonar la isla. Todo atravesado por esa sensación contradictoria que atraviesa a muchos exiliados: estar a salvo y sentirse culpables al mismo tiempo, mientras otros siguen presos o bajo tortura.

Julio Borges describe el exilio venezolano como una «cárcel al revés». Una frase que resume gran parte del episodio. Explica que, aunque físicamente estás libre, la prisión sigue dentro de ti. Porque el exilio no termina cuando sales del país: continúa en las amenazas, las alertas de Interpol, las campañas de difamación, las familias perseguidas y el miedo constante a las represalias.

Uno de los temas más interesantes del episodio es cómo el exilio termina convirtiéndose también en una identidad política y emocional imposible de separar de la vida cotidiana. Douglas lo dice claramente: no puede dividir al académico del exiliado, porque incluso su investigación universitaria gira alrededor del autoritarismo que lo expulsó de Nicaragua. Julio coincide: aunque salió de Venezuela hace años, nunca ha dejado realmente de vivir políticamente dentro de Venezuela.

El episodio también reflexiona sobre algo muy incómodo: cómo muchas veces en Europa se mira al exiliado político con sospecha o con distancia. Luz habla de personas que le dicen que es una «privilegiada» por vivir en España, ignorando completamente el trauma, la persecución y la ruptura familiar detrás de ese desplazamiento. Y todos coinciden en algo: el exiliado suele ser incómodo porque recuerda cosas que muchas sociedades prefieren no ver.

Aparece entonces otra idea central: los exiliados latinoamericanos sienten muchas veces que «vienen del futuro». Que reconocen patrones autoritarios en discursos y liderazgos europeos que otros todavía minimizan. No hablan desde teorías abstractas, sino desde la experiencia concreta de haber visto cómo se degradan las democracias desde adentro.

La conversación se vuelve especialmente intensa cuando se habla de España y de figuras como José Luis Rodríguez Zapatero. Julio Borges sostiene que entre ciertos sectores del chavismo y parte del poder político español existe una cercanía estructural que va mucho más allá de la ideología: intereses económicos, redes de influencia y mecanismos de poder compartidos. Y explica que muchos exiliados prefieren callar determinadas cosas por miedo a las consecuencias para sus familiares dentro de Venezuela.

Quizás lo más potente del episodio es que desmonta completamente la imagen romántica del exilio político. Aquí no hay heroísmo cinematográfico ni nostalgia literaria elegante. Hay culpa, miedo, desarraigo, vigilancia, identidad fragmentada y la sensación permanente de vivir entre dos mundos.

Pero también hay algo más: una convicción profunda de que contar estas historias sigue siendo necesario.

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