Irene Montero no es Marilyn
«En ‘Operación Triunfo’ no la hubieran cogido, pero como representante en Eurovisión sí que pudiera tener más suerte»

Ilustración generada mediante IA.
Irene Montero se levantó creyéndose que se le había ocurrido una idea muy ingeniosa que impactaría en todo el mundo. Una genialidad solo al alcance de quien tiene mucho tiempo libre y vive lo suficientemente aislada del ruido exterior (en su casoplón acorazado de Galapagar) como para que broten esos pensamientos, la planta con el mismo nombre y eso que se le pasa por la cabeza a Irene y que un servidor lo denominaría como algo caótico, interesado, superficial y dañino, y no como algo perteneciente al mundo de las ideas.
Era el turno de palabra de Irene Montero en el Parlamento Europeo. Un martes resacoso tras el empate con sabor a derrota de nuestra selección en el primer partido del mundial, pero que dejaba un sabor agridulce avistando en el horizonte más cercano la comparecencia de Zapatero ante el juez, y una posible prisión provisional. El mal no puede andar suelto, y no lo digo yo, sino sus actos, donde se ha beneficiado hasta del hambre de los venezolanos. Pero la protagonista de este artículo es Irene Montero. La podemita no abrió la boca en toda la mañana. Lo mismo que hacía en el partido hasta que su pareja ha fingido dar un paso atrás para dirigir desde las sombras, su lugar natural, y dar paso a su mujer y a la mejor amiga de esta para hacer del feminismo la pantomima perfecta.
Irene Montero se subió al atril y, tras decir lo de siempre, quiso terminar de una manera exótica, que es lo mejor que se puede decir de su manera de entender la política, y decidió hacerlo cantando: «Happy birthday to Trump, happy birthday to Trump, happy birthday Mister Genocide». Un servidor humildemente cree que con esa interpretación en Operación Triunfo no la hubieran cogido, pero puede que como representante de España en la próxima edición de Eurovisión sí que pudiera tener más suerte. Y más en esta España sanchista que nos libró de llevar a un compatriota a representar al país a un acto que debe ser lo más parecido al infierno en la Tierra. Aunque las razones dadas tuvieron que ver con ese buenismo impostado que hacía imposible compartir espacio con un cantante israelí, pero sí venderle armas a ese país hasta hace muy poco tiempo. Y es que uno ve muy pocas diferencias entre el Chiquilicuatre y la europarlamentaria.
Irene Montero quiso emular a Marilyn Monroe. Pero Trump no es Kennedy. El primero cumple 80 años, y Kennedy cumplía 45 cuando se lo cantó la actriz. Uno estaba en plenitud y en su apogeo, mientras que el otro intenta disimular su decrepitud desde que se afeita. Pero aún más evidente es que Irene Montero no es Marilyn. La Monroe era superdotada, una estrella de Hollywood y el mito erótico por antonomasia. La belleza en sí misma no puede molestar a nadie, solo a quien hace gala de su necedad. Poseía un coeficiente intelectual de 165, una cifra que supera el umbral de 130, que define a una persona superdotada, estando, por ejemplo, por encima de Albert Einstein. Fue una ávida lectora y si de algo estuvo orgullosa fue de su biblioteca. Le encantaban James Joyce y Dostoyevski, por poner unos ejemplos.
Pero Irene Montero casi seguro que no sabía nada de esto. No sabrá ni que este año se celebra el centenario del nacimiento de Marilyn. Debería saberlo, pues en la televisión pública, no en una malvada televisión privada y capitalista, los lunes por la noche en su segundo canal se dedican a poner una película de cine clásico y llevan unas semanas eligiendo dónde salía la rubia más icónica de la historia del cine. No tiene perdón de Dios, y más siendo su pareja un apasionado de las películas y las series, tanto que no le deja tiempo para otra cosa.
Marilyn Monroe fue una mujer muy inteligente, que además triunfó en su profesión, y de una belleza acaparadora. Irene Montero destrozó el Ministerio de Igualdad y llevó la relación entre hombres y mujeres al guerracivilismo que tanto les gusta. Las mujeres y los hombres de bien nunca hemos sido tan vulnerables, ni las agresoras y agresores más impunes. Cada decisión tomada y cada frase que sale de su boca cuando habla de política o de la sociedad la coloca en el lado contrario del tablero del coeficiente intelectual donde estaba Marilyn Monroe.
Marilyn se lo cantó a Kennedy, con el que tuvo una relación a escondidas, pues él era un hombre casado. Un servidor tiene claro que esas no han sido las razones de Irene para hacerlo, pero si uno lo piensa, Trump e Iglesias se parecen más de lo que les gustaría a ellos y a Irene Montero. El presidente de los Estados Unidos participó en un programa de televisión, una especie de concurso-reality donde los participantes podían ganar dirigir una de las empresas de Trump, y tenían que convencer a este de que no los despidiera. La principal «gracia» del programa estaba en la manera despectiva en que Trump decía que estaban despedidos los concursantes que dejaban de gustarle. Esa sensación tan humillante la comparten otros empleados, estos de Pablo Iglesias. Los primeros en la Taberna Garibaldi con jornadas maratonianas de hasta 14 horas, según algunos trabajadores. Otros en su televisión, Canal Red, como lo ha hecho, entre otros, Sergio Gregori, con su libro Salirse del tablero. Crónica de una generación frustrada, donde entre otros asuntos habla del acoso laboral sufrido por él y otras personas en esa televisión.
En sus casos tampoco es casualidad que una fuera rubia y atrajera lo luminoso y la otra sea morena y traiga la oscuridad. Si nos atenemos a algunos de los títulos de las películas de Marilyn, Irene Montero se tendría que preocupar por aquello de que Los caballeros las prefieren rubias, pero alguna de las actitudes de su pareja hace que no tenga que preocuparse. La caballerosidad necesita de tratar bien a las personas que trabajan en tus empresas, o de no desear azotar a una mujer hasta sangrar. En la película de la Monroe que no desentonaría es en Cómo casarse con un millonario; convive con uno y, si se lo propone, no creo que le costase mucho convencerle. Pero la película que le va al pelo, ahora que está dando sus primeros pinitos como «cantante», es El príncipe y la corista, que fue la única película producida por Marilyn. La sinopsis de la película resumida al máximo sería la historia de un príncipe arrogante de un país europeo ficticio y una corista espontánea y pizpireta, cuyo inesperado romance provoca divertidos enredos políticos. Un servidor no tiene nada más que añadir.
