The Objective
Internacional

Gran trabajo, Gustavo Petro: los extremos populistas se enfrentan en Colombia

El presidente saliente desacredita el sistema electoral tras la derrota de su candidato en la primera vuelta electoral

Gran trabajo, Gustavo Petro: los extremos populistas se enfrentan en Colombia

Gustavo Petro. | Luisa González (Reuters)

Seguramente no podría ser de otra manera, visto el recorrido que ha tenido el presidente Gustavo Petro desde 2022, desde que ocupa la Casa de Nariño. Sorprendido y frustrado por el desenlace de la primera vuelta en las presidenciales colombianas del pasado domingo, en las que su candidato Iván Cepeda se vio superado por Abelardo de la Espriella, Petro denunció la manipulación, a su juicio, del preconteo, el mecanismo no oficial tradicionalmente utilizado para avanzar resultados preliminares del escrutinio. La reacción a esta denuncia de fraude ha caído muy mal en todo el país, incluso en simpatizantes de Petro. Un grave error, además de una falsedad.

La segunda vuelta se celebrará el domingo 21 de junio, y la opción será entre dos populistas. Abelardo de la Espriella (Defensores de la Patria), que obtuvo contra todo pronóstico el 43,7% de los votos, tiene ya el respaldo de la tercera en liza, Paloma Valencia. Para la elección definitiva será decisivo el comportamiento de sus votantes —muchos de ellos, partidarios del expresidente Uribe, la abandonaron en favor del ganador— y del cuarto candidato, Sergio Fajardo, el exgobernador de Antioquia. Salvación Nacional, el Partido Radical y Creemos han anunciado que están con De la Espriella. Iván Cepeda (Pacto Histórico), que era el favorito, logró un 40,9% de los sufragios. Le apoyan ahora los grupos Alianza Verde —con discrepancias internas—, la Circunscripción Especial para la Paz y el Partido Comunista Colombiano.

El enorme chasco llevó a Cepeda a hablar de fraude —aunque después reconoció no tener pruebas—, igual que a Gustavo Petro, cuya presidencia ha sido para olvidar cuanto antes. Ambos se han quedado solos en sus intentos de deslegitimar la primera vuelta electoral. La Registraduría ha desmentido la existencia de modificaciones en el censo. También ha resultado falso el bulo de Petro de que hubo 5.300 mesas en las que se superó el número previsto de votantes.

El Centro Carter ha pedido respeto por los resultados y ha destacado la transparencia del proceso. También el jefe de la misión electoral de la OEA, el expresidente dominicano Leonel Fernández, dijo que la jornada fue «cívica, tranquila y participativa» y descartó manipulaciones e irregularidades. Por último, la misión de la UE aseguró que el proceso está siendo «transparente y creíble», a pesar, según su jefe, el español Esteban González Pons, de los grupos armados que aún existen, de los cuestionamientos del sistema electoral y de la creciente polarización.

Tiene mérito que organizaciones tan distintas certifiquen el proceso y que la elección haya sido limpia, porque Gustavo Petro ha hecho todo lo posible para desquiciar Colombia. El exguerrillero del M-19 ha utilizado a fondo la crispación con el objetivo de desviar el foco de la corrupción que le rodea (tiene sentido que estuviera hace mes y medio en Barcelona, invitado por Pedro Sánchez, en la cumbre izquierdista mundial a la que no asistió ningún líder de la izquierda europea). Petro ha tratado de blanquear el chavismo y de desbaratar la lucha contra el narcotráfico organizada por sus antecesores y los gobiernos de Washington. Si su candidato Cepeda es definitivamente derrotado en la segunda vuelta, el populismo latinoamericano de izquierdas sufrirá un fuerte revés, como ya ocurrió en Argentina, Chile, Bolivia y Ecuador.

Por desgracia, y como ya ocurrió en las contiendas electorales de alguno de estos países, la polarización atrae a los polarizadores. De la Espriella, al que sus seguidores llaman el Tigre, es hincha de Donald Trump y también del salvadoreño Nayib Bukele. En su labor de abogado, ha tenido como cliente al empresario venezolano Alex Saab, uno de los hombres que manejaban los hilos financieros del chavismo, extraditado y detenido ahora en Washington y pieza clave en la investigación que trata de averiguar si el expresidente Rodríguez Zapatero actuó como comisionista o intermediario en una presunta red de blanqueo de capitales, negocios encubiertos y tráfico de influencias, incluido el caso Plus Ultra.

El Tigre dijo en la noche de su victoria que Colombia «está atravesando sus horas más oscuras». Quiere aplicar mano dura a la lucha contra el narcotráfico —con la ayuda de EEUU, del que Petro se ha distanciado agresivamente— y la delincuencia, reducir impuestos y subsidios y perseguir la corrupción. Y no baja el tono belicoso: «Petro, Cepeda, par de delincuentes, no se atrevan, no se les ocurra desconocer la voluntad popular porque acá hay un pueblo que los va a enfrentar y los va a derrotar». A De la Espriella le ayudan la desastrosa presidencia de Petro, la sensación de que es el menor de dos males y el hecho de estar rodeado de personas de prestigio, empezando por el candidato a la vicepresidencia, José Manuel Restrepo.

Iván Cepeda, el perdedor, lo apostó todo a ganar en primera vuelta. Como está lastrado por la herencia presidencial —el fracaso de la Paz Total, la inseguridad jurídica, el chantajismo de las bandas criminales, la confusión tras haber desmontado el sistema de salud y la fuerte corrupción del entorno presidencial—, trata de dar una imagen de serenidad, pero no es fácil. Su plan sigue las huellas radicales de Petro, sobre todo la reforma constitucional para la reelección presidencial, a imitación del modelo chavista de la asamblea constituyente. Sus palabras sobre el fraude en la noche electoral, luego matizadas, no le hicieron ningún favor.

El centrista Sergio Fajardo, que logró un millón de votos y quedó cuarto, ha lamentado los discursos «inflamados, sectarios y agresivos hacia los que votaron distinto, discursos que presagian lo peor para Colombia» y va a proponer el Decálogo del millón, un documento con propuestas de gobernabilidad. De los dos rivales para el día 21, se supone que el que lo acepte debería poder contar con su millón de votos. Las cosas no son tan sencillas, pero Fajardo —a contracorriente de los populismos en América y Europa— quiere una campaña «que no divida todavía más a esta Colombia polarizada que, como dijimos, es una grave amenaza a nuestro futuro compartido». Ojalá le hagan caso.

Publicidad