Delincuentes, contrabandistas, chorizos… ¡agg!
«Nos faltan dedos para contar la multitud de delitos que los jueces imputan a todos los citados en múltiples procesos»

Imagen generada con IA.
Lo normal es que este miércoles 17 de junio, tras pasar por el banquillo, Zapatero, aquel indigente intelectual convertido ahora en un mangui, fuera conducido directamente a la cárcel, tan confortable ella, de Soto del Real. Lo lógico es que hoy mismo, 15 de junio, a la señora de Sánchez, de soltera Begoña Gómez, hija del Sabiniano, proxeneta de gais escondidos, la colocaran en el tribunal correspondiente una pulsera, y no de zafiros precisamente, para que no se fugara su asténica osamenta a la Dominicana. Lo que deberíamos ver es que Mercedes González, la directora general de la Guardia Civil (aún), fuera destituida del cargo que ocupa, tras apenas haber depuesto sus escatológicas disculpas en la Comisión de Interior parlamentaria. Lo que esperamos es que cualquier día de esta semana tan esperanzadora que comenzamos, el Supremo firme la sentencia del escándalo de las mascarillas, unas menudencias sin sanidad incorporada con cuya venta se hicieron ricos los Ábalos y toda la demás ralea que le rodeaba. Lo fetén es que, por fin, el juez Pedraz (una obra buena, por fin) desentrañe en estas fechas, antes del domingo desde luego, las siglas «P» y «S» y anuncie al Universo Mundo que corresponden al granuja que todavía okupa el Palacio de La Moncloa. La España decente, que aún nos queda, confía por lo demás en que el juez impute directamente al partido gobernante, antes llamado PSOE, como sujeto activo de corrupción sistemática (¿qué es esa bobada de sistémica como si se tratara de una arritmia?) como persona jurídica que se ha llenado la buchaca primero con los impuestos que nos sisa a los desgraciados contribuyentes y, segundo, con las comisiones que le ha arrancado a las múltiples empresas que se han querido constituir en nuestro país.
Lo certero y verdadero sería que esta semana que adelantamos se cumplimentara todo y ¡ah! con un añadido más: que este miércoles en la sesión de control del Congreso de los Diputados el presidente (todavía) del Gobierno fuera atacado por un ictus de dignidad y vergüenza y presentara su dimisión ante la señora Armengol, una conmilitona de los mil escándalos que todos los días estallan en nuestro depauperado país. Todo esto sería lo coherente si, por fin, nuestra Nación emprendiera un proceso de regeneración nacional, al estilo del «Mani pulite» italiano, y el artífice de esta pesadilla emprendiera el camino del exilio. Sería lo mejor para él. Podría dirigirse a Cuba, por ejemplo, porque el Túnez del correligionario Bettino Craxi queda demasiado cerca.
Somos muchos los españoles que nos preguntamos todos los días al levantarnos: «¿Qué más nos puede pasar hoy?» Y al cabo, cuando llega la noche, nos respondemos que lo último, la última guarrería de estos mafiosos, ni siquiera la podríamos prever unas horas antes. Y con las mismas digo: tras los interrogantes y las contestaciones, lo terrible del caso es que todo sigue igual, que el tipejo que tiene comprados cientos de medios, continúa impertérrito en la Presidencia, ciscándose en el personal al tiempo que proclama, con un desahogo descomunal, que «vivimos (textualmente) la mejor época de nuestra democracia»). España ha normalizado la anormalidad y ya la única reacción que nos causa el contrabando de carísimas joyas de Zapatero es la risa histérica. Memes, a cada cual más gracioso. Más lejos la cosa no llega.
Ya nos faltan dedos de las dos manos, incluso si añadimos los de los pies, para contar la multitud de delitos que los jueces imputan a todos los citados en múltiples procesos. Estamos agotando el Código Penal mientras los ministros del Gabinete, costaleros del jefe de la carreta, insultan a los probos jueces, formados para no hacer otra cosa que no sea Justicia. Ahora mismo destaca en la clasificación de los voceadores el ministro de no sé qué, Óscar López, que disputa a su homónimo Puente la categoría de más destacado vilipendiador de nuestro Viejo Reino. Ya ni siquiera disimulan con esa ráfaga de hipocresía («Desde el máximo respeto a la Justicia») que han venido utilizando para disfrazar el odio que supuran contra jueces y magistrados de todas las procedencias. Asombra, por lo demás, que con todo lo que se está levantando aquí, en nuestra Tierra, Europa permanezca impasible, la Unión que, en cuanto otea la menor perversión en sus filas occidentales, la castiga con el más directo de los golpes democráticos: la destitución. Lo de España, según parece, les trae por una higa. Seguro que, imitando aquel famoso eslogan de Fraga, se justifican a sí mismos con un indolente y distante: «Spain is different».
Están ciertos por ahí fuera de una premisa que también afecta, como nube tóxica, a los compatriotas. Mientras dure una cierta prosperidad, tenemos a Pedro Sánchez para largo. ¿O es que alguien no recuerda que su antecesor Felipe González no cayó por la clamorosa corrupción en que estaba instalado su Gobierno allá por la década de los noventa del pasado siglo, sino porque la economía se le vino abajo y los secesionistas catalanes, también corrompidos hasta las cachas, le dijeron: «Ya no nos interesas». Ahora sí les viene bien Pedro Sánchez a la espera de que, allá por los mediados del próximo julio, la Justicia de Europa dictamine que la amnistía ha cumplido todos los trámites de justeza y justicia que han podido comprobar. ¿Qué importa en Bruselas y Estrasburgo que un forajido, Puigdemont, que perpetró en España un golpe de Estado sin precedentes, pueda ser declarado ahora inocente de la rebelión secesionista? Eso es lo que va a suceder.
Nos gobiernan —es un decir— una tribu de malhechores cuya más reciente hazaña es haberse transformado en contrabandistas modo Sito Miñanco o el antiguo Lute. Los telediarios de España entera compiten estos días en la disputa de esta primogenitura: los atracos en joyerías por doquier o la muestra de las alhajas que Zapatero se ha traído a España procedentes de Zambia y Tailandia. Esa es nuestra actualidad. Por eso la oposición ya no debe conformarse con la solicitud frustrante de elecciones anticipadas, sino con la exigencia de que el gran capo de nuestra doméstica Cosa Nostra termine, tras su paso por el Supremo, en la prisión que le pille más cerca de su casa. Ven: en esto los españoles también somos generosos. Mentirosos, defraudadores, contrabandistas, golfos, canallas, bribones, delincuentes en suma… ¡Aagg! Eso es lo que tenemos.
