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Opinión

Yolanda Díaz y el acoso laboral en su partido

«Sería interesante saber qué piensa la ministra de Trabajo de un caso de ‘mobbing’ dentro de su organización política»

Yolanda Díaz y el acoso laboral en su partido

La vicepresidenta segunda y ministra de Trabajo y Economía Social, Yolanda Díaz. | EP

Lo primero que quiero es pedirles perdón, queridos lectores. Lo hago por adelantado porque hoy voy a escribirles sobre una organización política cercana a la extinción y de la que no se acuerda prácticamente nadie. Escribir sobre un partido y sus principales figuras, que muy pocas personas tienen presentes y cuya existencia desconoce la mayoría. Qué mal se tienen que hacer las cosas para que ese partido aporte nada más y nada menos que una vicepresidencia del Gobierno y un ministerio tan importante como el de Trabajo, y esa organización pase más desapercibida que la dignidad cuando pasa por delante de los ojos de cualquier miembro del Gobierno de España.

Pero si un servidor dedica el artículo a un partido político del que, si se escribiera hoy un libro, podría titularse igual que la gran novela de Héctor Abad Faciolince, El olvido que seremos, es porque han ocurrido unos acontecimientos que son especialmente noticia por producirse en esa organización.

A principios de esta semana dimitió como secretaria de Organización de ese partido político Laura Moreno. En su despedida denunció «injusticias y faltas de respeto» que la dirección del partido ha cometido «contra su gente, sus militantes y la organización». También alertó del deterioro de su salud mental por un presunto mobbing por parte de la coordinadora general y expuso que se había abierto «una investigación interna tras una denuncia interpuesta por seis altos cargos institucionales y orgánicos que pudieron observar comportamientos preocupantes de Lara Hernández hacia algunos trabajadores».

Les recomiendo que lean el texto escrito por Elisabeth Duval en Artículo 14, titulado Manual para enterrar un partido, donde se explaya explicando lo que ha sido esa organización, de la que ella fue una figura importante; las razones de su salida y el control que siempre ha querido tener en el partido Lara Hernández y que ella también dice haber sufrido. Y por eso es por lo que he creído conveniente escribir sobre este ente etéreo y volátil que ha sido esa organización.

Y es que a un servidor le sorprende que en un partido que ha basado su efímera existencia en el feminismo y en tener como figura principal a la ministra de Trabajo pasen estas cosas. Que se pasen por el arco del triunfo la famosa sororidad entre mujeres dentro de la organización y que Lara Hernández exhiba formas despóticas y agresivas contra otras mujeres, como Elisabeth y Laura. Puede que en ese partido político tengan a la verdadera «Dama de hierro», capaz de convertir la figura de Margaret Thatcher en la de una dulce damisela.

Y luego está Yolanda Díaz. La única cara conocida del partido. Sería interesante saber qué piensa la ministra de Trabajo de un caso de mobbing dentro de su organización política. ¿Se pondrá del lado de la trabajadora, como suele hacer en sus declaraciones, o abrazará la forma de ejercer la autoridad elegida por lo más parecido a la «patronal» que hay en esa organización? De momento calla y mira para otro lado, como si no pasara nada. Como si el partido fuera nada. Como siempre que tiene una difícil papeleta, se irá con la música a otra parte. Eso sí, seguro que no elegirá la de Julio Iglesias.

Y es que esto es lo que pasa cuando se quiere organizar la nada, el vacío, lo insustancial. Yolanda dejó todos los cargos del partido y avisó de que no volvería a ser la candidata para las siguientes elecciones. Es cierto que el partido siempre se le quedó pequeño. Pero es que no se puede entrar ni caber en algo que no es. Ella siempre prefirió el brillo que da pertenecer al Gobierno y desatender una casa que no tenía ni techo ni paredes. Mejor llevar una vida ostentosa de vicepresidenta y ministra. Celebrar Nocheviejas en hoteles de lujo incompatibles con su «amada» clase obrera. Pasarse las horas en las tiendas de lujo del barrio de Salamanca, en Madrid, y concretamente hacer de la calle Ortega y Gasset un lugar donde precisamente los dedos de sus pies no se hacen huéspedes. O llevarse a su hija Carmeliña, de 14 años, al encuentro con el Papa en Barcelona. Y en ese vacío de poder y de existencia, de cabalgar contradicciones, llega una coordinadora general, Lara Hernández, que representa supuestamente lo que más odian. Un superior jerárquico que ejerce el poder de manera tiránica sobre sus empleados, siendo además dos mujeres quienes lo han denunciado. El final lógico para la organización. Una muerte coherente para tan poca vida.

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