El culpable es el pueblo español
«La izquierda no tiene una sola idea salvo una: impedir que sus oponentes se cuelen en el poder»

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez y el expresidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero. | Claudia Alba (EP)
Fíjense que escribo «culpable» y no me quedo, de forma generosa, únicamente en «responsable». Dejémonos de zarandajas o paños calientes; lo dicho: culpable de lo que está ocurriendo en España es el país que votó a este psicópata. Hay que dejar, para siempre, de sobar el lomo al valiente —es un decir— pueblo que tiene acreditada una resistencia contra los invasores de la democracia. No es así o, por lo menos, ahora no es así. Si algo ha hecho bien este dúo de malhechores aún en el poder, Zapatero-Sánchez por orden cronológico, es resucitar la peor calaña de nuestra estructura nacional. Con tres características: la mentira, el odio y la venganza o la revancha, como a ustedes les resulte mejor. O peor. Para hacerlo, encima, han falsificado la verdad y la historia. Zapatero se inventó un abuelito-héroe ejecutado por los nacionales, cuando en verdad era un espía colorado-azul, al que asesinaron los chicos de Franco porque llegaron antes que los criminales de Largo Caballero, al que su abuelo había servido desde su masonería confesa. Sánchez no ha podido ingeniarse una historia parecida porque, como sacara de las tumbas a sus antepasados y a los de su señora, no encontraría otra cosa que no fueran boletos de sauna para floritos.
No obstante, con fantasmagorías o no, ha extraído a los muertos de sus tumbas para que vuelvan a empuñar su fusil y maten lo más posible a los del otro bando. Sánchez, que tiene vocación de canalla, lo cual le hace promover las peores ideas, ha construido entre los dos bandos, nacionales y rojos otra vez, un muro que, ¡ríase usted del anciano de Berlín! El de aquí y ahora no tiene cemento ni hierros retorcidos, pero guarda en sí mismo un arma más fétida: la del enfrentamiento a primera sangre. Me suele decir un médico amigo, de los que ahora están en permanente huelga, que menos mal que en este momento de nuestra trayectoria universal no ha habido —hasta ahora, ¡por Dios!— muerto político alguno, que si no estaríamos otra vez a tiros. Imaginen ustedes, como mera trasposición histórica, a un ayudante del pequeño Bolaños —para el caso, Largo Caballero— liquidando, por ejemplo, a Isabel Díaz Ayuso —para el caso, Gil-Robles—. No se lo imaginen; sería un horror. Sin embargo, ya que estamos en parangones, una pregunta: ¿es que acaso el clima del 34 del pasado siglo era peor que el actual en junio de 2026? Homologable.
Lo terrible es que el dúo en cuestión, personajes de opereta bufa, tiene convencida a gran parte del país. Pongamos que a un 25% del electorado. Esta facción tan numerosa guarda al menos tres características: una, que todavía son restos de la Guerra Civil; otra, que son hijos de los primeros y en sus casas no han escuchado otra cosa que rencor y ánimo de revancha; la tercera, los más, que son los comunistas y socialistas de tercera y cuarta generación que no saben quién fue Franco, pero sí saben que hay que aborrecerlo sin matices. A él y a los hijos y nietos que no fueron ensuciados por sus padres, pero que tienen una concepción de la persona basada en la libertad individual. O sea, la derecha, enemigos a batir sin piedad y con los instrumentos que sean, como los que lleva empleados durante ocho años el sujeto que atiende por Pedro Sánchez. Pero hay, por encima o por debajo de estos sectores, otras dos facciones extensas que viven animándose con esta consigna: «A la derecha, ni agua». Es decir, todo vale contra ella. Otra, bobalicona, se apunta a lo progre y aún cree que la eutanasia a todo trapo o el aborto octomesino son signos esenciales de la vida misma; fíjense ustedes por dónde van. Estos pregonan que hay que disculpar la mangancia de Zapatero o los ataques a la democracia del liberticida Sánchez. No son muchos, pero sí esenciales para que, a trancas y barrancas, este elemento siga anclado en la Moncloa y palacios adjuntos.
Son como los tibios que protestan mucho, pero que, si se convoca una manifestación, se van de pincho de tortilla al campo; los que, sin embargo, de pronto se han sorprendido con que sus retoños se hayan echado a las calles a rezar con el Papa, algo que a ellos todavía les sigue pareciendo una seña de casposa antigüedad. Son los que se abstienen en las elecciones o los que colocan mil pegas más a los suyos que a los contrarios. También los que se inventan o ensalzan a partidos disolventes que se constituyen como mejores aliados, en este caso, de Sánchez Pérez-Castejón. La izquierda no tiene una sola idea, salvo una para la gran cuestión: impedir que sus oponentes, aun si han vencido en las urnas, se cuelen en el poder. Miren: si por casualidad —que no se va a dar— se abriera en las Cortes una moción de censura y Sánchez fuera expulsado del poder, al día siguiente utilizaría a sus huestes para levantar la calle y hacer imposible la paz en el país. Parece mentira que los susodichos de los que estamos hablando no reparen en el peligro o simplemente no crean en él. Aquí, en España, el dicho más corriente entre los llamados —eso, como poco— fascistas es este: «¡Por Dios, por Dios!», expresado cuando se conoce la enésima fechoría del aún presidente del Gobierno. Ahí se queda todo. ¡Ah! Y otra implosión, esta vez dedicada a los periodistas: «¡Más caña, más caña!». Es su contribución a la caída del autócrata.
Por eso, ni un lametón más a esas gentes. Que aguanten, que tan mal han votado. Ellos tienen la culpa de que el psicópata continúe en el machito. A Sánchez solo con los votos y la aquiescencia de la izquierda no le vale; necesita de los desvergonzados «aprovechateguis» del PNV y de la burguesía vegana de Cataluña. Sin ellos ya no es nadie. Ellos le catapultan a su objetivo, incluso, como él suele decir, «y más allá». Es decir, aunque pierda las elecciones, seguirá dirigiendo al acabado PSOE. Alterará las calles y, esa es su ambición, tratará de que el centroderecha solo dure un par de años. A partir de ahí, Maduro Sánchez. Ya lo verán.
