The Objective
Hastío y estío

Arrepentidos los quiere Dios, pero no el sanchismo

«Normal que les moleste alguien que ayuda a acabar con los que se parecen mucho a ellos»

Arrepentidos los quiere Dios, pero no el sanchismo

El empresario Víctor de Aldama a su salida de la Audiencia Nacional. | Fernando Sánchez (EP)

Un servidor se arrepiente de muchas cosas. De mis primeros cuatro años de vida por no haber sabido estar más atento y no acordarme de nada. Una inconsciencia que a veces echo de menos. Cuando vivía sin vivir en mí. Cuando lo trascendente era estar sin darse cuenta. Después también he ido olvidando otros momentos de mi vida. A veces de manera interesada. En las demás, mi desmemoria lo hizo para demostrarme que sabe protegerme y cuidarme mejor que yo.

También me arrepiento de las cosas que no hice por miedo o por pereza, para después lucir una valentía y una dedicación obsesiva a lo que no lo merecía. Me arrepiento del daño que he hecho a quien no se lo merecía. De seguir algunos consejos antes de confiar en mí mismo. Hay muchas más cosas, por supuesto, pero estos valdrían como algunos ejemplos. Si he podido enumerarlos es porque en diferentes momentos de reflexión y sinceridad conmigo mismo fui consciente de esas equivocaciones, cambiando mi comportamiento en cada uno.

Pero si arrepentirse es noticia y merece este artículo, es por Víctor de Aldama. El empresario que hacía negocios tan boyantes como ilícitos con unos socios que a la vez eran/son miembros del Gobierno sanchista que sufrimos. Que el sistema funciona, aunque cada vez sea más un milagro que lo haga, lo demuestra que Aldama entró en prisión preventiva por varios delitos de los que ha reconocido su culpabilidad. En una visita de su hija a la institución penitenciaria donde estaba, le preguntó si estaba enfadada con él por no ir a su sexto cumpleaños. Eso fue lo que terminó de romper por dentro al comisionista y le hizo decidir colaborar con la justicia a cambio de una reducción de pena y de salir de prisión. Más vale tarde que nunca, mientras el arrepentimiento sea sincero y ayude a conocer la verdad y a desenmascarar al resto de delincuentes, sobre todo a los organizadores de las tramas.

Algunos acaban de conocer que pasarán un largo tiempo a la sombra por sacar demasiado a la luz su vileza y su falta de escrúpulos. En definitiva, todo lo contrario a lo que significa arrepentirse y querer colaborar para poder expiar en parte sus faltas. 24 y 19 años respectivamente son tiempo suficiente para conocer el significado de la palabra arrepentimiento. Por desgracia para ellos, dará igual cuándo, pues además de ser demasiado tarde, sería falso.

Los que no se arrepentirán nunca son los miembros de este Gobierno que siguen en muchas de las causas por juzgar. Para ellos arrepentirse es de cobardes, de débiles, de chivatos. Por eso, tras conocer que Aldama no tenía pena de prisión en el caso de las mascarillas, por lo que han puesto el grito en el cielo es porque quien reconoce su culpabilidad haya ayudado a saber toda la verdad de este caso.

Tanto es así que hasta quienes critican esto, como por ejemplo el ministro responsable del desastre en Adamuz, el que ve bien pactar con un partido que ha amparado siempre matar hasta amigos y compañeros suyos de partido, o ese catalán independentista que ahora quiere que le voten los agricultores andaluces, los mineros asturianos o las mariscadoras gallegas, no han dicho ni una palabra de la sentencia a Ábalos y a Koldo. Y ya se sabe que el que calla otorga, por lo tanto, les parecerá justa. Se tendrían que mirar muy seriamente su sectarismo y su parcialidad enfermiza. Ayudar a desenmarañar una trama criminal siempre debería ser bien recibido y algo que incentivar.

Y es que los chivatos principalmente han estado mal vistos por los malotes de la clase y los que hacen bullying, y por las organizaciones mafiosas. Y estos que se quejan de lo hecho por Aldama tienen bastante de niñatos malcriados y lucen unas actitudes propias de un capo de la mafia. Chulescas, altivas, amenazantes. Normal que les moleste alguien que ayuda a acabar con los que se parecen mucho a ellos. Comparten organización política, espectro ideológico y, lo más importante, su puesto de trabajo privilegiado e inmerecido depende de la jerarquía de un partido cuyo oscurísimo horizonte judicial comparten. Tratan de defenderse con las pocas fuerzas que les quedan. Los últimos coletazos de un pescado más podrido que muerto.

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