THE OBJECTIVE
Mi yo salvaje

Bestiario: la cerda

«No imaginaba a Saúl embelleciendo mi cuerpo con pinceladas ornamentales color cacao»

Bestiario: la cerda

Un hombre sostiene la cabeza de su pareja | Toa Heftiba (Unsplash)

Interrumpí a Saúl una vez más con uno de los impacientes mensajes de Whatsapp que le enviaba en mis días azules;  ésos en los que todo a mi alrededor parecía flotar en la nube de un buen sueño. Justo ésos que prosiguen a los días menstruantes y queda lleno el ingenio de una clarividencia vital. 

No recuerdo qué le pregunté, a lo que, desagradable y divertido, respondió: «A ver qué quieres ahora que tenía la polla en la mano a punto de hacerme una paja». Me dejaba siempre seca con estas salidas obscenas. Imaginarme a Saúl agarrándose la polla muerta para comenzar a batirla y terminar con ésta roja, ardiente e hinchada me estremeció. Se me escapó una petición curiosa a la que Saúl accedió de buen agrado. 

Nos vimos horas después. Saúl era un gran maestro pajillero y lejos de quedarse seco y abatido, venía a nuestros encuentros « aún con los huevos más llenos de leche» , como le gustaba decir. «Traigo los huevos cargados;  venga, enséñame el culo que los tengo que vaciar» , solía decirme como saludo inicial en nuestros encuentros carnales. 

Este día azul no comenzó de este modo. Esta vez nos divertimos cenando y nos bebimos un par de botellas de vino. Durante la cena mi verbo suelto no paró de contarle mis ires y venires profesionales, mis reflexiones dramáticamente vitales y algún que otro cotilleo sobre algunos amigos que teníamos en común. Saúl sonreía y asentía callado mientras se sucedían las caladas por tantos cigarros que ya le había perdido la cuenta. Me miraba quieto, entre presente y ausente. Me observaba. 

«Tuve que taparme la cara y decirle que no fingiendo una actitud infantil»

«Estás preciosa esta noche», le oí decir. Saúl siempre tan galán. Tuve que taparme la cara y decirle que no fingiendo una actitud infantil. 

Más tarde, reposábamos el uno al lado del otro sobre la cama de mi habitación. «Ven, acerca la oreja a mi boca que te voy a conceder tu deseo» . Le había pedido a Saúl que me relatara paso a paso lo que había hecho esa tarde mientras se tocaba. Me describió el vídeo con el que empezó a masturbarse y cómo se cogía la polla blanda con la punta de los dedos. Me dijo que se la agarraba así , masajeándose la punta cubierta durante un rato hasta que empezaba a coger más forma. En el vídeo una secretaria era asaltada por numerosos empleados en el pasillo. Incluso el manitas de mono azul la engañó con excusas para meterla en el cuarto de almacenaje y la sobó allí durante un rato. Además, a la pobre chica su jefe le regañó por llegar tarde y tuvo que mamársela fuerte como condena a esa maldita mañana de trabajo. 

Se me mojaban las bragas al oír la voz profunda de Saúl relatar las imágenes con detalle . Se me mojaba el cerebro al percatarme de cuán perverso es este hombre que me acaricia la espalda y el culo mientras sonríe como un tigre a punto de atacar. 

Por lo visto le aburrió cuando el jefe comenzó a follársela por el coño sin parar y me lo explicó con un «más de lo mismo, ya sabes, aburrido como siempre».  Dice que ya le golpeaba la sangre en los centímetros que le engrosaban el pene cuando encontró otro que le ayudó a endurecérselo unos grados más. En este caso, la actriz llevaba una nariz de cerdo en la cara y una colita retorcida del mismo animal insertada en el culo con un plug anal. Hacía los ruidos pertinentes que clasifican a la bestia en la categoría de lo repugnante y se le iluminaron los ojos a Saúl al decirme que «hoy, la cerda te toca hacerla a ti». Me revolví de su abrazo negándome rotundamente. La misma rotundidad de siempre. Ésa que ya conoce Saúl y no significa más que « oblígame hasta que lo consigas porque no voy a ceder fácil pero muero por hacerlo». 

«Se levantó gallardo a por su chaqueta motera y sacó del bolsillo un bote pequeño cuyos colores reconocí al instante: un bote de Nutella»

Se levantó gallardo a por su chaqueta motera y sacó del bolsillo un bote pequeño cuyos colores reconocí al instante: un bote de Nutella. No imaginaba a Saúl embelleciendo mi cuerpo con pinceladas ornamentales color cacao ni seduciendo con lamidas suaves los poros de mi cuerpo. No. Hice bien en no hacerlo porque, joder, era Saúl y no me iba a decepcionar ahora después de tantos años. 

«Ven aquí cerda» , reclamó . Abrió el bote de nutella y me ensució con ella toda la cara. Me untó la frente, las mejillas, la nariz, la barbilla, la boca. «Así, sucia tienes que estar porque eres una cerda y esto es lo que hacen las cerdas, cariño, tener la carita sucia». No me había dado tiempo a reaccionar. Este gesto a traición me dejó sin esa grieta lúdica por la que suelo colarme en nuestros juegos. Me quedé allí, sentada en la cama, mi cabeza sostenida por el cuello por una de sus grandes manos. Una mano de otra especie. Mi mirada rendida, inerte e inofensiva, tan sorprendida como para dejarme hacer sin más. Y eso hice. 

En cada untada Saúl me hacía sentir querida, cuidada por una atención extrema, atendida como la obra maestra de un pintor apasionado. Me miraba dulce y divertido. Yo era su creación y eso ya colmaba mi coño de untuosa alegría. Sonreía lo suficiente como para saber que había algo más. Y lo había. Lo hubo. Sucia, pegajosa, incómoda y por todo ello, entregada, Saúl me pidió que me diera la vuelta y me volteé. Del mismo modo, volveré a esta historia.

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