The Objective
Hastío y estío

El sanchismo se achicharra y no es por el calor

«La condena a Ábalos ha hecho del incendio algo inapagable hasta convertir en cenizas el régimen sanchista»

El sanchismo se achicharra y no es por el calor

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. | Alberto Ortega (EP)

Este gobierno infernal va camino de acabar en el averno. Y es que al final las cosas se van ordenando por sí solas, aunque a veces cueste más que hacerlo en la habitación de un adolescente. Hace mucho calor, pero eso es algo que a este Ejecutivo no le hace cambiar su forma de actuar. El presidente y sus ministros siguen cada uno removiendo su caldero particular, pero ahora es cuando han empezado a sudar. Y es que no solo han visto remojar las barbas de Ábalos, sino que el afeitado no solo ha apurado su tez, sino sus esperanzas de libertad. La sentencia del lunes de 24 años de cárcel ha hecho del incendio algo inapagable hasta convertir en cenizas el régimen sanchista. El problema que tienen los subalternos del mismo es que el jefe de bomberos es el más pirómano de todos.

En este verano que nos achicharra con su sol inclemente, el sanchismo se derrite como un helado olvidado en el salpicadero de un coche oficial. No es el mercurio lo que abrasa, es la combustión interna de sus propias fechorías. Mientras los españoles buscan refugio en terrazas y en locales con aire acondicionado, el Palacio de la Moncloa se ha convertido en un horno donde se cuecen las corruptelas a fuego lento. Pedro Sánchez intenta refrescar su imagen, pero el bochorno de la corrupción lo persigue como la lluvia que deja él mismo, dejándolo igual de quemado.

El calor aprieta a un proyecto político que prometía frescura y ha terminado en asfixia. Las olas de calor meteorológico coinciden con las olas de escándalos que barren los cimientos del sanchismo. Ábalos, el otrora fiel escudero, ahora purga a la sombra de una condena que huele a chamusquina. 24 años de cárcel, una sentencia que prende la mecha del resto de tramas que el Gobierno ha intentado sofocar con el fresquito que da tener el poder y ese ventilador de aspas de nombre «sincronizada».

El sanchismo se achicharra porque su combustible principal siempre fue la impunidad. Ahora, con las barbas remojadas y las esperanzas afeitadas al cero, el presidente mira al horizonte como un náufrago en pleno desierto. ¿Dónde están las brisas de la renovación? ¿Dónde las lluvias purificadoras de la regeneración democrática? Solo queda el sudor frío de quien sabe que el fuego amigo es el más devastador.

El populismo sanchista prometió refrigerio social y nos ha entregado una «sauna» de corrupción. Las conversaciones en las terrazas giran en torno a un único tema: ¿hasta cuándo aguantará Sánchez este sofoco? El sanchismo suda y el desodorante le abandonó antes de dejarse utilizar por él. Eso ya lo hacen sus palmeros, como Diana Morant, Óscar López y el resto de ministros.

Hay un cierto placer estético en contemplar el derrumbe. Ver a Sánchez, el eterno superviviente, sudar tinta para escribir los guiones a seguir por el resto del Gobierno. Cada comparecencia es un ejercicio de contorsionismo bajo el sol. Defender lo indefendible mientras el asfalto de su credibilidad se ablanda. Los ministros, cada uno en su fogata particular, avivan las brasas con declaraciones que son un desaire a nuestras inteligencias.

El presidente del Gobierno que prometía liderar una España fresca y moderna preside ahora un gabinete en ebullición. Sus aliados independentistas, que un día fueron socios de conveniencia, observan el espectáculo desde la distancia de quienes saben que el fuego puede saltar de tejado en tejado. La oposición, mientras tanto, se abanica con encuestas favorables, esperando que el electorado traiga ese cambio de aires.

El sanchismo se achicharra, y no es por el calor atmosférico, sino por el moral. Ese calor que surge de la fricción entre promesas y hechos, entre palabras y sentencias judiciales. En las noches de bochorno, cuando España no duerme, los ciudadanos se preguntan cuánto más durará este infierno particular. La respuesta, como siempre en política, está en las urnas, pero mientras llegan habrá que conformarse con disfrutar del espectáculo que es ver cómo se va derritiendo lentamente este gobierno difícil de distinguir de sus figuras en el Museo de Cera.

Ábalos se quemó a lo bonzo el día que decidió unir su destino al del presidente del Gobierno. El fuego es traicionero y avanza sin mirar atrás. No quiso echarle leña, y al final el árbol caído ha sido él. Que aprenda de Aldama cómo salvarse de la quema. El lunes pasado, mientras Ábalos conocía su sentencia, Sánchez en la red social TikTok alertaba sobre los peligros de las altas temperaturas y daba algunos consejos sobre cómo enfrentarse a este extenuante calor. «Beban agua, pónganse crema solar y eviten hacer deporte en el exterior durante las horas más calurosas del día». No le importó ver gran parte de su mundo arder con esa sentencia e intentó quitarle importancia con otra estudiada frivolidad. Consejos vendo, pero para mí no tengo. No estaría mal que por una vez los practicara. Sobre todo para alguien cuyo horizonte está hecho de cenizas.

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