Hernán Cortés y el viaje de Ayuso a México
«Hernán Cortés no fue un monstruo sanguinario, sino uno de los artífices de lo que hoy es México»

La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso. | Luis Barron (ZP)
Hay viajes que revelan más de quien recibe que de quien visita. El de Isabel Díaz Ayuso a México ha sido uno de esos. Lo que empezó como una gira para estrechar lazos económicos, culturales y de hispanidad terminó en una encerrona ideológica, un boicot mal disimulado y el regreso anticipado de la presidenta de la Comunidad de Madrid. Todo porque se atrevió a decir en voz alta lo que muchos callan por miedo: que Hernán Cortés no fue un monstruo sanguinario, sino uno de los artífices de lo que hoy es México.
Claudia Sheinbaum, la presidenta mexicana, no tardó ni un suspiro en cargar contra ella. Con la solemnidad de quien recita un catecismo indigenista, acusó a Ayuso de ignorancia histórica, de provocación y de no entender que Hernán Cortés representa «las atrocidades sufridas por el pueblo mexicano». La anfitriona perfecta, vamos. En lugar de comportarse como la máxima representante de un Estado soberano y demostrar educación, optó por convertir la visita en un campo de batalla ideológico. Antes sus odios personales y su relato militante que la cortesía elemental. Una presidenta que boicotea la llegada de un representante público a su país deja mucho que desear. Más aún cuando esa invitada representa a una región que incluye a la capital de España y, por extensión, a la hispanidad que tanto molesta a ciertos herederos del resentimiento.
Hernán Cortés llegó a una tierra fragmentada por un imperio brutal donde los aztecas sometían, sacrificaban y devoraban a la población con una naturalidad escalofriante. Hernán Cortés no inventó la violencia; se encontró con ella. Y trajo, junto a sus hombres, algo infinitamente más poderoso que la fuerza: la lengua española, el derecho, la medicina, las universidades y, sobre todo, la posibilidad de un mestizaje que hoy define la identidad mexicana.
Sin Hernán Cortés no se habría podido dar un escritor como Octavio Paz, premio Nobel y Cervantes. Tampoco una Frida Kahlo con ese pincel que mezclaba colores y culturas con una destreza única. México no nació en un lugar idílico habitado por indígenas pacíficos. Nació de un choque de civilizaciones del que salió, mal que le pese a Sheinbaum, la mejor nación posible.
Ayuso defendió la Conquista como parte de una historia de cinco siglos de amor y fusión, no de odio eterno. Reivindicó a Hernán Cortés y a Isabel la Católica, esa mujer que financió la aventura americana con visión de Estado. Y eso, para quienes se benefician de expandir la leyenda negra, es imperdonable. Prefieren el relato de la culpa perpetua, del español malvado y del indígena angelical, porque ese victimismo les permite seguir gobernando desde el rencor.
La encerrona fue burda. Torpedear la agenda de Ayuso, suspender el acto en la Catedral Metropolitana donde se iba a homenajear a Hernán Cortés por considerarlo una provocación imperialista. Sheinbaum priorizó su narrativa ideológica, esa que hereda de Andrés Manuel López Obrador y del indigenismo de salón, por encima de unas relaciones institucionales correctas y educadas. No soporta que alguien venga de España y no se arrodille pidiendo disculpas por existir.
Porque esto no va solo de Hernán Cortés. Va de si España tiene derecho a defender su historia sin complejos o si debemos seguir flagelándonos para complacer a quienes viven de mantener la herida abierta y evitar que cicatrice nunca. El sanchismo y sus socios han elegido bando y aplauden a Sheinbaum o, directamente, critican a Ayuso de provocadora. Como siempre, están más cómodos con el agravio ajeno que con la defensa de lo propio.
La presidenta de México queda retratada como alguien que pertenece a una secta ideológica antes que como una estadista. Una anfitriona que antepone el rencor a la hospitalidad. Mientras tanto, Madrid y España se muestran como son: libres, tolerantes, abiertas y sin complejos respecto a su historia. La hispanidad no se romperá por mucho que algunos se empeñen. Ese vínculo invisible se forja en la defensa de su origen y la riqueza de nuestras peculiaridades actuales, basadas en lo que nos unió siempre: una cultura y una manera de ver la vida de una civilización irrepetible.
