Uno de los nuestros
«Lo importante es que ganen los nuestros, ya sea por un penalti injusto o por la corrupción de todas las instituciones»

Imagen creada con inteligencia artificial.
Llega el verano y con él todo lo peor. El sudor, los bichos, la luz solar hasta más allá de las diez de la noche dejando en evidencia el mal gusto al que va unida. No poder esconder en la oscuridad esas vestimentas donde la estética es una parte más del olvido. Hombres con camisas de manga corta y bermudas. Los pies levemente vestidos por unas chanclas que, fuera de la playa, deberían ser algo anticonstitucional y casi igual de delictivo que la amnistía a los políticos catalanes que provocaron el procés.
Yo no quiero verle los pies a nadie, tampoco a las mujeres, aunque sepa que el fetichismo por esta parte del cuerpo está muy extendido y haya foros en internet donde está muy bien pagado subir fotos de las pezuñas humanas. Uno de los fetichistas más famosos con los pies es Tarantino. Como ejemplo está cómo se puso las botas en la escena de Abierto hasta el amanecer, donde la «devorada» era Salma Hayek. Eso sí, antes los refrescó con cerveza, en un guiño más que evidente a esos sosos que solo la utilizan para cocinar cuando acompaña al pollo.
Y es que la estética y la ética son inseparables. La elegancia es el mayor acto de justicia y la única manera aceptable de comportarse. No hay nada elegante en justificar actos deshonrosos solo porque los cometan los tuyos. Manipular estos hechos porque, de una manera u otra, te beneficias de ello. Como ejemplos, miren y escuchen a Sarah Santaolalla o Afra Blanco cómo retuercen los argumentos hasta ahogarlos en el mar más negro de todos. El equipo de la «sincronizada», ahora que llega el verano, intenta nadar y guardar la ropa, consiguiéndolo solo en las piscinas de los amigos.
«Es uno de los nuestros», como el título de esa gran película de Scorsese, justifican para llevar a cabo su maquiavélico cometido. El fin justifica los medios (algunos de comunicación) y los comportamientos mafiosos de sus defendidos. Sería enternecedor, si no fuera especialmente vomitivo, ver cómo la rubia y la morena, ambas activistas según se definen ellas mismas, hacen una defensa de la presunción de inocencia por persona interpuesta. Lo mismo que hacen Patxi López, los «Óscares» al mejor guion adaptado o Elma Saiz, por poner unos pocos ejemplos. Pero luego esa presunción de inocencia no la tienen con Ayuso y su pareja, a los que juzgan y condenan desde el primer momento en que tuvieron conocimiento de la noticia.
Y ese es otro tema que quería tratar en este artículo veraniego que no puede disimular serlo. El calor y el poco dormir te hacen divagar e ir de un sitio a otro de la manera más lógica y conectada posible, sabiendo que la derrota está garantizada al intentarlo. El «uno de los nuestros» lleva a creer a pies juntillas a los nuestros y negar la más amarga de las evidencias cuando está clara su maldad o su comportamiento inmoral. El sanchismo y sus ramificaciones amparan esa idea de que los jueces, la Guardia Civil, algunos medios de comunicación y algunos más son la demostración de que la extrema derecha y el fascismo no toleran un gobierno progresista. Y se quedan tan panchos tras decirlo. Un delirio que algunos creen y a otros les interesa hacer creer.
Por eso ahora los fieles adeptos a las ideas conservadoras o de derechas tienen ante sí la papeleta de decidir si se comportan igual que los que han abrazado la secta sanchista de manera gustosa o esperan a cómo se van desarrollando los acontecimientos ante la última noticia conocida alrededor de Ayuso, donde la empresa de su novio facturó 4,4 millones de euros a Quirón justo desde el momento en que empezó su noviazgo y durante los primeros tres años del mismo. Si negarlo todo por sectarismo ideológico y comportarse igual que aquello que les parece incomprensible en el actual votante sanchista, o esperar a que se sepan más cosas sobre el asunto y el tiempo vaya clarificando la situación. Un servidor, sin duda alguna, criticará de la misma manera la basura que produzcan los partidos progresistas y los conservadores.
Gran parte de la ciudadanía es cómplice de la inmoralidad reinante. De la «futbolización» de la sociedad. De tratar a nuestro partido político como si fuera nuestro equipo de fútbol y fanatizarnos hasta límites insoportables. Que la misma mano que es penalti cuando la realiza el equipo al que más manía tenemos sea involuntaria y no punible cuando la lleva a cabo un jugador de nuestro equipo. Eso está pasando ahora con la corrupción de nuestros partidos políticos: la justificamos o no según la «camiseta» que vista quien la lleva a cabo.
Lo importante es que ganen los nuestros, aunque sea por un penalti injusto o por una corrupción que afecte a todas las instituciones. Mientras no ganen los fachas, todo está permitido. Siendo fachas ahora todos los que no le compramos las fechorías a este gobierno infame. Estaría bien que quienes se dicen conservadores y de derechas no voten de la misma manera ante un caso idéntico en los partidos que les representan, con tal de que no ganen «esos rojos y comunistas».
La izquierda actual española ha adquirido la función que tiene la religión en los creyentes. La ideología y los preceptos de esta serían la Biblia de estos. Sus máximos representantes, sus líderes, la jerarquía de esas organizaciones políticas llamadas de izquierdas, lo más parecido al Papa, los apóstoles o los profetas. Por eso, cuando tocan a Pedro Sánchez, su mujer u otro de sus referentes, lo están haciendo no solo con sus líderes ideológicos, sino espirituales, sus guías en la vida.
Por eso Elma Saiz decía que la gente no entendería que se le quitara el pasaporte a la mujer del presidente, como si fuera esta una santa, eso sí, laica del progresismo. Este sábado pasado, el juez Peinado, en un acto hereje sin precedentes, decidió hacerlo y dejar a Begoña Gómez sin posibilidad legal de viajar al extranjero. En las redes sociales y en la mermada sincronizada les ha parecido algo parecido a tomar el nombre de la mujer de su dios en vano. Una blasfemia intolerable. Como este calor que nos mira desafiante a los ojos y nos avisa de que su compañía no deseada no ha hecho más que empezar.
