Fernando Ónega, un maestro imprescindible
«Lo de menos es que ha muerto un periodista que merece ser llamado maestro; lo de más es que daba gusto estar con él»

El periodista Fernando Ónega, de joven. | RTVE
Nosotros sí que fuimos compañeros de pupitre desde el primer Curso de Periodismo. Entonces ya era un gallego formal, culto y un pelín sarcástico que se juntaba con los más avezados de la clase. Creo que, sin cumplir los 20 años, ya escribía. Y lo hacía bien.
En un certamen de Redacción planteado por el profesor de la asignatura, Fernando creo que quedó destacado; no recuerdo en qué lugar, pero sí que su contribución era todo un canto a la aldea gallega donde nació. Nunca supe si era Mosteiro o Pol, porque ya se sabe que los habitantes de ese Noroeste galaico siempre acumulan dos nombres para un mismo concepto, la forma que tienen de despistar a los demás. Aquella composición, casi púber, nos impresionó a todos: era lírica sin ridiculez, sentida como reivindicación, pergeñada más con el alma que con la pluma.
En el fondo, desde aquellos primeros días de profesión, Fernando era un tímido irreductible que en cada ocasión utilizaba la ironía para disimular sus enfados y sus afectos. Fue tantas cosas en la vida, y siempre en primer plano, que ha transmitido un legado absolutamente incomparable.
Durante muchos jueves de todos los años, desde los setenta y pico hasta los dos mil, también con un pico, compartimos almuerzo para recibir en el Grupo Crónica al personaje de moda. Era el conductor de aquella facción de cronistas, primero alevines y finalmente veteranos de muchas guerras. Hablaba del Grupo con estas palabras sardónicas: «No representamos a nuestros medios y somos un grupo de amigos…». Llegado ese punto levantaba sus gafas, casi siempre de concha, y nos miraba indulgente como diciendo: «¿Qué? ¿He dicho algo inconveniente?». Era el moderador y también se las gastaba de todos los colores siendo director; lo fue de todo y en todos los sitios, y en todos dejó gran recuerdo de él.
Probablemente nunca se peleó con nadie, cosa compleja en la profesión. Lidió en todas las plazas, diferentes, muchas de la A a la Z, en todas las editoras con enorme lucidez, pero, siendo como era un profesor, se lució siempre como un escritor de enorme grandeza. Solo competía con otro colega, también ya fallecido —espero que en los cielos de los mejores—. Hablo de José Oneto. Ambos se comportaban como dos aprensivos crónicos, aunque Fernando lo sufría con mayor prestancia.
Solo en todos estos múltiples años le escuché quejarse de algo y de alguien; fue de un ministro de Hacienda que, como a otras muchas víctimas, también del Crónica, persiguió a Fernando Onega con la furia de un soldado del Kazán. Le intentó destrozar la vida a él, que había entregado la suya a asentar en España una democracia por la que hizo tanto y defendió en todas las ocasiones. Pero Fernando resistió siempre. Fue su venganza.
Lo lógico en este apresurado recuerdo sería hacer contabilidad de sus innumerables premios, de sus trabajos y de sus múltiples direcciones, pero las tres cosas se pueden hallar en la red. Mejor es que, como colega pronto que fui, deje testimonio de varias consideraciones, constancias mejor: fue un gallego exquisito, de manual; segunda, un bien nacido de cuna no especialmente florida; periodista, de los primeros, si no el primero; amigo, siempre a la vera de los demás; maestro —se ha ido siéndolo— inigualable, pero sin egolatría suficiente; y compañero de algunas fatigas y polémicas, un tipo dialogante que, al hablar, transmitía la paz lírica que sudaba en cada uno de sus escritos.
Uno de los postreros lo dejó firmado para el libro-resumen en la despedida de Crónica. Se trató de una carta: «Déjame te cuente, Fernando hijo…», que encerraba en pocas páginas toda la historia de la Transición y su misma trayectoria. Terminaba dolido de esta guisa: «Querido hijo, también queridos nietos, siempre nos queda un consuelo literario. Es aquel que dice: ‘Cualquier parecido con la realidad actual de España es pura coincidencia’. Eso espero».
Fue casi su despedida. Un día nos comunicó: «He transmitido a la Radio que me retiro, que basta ya de madrugar al alba». Y se fue a un retiro nada confortable para trabajar para los más mayores y para tratar de llevar una convivencia soportable con sus agujeros patológicos.
Lo de menos para mí es que se ha muerto un periodista que merecía, merece, ser llamado maestro; lo de más es que siempre daba gusto estar con él. Enseñaba. Lo puedo atestiguar, Fernando, colega irrepetible.
