The Objective
Hastío y estío

Elma Saiz y la mujer del César

«Sigue el puesto de la única manera posible: repitiendo como un papagayo lo que le mandó el Emperador»

Elma Saiz y la mujer del César

La ministra Portavoz, Elma Saiz, durante una rueda de prensa posterior al Consejo de Ministros. | Marta Fernández (Europa Press)

Cambiaron a mi paisana, Pilar Alegría, por la pamplonesa Elma Saiz para que la portavocía del Gobierno no lo hiciese. Todo sigue igual: caótico, pueril, cutre, desvergonzado y chabacano. La lista de adjetivos sería interminable, pero aquí no se viene a lucir vocabulario, sino a sacar brillo a la fotografía demasiado mate de nuestra realidad política. La opacidad por delante y la luz secuestrada por el dueño de la cámara fotográfica.

Se dice que el que se mueve no sale en la foto, y en este Gobierno nadie quiere dejar el chollo que ostenta y que ni en el mejor de sus sueños pensaba que lograría. Todos a una, como en Fuenteovejuna. Pero esta vez la razón no es moralmente intachable. Ahora intentan hacernos comulgar con ruedas de molino, y los únicos que parecen quijotes alucinados son esos subalternos esclavizados de Sánchez que dicen cualquier cosa con tal de mantener sus privilegios inmerecidos. Si hay que decir que los burros vuelan, lo harán, y si hace falta, Patxi, Óscar o Elma se pondrán unas alas para demostrarlo.

En la obra de Lope de Vega, los aldeanos del pueblo cordobés con el mismo nombre de la obra se rebelan contra los abusos de poder, la tiranía y los crímenes del señor feudal, y de ahí la famosa frase. Pero aquí es el tirano el que les dice el mantra que tienen que repetir, y ellos y ellas obedecen sin rechistar.

Uno de los últimos ejemplos es el de Elma Saiz, marxista, pero no a lo Karl, sino a lo Groucho: «Estos son mis principios, pero si no le gustan, tengo otros». Se hizo viral el vídeo donde la entonces parlamentaria en Navarra estaba a favor de expulsar de España a los inmigrantes en situación irregular que no buscaran empleo y, además, cometieran delitos. Ahora está a favor de que entre cualquiera y que los filtros sean prácticamente inexistentes. A la vejez, laxitud, aunque todavía tenga 50 años.

La última prueba de lo obediente que es Elma Saiz, que se traga cualquier pastilla sin beber agua —con lo malo que es eso para el estómago, pudiendo tener consecuencias terribles para su salud digestiva; que se lo cuenten, si no, sus compañeros Patxi López o Diana Morant—, llegó en unas declaraciones recientes en las que defendía a Zapatero como solo lo puede hacer alguien adepto a una secta: negando todo lo que hay fuera de la sauna socialista y queriendo respirar solo de ese humo tan tóxico como caliente y pesado.

Elma Saiz quiso seguir ganándose el puesto de la única manera posible: repitiendo como un papagayo lo que le mandó el emperador. Esta vez tenía que ver con su mujer. Convencer al personal de que en este caso se cumplía aquello de que «la mujer del César no solo debe ser honrada, sino además parecerlo».

Y es que la portavoz del Gobierno fue preguntada por Begoña Gómez y la posible decisión de retirarle el pasaporte por riesgo de fuga. Su respuesta no sorprendió por su esperada sumisión ante lo que se le ordenó decir: «En relación con la medida cautelar por la que me pregunta, estamos hablando de retirarle el pasaporte a la mujer del presidente del Gobierno de España, es una medida que no se entendería».

Un servidor vio esas declaraciones con esa seriedad impostada en su rostro y ese tono donde parecía que estaba hablando de un ser superior o de una deidad. No de un ser humano más; en este caso, una mujer de lo más vulgar y corriente, no una científica de reconocido prestigio o una eminencia en cualquier otro campo, alguien cuyo dato más importante de su biografía es con quién está casada.

Y para nuestra Elma lo está con un superhombre, y juntos forman una pareja única, especial, merecedora de un estatus superior al del resto de humanos. La portavoz parecía que estaba hablando de una pareja de dioses. Y a las divinidades no se las puede tratar como a simples mortales ni castigarlas como si lo fueran.

Es más, ¿cómo es posible que un simple humano como es el juez Peinado se esté planteando la opción de quitarle temporalmente un documento a una diosa como Begoña, mujer del todopoderoso?

Lo que aquí se esconde es clasismo de manual. Se supone que el progresismo defendía que todos somos iguales ante la ley y que no había que tener en cuenta la situación económica o social de una persona. Que el mendigo y el rey deben ser juzgados de la misma manera. Que nadie es más que nadie.

Pero se les termina escapando su gusto por la tiranía y por creerse superiores al resto. Todo en nombre de una ideología sectaria donde los líderes no pueden ponerse en discusión, sino ser venerados. Por eso a Elma Saiz le parecía escandaloso siquiera plantearse quitarle el pasaporte a alguien a quien más que respeto tiene miedo.

Temerosos del dios y de su furia. No les gusta ver a estos súbditos sanchistas como simples mortales, como algunos jueces, guardias civiles y periodistas intentan librarlos de su interesada y sobreactuada enajenación mental transitoria.

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