The Objective
Montanoscopia

Optar por el crimen estético menor

«España es hoy la patria exacta de la ciudadanía, sin adherencias espurias»

Optar por el crimen estético menor

El presidente del PP de Andalucía y candidato a la reelección de la Presidencia de la Junta, Juanma Moreno. | EFE

1. No me he querido poner el vídeo de Juanma Moreno, el barón cantante, porque me temo lo peor. «Lo peor» incluye saber que, si me lo pongo, será definitivamente peor que todo lo que me haya imaginado. Siempre hay impedimentos para el votante fino, incluso en las convocatorias acuciantes. Las elecciones no están hechas para el votante fino. Las elecciones son también un espectáculo de masas que impone su rebaja estética. Aunque lo que hace Juanma Moreno en un vídeo es lo que hace María Jesús Montero en todos sus vídeos (y no vídeos). Más que optar por el mal menor, se opta por el crimen estético menor.

2. La fatalidad de las elecciones autonómicas es que no pueden dejar de incurrir en regionalismo; regionalismo que, en los casos exacerbados y enfermos, es nacionalismo. Hasta Vox tiene que modular en Andalucía su «prioridad nacional» como «prioridad andaluza». Su «prioridad nacional», en fin de cuentas, tenía algo de autonómico. El nacionalismo español, actualmente, no es más que la consideración de España como una autonomía: con la habitual matraca autonómica (regionalista, nacionalista) aplicada a España.

3. Se podría hacer una defensa de ese eufemismo, o desvío, que es decir «el Estado» o «el Estado español» en vez de «España». España sería en tal caso exactamente ese ámbito libre de autonomismos, de matraca autonómica. Una limpia instancia administrativa, neutral, universal: para todos de un modo higiénico. España es hoy la patria exacta de la ciudadanía, sin adherencias espurias. Salvo cuando se inflama, como en Vox o Ayuso, justamente en una dirección inferior, autonómica.

4. Me lo pasé pipa con el artículo antitaurino de Arias. Por un lado, por ver cómo superaba en su terreno al amacetado Vicent; por el otro, por las reacciones taurinas, tan divertidas retóricamente: esos tangos verbales bailados en un charco de sangre animal. Yo no soy antitaurino, pero en mi concepción de los toros (menos artística que existencial) no se puede soslayar la brutalidad que suponen. Lo más gracioso fue ver cómo los taurinos respondían adocenadamente en manada, con su palabrería recalentada de cabestros, mientras Arias permanecía solo en el centro de la plaza con sobriedad torera. En un salto, supongo que desmesurado, me recordó al joven socialdemócrata de La emboscadura, que abatió en el portal a varios nazis que intentaban acceder a su domicilio. Escribe Jünger: «Aquel hombre continuaba siendo partícipe de la libertad sustancial, de la antigua libertad germánica que sus adversarios ensalzaban en teoría». También se podría remedar a Walter Benjamin ante esas insoportables tiradas culturalistas de los taurinos, en las que siempre termina apareciendo Jean Cocteau (¡Jean Cocteau!): «No hay documento de tauromaquia que no lo sea a la vez de barbarie».

5. En la querella entre el Orden y la Aventura que poetizó Apollinaire, ocupan un lugar admirable aquellos que profesan el orden exterior y la aventura interior. Un buen ejemplo es David Delfín, poeta de Málaga que se llama igual que aquel modisto que ya murió (y al que conocí, por cierto, diez años antes de su fama, cuando era camarero en el Corazón Negro, mítico bar de Madrid). Este mismo solapamiento nominal contribuye a la discreción del David Delfín poeta, que para la vida externa guarda amabilidad, cierta grisura, atención contenida hacia los otros, y que para la interna, cuando escribe, desata laberintos de explorador radical. Su nuevo libro, Oqueruela Tékne (Maclein y Parker), sitúa al lector en un territorio inestable que suscita proyecciones íntimas. En su indagación de lo que el poeta quiere decir (mejor dicho: dice), uno se adentra en esas otras posibilidades de mundo que lanza la poesía. 

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