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Por qué deberías comer más comidas calientes (aportan cuatro beneficios a tu salud)

Más sabor, más saciante, mejores digestiones… Tu comida caliente tiene mucho que hacer por ti y por tu salud

Por qué deberías comer más comidas calientes (aportan cuatro beneficios a tu salud)

Dos personas con un cuenco de sopa en las manos. | ©Unsplash.

Comer caliente nos hizo más humanos ya hace decenas de miles de años, en los comienzo de nuestro periplo como Homo Sapiens, aunque nuestros predecesores ya conocían las ventajas de la comida caliente. Al principio, como es lógico, solo fue el fuego el responsable de que nuestras técnicas culinarias mejorasen, pero con el tiempo hemos ido evolucionando hasta hitos insospechados. Tanto que, incluso, hay ciertas tendencias que abogan por volver a la comida cruda o a dietas paleolíticas, como la dieta pegana.

Más allá de las tendencias nutricionales, comer caliente es un pequeño y cotidiano acto cargado de ventajas. No solo relacionadas con la nutrición, fin principal de la alimentación, sino también de los pequeños placeres del hedonismo culinario. Huelga decir que no todos los productos deben consumirse calientes e, incluso, no a la misma temperatura resultan igual de satisfactorios.

Sin embargo, buena parte de nuestras recetas viven de cocina caliente, no solo por resultar más apetecible en los meses de frío, sino por cuestiones saludables. Ubicada en ese rincón de la bautizada como comfort food, los guisos, cazuelas, estofados y un sinfín de platos calientes ejercen de columna gastrovertebral.

Los beneficios de comer caliente

Hay razones que avalan el comer caliente por simples cuestiones gustativas, ya que nos sabe mejor la comida. Otras teoría apuntan más a las virtudes que se centran en una mayor digestibilidad de la comida y otras, también importante, que apuntan a un mayor aprovechamiento de los nutrientes de lo ingerido.

No siempre vale para todos los alimentos, evidentemente, ni tampoco para todas las recetas. Hay platos que, por definición, han de ser fríos. Gazpachos, salmorejos, ensaladas, ensaladillas y casi todo lo que suponga fruta cruda o verduras crudas irá en platos fríos, pero no adelantemos acontecimiento.

El gusto de comer caliente

Quizá no debiera importarnos tanto el sentido del gusto, pero sí lo hace, y mucho. Esto supone que nos resulta más sencillo saborear y encontrar diferencias en la comida cuando está caliente o templada frente a la que está fría. Imaginamos que muchos habréis hecho la prueba, pero la realidad es que entre probar algo caliente o algo recién sacado de la nevera no hay comparación.

Buena parte de nuestra educación culinaria parte de comer caliente, por eso es conveniente que desde pequeños estemos acostumbrados a comer de todo y la mejor manera de asociar sabores es hacerlo a través del calor. Además, la comida caliente huele más que la comida fría. Esto es responsabilidad de pequeñas sustancias volátiles a través de una pequeña evaporación, que aterrizan así en nuestras pituitarias y activan el sentido del olfato.

Además, también pone en danza a la grelina, una hormona presente en el estómago que es conocida por estimular el apetito y el almacenamiento de grasa. En el mismo sentido, también aumenta la capacidad de nuestro olfato para localizar comida. Por así decirla, es nuestra rastreadora cuando el hambre acecha. Este olfateo previo de la comida también permite reducir la ansiedad que genera el hambre y limita la tentación de comer con ansia, según un estudio del Journal of Marketing Research.

Ayuda a comer más despacio

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La comida caliente es más sabrosa y más fácil de digerir que la comida fría. ©Unsplash.

Resulta evidente, pero comer caliente hace que tengamos que ir más despacio. ¡Ojo! Caliente no significa ardiendo. Con que la comida esté en torno a nuestra temperatura corporal será un rango más que correcto. Por encima de los sesenta grados corremos el riesgo de quemarnos, así que bajemos de esos ratios y estemos en torno a los 40º. Una vez con esto claro, el simple hecho de saborear y de mantener la comida en la boca mientras está caliente supone ralentizar la deglución.

Precisamente lo contrario que pasa con la comida fría, que solemos engullir o comer más rápido porque la sensación de frío no resulta estimulante al paladar y muchos de los ingredientes, especialmente grasas, tardan más en revelarse. De esta manera, ingerimos más cantidad de comida. Por todas estas razones, comer caliente también es más saciante.

Mejores digestiones

Comer caliente está relacionado también con mejores digestiones. De hecho, es una de las cosas más trogloditas que podemos hacer, sobre todo con productos frescos como carnes y pescados. Al cocinarlos, la digestión de grasas, proteínas e hidratos de carbono es más sencilla y tampoco ‘obliga’ al cuerpo a adecuar la temperatura de lo ingerido, por lo que no tiene que centrarse en dos frentes.

Es una sencilla cuestión de ruptura de estructuras moleculares presentes en lo que consumimos y que las hace más fácilmente digeribles. Esta ventaja sustancial permite así que las digestiones sean más rápidas, ligeras y eficientes, así que nos olvidaremos de sufrir más de la cuenta con ardores o hinchazones.

Comida más nutritiva

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Además, al consumirse más despacio, la comida caliente es más saciante. ©Unsplash.

El siguiente paso es obvio. Una vez que la comida ha salido del estómago, es el turno de que el intestino —delgado y grueso— haga su trabajo. Al haber facilitado la descomposición de estas moléculas, la tarea de ambos intestinos será más sencilla. Esto se debe a que la mayor parte de los nutrientes se habrán absorbido con más facilidad.

Sin embargo, hay ciertos productos a los que el calor no les viene bien. Por ejemplo, las vitaminas hidrosolubles como la B o la C, se volatilizan con el calor, motivo por el que es mejor consumir estos productos en frío o, cuanto menos, no calientes. También sucede con el ácido fólico y el ácido pantoténico.

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