Por qué es imprescindible ganar en Andalucía
«Se trata de la oportunidad de acabar con la vida política de un malhechor que ha destrozado España»

El presidente del PP andaluz y candidato a reelección, Juanma Moreno. | Francisco J. Olmo (EP)
Claro está que cada vez que se avecina una llamada a las urnas solemos utilizar, por lo menos, tres tópicos. Primero: «Nos jugamos mucho». Segundo: «Son las elecciones más importantes en años». Tercero: «Ahora o nunca». Y estos tres lugares comunes resultan ciertos. También este domingo. Vamos por partes: no solo está en el alero una nueva victoria por mayoría absoluta de Moreno, sino la posibilidad —solo posibilidad, no nos engañemos— de que el sátrapa de la Moncloa se vea obligado a cerrar el Parlamento dada la magnitud de la derrota. Es seguro, por otra parte, que en la anterior edición de los comicios regionales del Sur se ventilaba nada menos que el triunfo, por primera vez, por mayoría absoluta del centroderecha en una región clásicamente volcada a la izquierda. Finalmente, el dilema de «ahora o nunca» es para llevarlo al cerebro de todos los electores del PP, que esta vez no pueden cometer el error bestial de quedarse en casa o salir a la playa. También, un recado para estos ciudadanos: su voto debe inclinarse directamente por el partido y el aspirante que más daño le haga a Sánchez. O sea, vamos a dejarnos de pamplinas: este voto no es interesado como si se tratara de un «Romero Robledo» cualquiera; no, se trata de la oportunidad de acabar con la vida política de un malhechor que ha destrozado España para quedarse con los restos.
Por lo demás, si este país hubiera dejado ya atrás fósiles normas electorales, hoy, mañana, pasado… el propio domingo tendríamos noticias de cómo evolucionan los resultados previstos. No es así y, de nuevo, tendremos que conformarnos con los datos que nos filtren —que los filtrarán— los partidos en liza. Una estupidez y una pena porque, si conociéramos los vaivenes electorales de cada día, tendríamos más elementos de juicio para utilizar nuestras papeletas. Pongamos por caso: supongamos que estos sondeos reflejan este jueves que la mayoría absoluta de Juanma Moreno depende del color de los últimos trescientos votos de una provincia como Córdoba o Granada, ¿no sería efectivo para el elector conocer el dato para obrar en consecuencia e inclinarse por una u otra opción?
Ahora mismo, el millón setecientos mil andaluces registrados en el censo tienen, sin embargo, dos dudas existenciales: una, si, de verdad, el resultado mayoritario andaluz puede servir para echar —así el verbo, aunque suene a aldeano— a Sánchez; otra, si existe alguna fórmula casi mágica que este indeseable puede emplear para torcer el resultado a su favor, por ejemplo, un pucherazo en Correos que nunca ha parecido inverosímil. Sobre la primera: nadie puede asegurar que Andalucía se convierta en la plataforma política directa para expulsar a Sánchez, aunque puede adivinarse que un zurriagazo fenomenal este domingo le dejaría más asténico de lo que ya está. Sobre la segunda: consta que el Partido Popular ha cosechado un ejército de controladores que van a impedir, con certeza absoluta, que cualquier mangante del PSOE, de los que ayudaron a Sánchez a robar en el 17 a su propio partido, meta la mano en la urna. En ese momento del proceso será imposible que las intenciones de López, pongamos por ejemplo, hagan prestidigitación en las urnas. Estemos tranquilos.
Pero no podemos estarlo, desde luego, si nos fiamos del proyecto que los más cercanos sicarios de Sánchez están preparando por si suena la flauta y vuelven a componer un Gobierno de aluvión. Hay que leer algún prospecto del libro de Iván Redondo —un tipejo más peligroso que el hantavirus y más letal— para saber cómo esta serie de malhechores políticos quieren liquidar la España secular para dejarla en el esqueleto, siempre pendiente de los gustos de vascos y catalanes. Líbreme Dios de recomendar la compra de ese manual abyecto; no, al individuo Redondo, el del aplique, ni un euro, aunque sea de pega. Conviene entender que esta tropa pretende el asentamiento de una España rabiosamente federal y declaradamente plurinacional como simple apeadero circunstancial de una nación volada en mil pedazos. El solo hecho de lograr en Andalucía un resultado aceptable llevaría a Sánchez a acelerar sus propósitos. ¿Ven cómo es imprescindible ganar en Andalucía?
Parece normal, incluso inteligible, que Juanma Moreno esté conduciendo la campaña sobre la base de la normalidad institucional, la estabilidad y la mención a los grandes problemas pendientes que tienen sus ocho provincias. Claro está que sí. Le será útil sin duda en las urnas, pero se queda corto de ambiciones porque él mismo sabe que lo que se ventila este domingo allí no se puede solventar a humo de pajas. Es el porvenir de la nación más antigua de Europa a la que Sánchez, por un puñado de votos, se aviene a destrozar sin inmutarse. Tampoco está de más que el candidato popular insista en cómo ha cambiado la faz económica de la región desde que él la gobierna. El dinero siempre está depositado en las urnas. El corazón, las emociones, hay que dejarlas para los besos en los parques. Siempre recordaré aquel consejo de Ludwig Erhard, el autor del milagro alemán tras la II Guerra Mundial, que, cuando se acercaban las elecciones, elevaba su pícnica figura y proclamaba efectivamente: «Hay que votar con el corazón», al tiempo que se palmoteaba con fuerza el lado derecho de su torso donde, de común, llevamos alojada la cartera. Por lo menos entonces era así.
Una confesión final: que este cronista recuerde —y lo recuerda bastante bien—, es la primera vez, en cualquier cita electoral, que recomiendo el voto hacia una determinada alternativa. Esta vez lo hago con toda conciencia y consciencia por todo lo que llevo escrito hasta el momento. En España ya no nos planteamos una concreta política económica, una acción exterior, una subida o bajada de impuestos, un alineamiento cultural o, ¡qué sé yo!, un respeto a valores constitucionales expresos: no, aquí está en juego la Nación misma en unos episodios nucleares para nuestro futuro. Así veo las cosas. Como una vez escribió Pérez de Ayala: «Luego no digáis que no os lo he dicho». Salvo, humilde, las distancias y termino: «Luego no neguéis que no lo hemos advertido». El cronista y muchos más.
