The Objective
Opinión

Las democracias mueren por suicidio, no por asesinato

«Se suicidan cuando sus instituciones dejan de servir al bien común para ponerse al servicio de quienes las ocupan»

Las democracias mueren por suicidio, no por asesinato

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. | Alberto Ortega (EP)

La frase, que no es exactamente así, es de Arnold Toynbee. La suya hablaba de las civilizaciones en lugar de las democracias, y lleva días rondándome la cabeza. Quizá porque coincide con la lectura de un libro que recomendaría a cualquiera que quiera comprender mejor cómo pensamos la historia y cómo utilizamos el pasado para interpretar el presente: Más allá de nuestras mentes (Roca Editorial), de Felipe Fernández-Armesto.

Una de las muchas virtudes de Fernández-Armesto consiste en recordarnos algo que los historiadores sabemos bien, pero que la sociedad olvida con frecuencia: la historia no sirve para predecir el futuro, no es una bola de cristal. No existen fórmulas capaces de anticipar qué ocurrirá dentro de diez años ni leyes históricas inmutables que determinen el destino de los pueblos. Sin embargo, la historia sí permite reconocer comportamientos, tendencias y mecanismos que reaparecen una y otra vez bajo circunstancias diferentes.

Por eso seguimos leyendo a Tucídides para comprender la guerra, a Tocqueville para entender la democracia o a Toynbee para reflexionar sobre el auge y la decadencia de las civilizaciones. Pocos historiadores del siglo XX se propusieron una tarea tan ambiciosa como la de Arnold Toynbee. Mientras gran parte de la historiografía avanzaba hacia la especialización, él decidió formular una pregunta gigantesca: ¿por qué unas civilizaciones prosperan durante siglos mientras otras terminan desapareciendo?

La respuesta ocupó 12 volúmenes de A Study of History y varias décadas de trabajo. Toynbee estudió más de una veintena de civilizaciones y llegó a una conclusión que, aunque discutida por algunos especialistas, sigue siendo extraordinariamente sugerente. Las sociedades no se desarrollan simplemente por acumulación de riqueza, por superioridad militar o por azar. Nacen y crecen cuando son capaces de responder de forma creativa a los desafíos que enfrentan. Un desafío geográfico, una invasión, una crisis política, una transformación económica o una amenaza cultural. Mientras existe una respuesta creativa, sostiene, la civilización avanza. El problema aparece cuando quienes la dirigen dejan de ser capaces de ofrecer esas respuestas.

Toynbee distinguía entre lo que denominaba una «minoría creadora» y una «minoría dominante». La primera es aquella capaz de inspirar al resto de la sociedad mediante el ejemplo, la innovación o el liderazgo. La segunda es la que ha perdido esa capacidad y busca mantenerse en el poder mediante mecanismos de control, propaganda o simple conservación de privilegios. Es uno de los conceptos más interesantes de toda su obra porque desplaza el foco desde los enemigos exteriores hacia las propias élites.

Para Toynbee, las grandes amenazas rara vez procedían del exterior. De ahí su famosa frase. Las civilizaciones no suelen ser asesinadas, se suicidan. Se suicidan cuando sus instituciones dejan de servir al bien común para ponerse al servicio de quienes las ocupan. Cuando la ejemplaridad desaparece. Cuando el interés colectivo es sustituido por la autoprotección de las élites. Cuando la confianza entre gobernantes y gobernados comienza a resquebrajarse.

No estoy afirmando que España se encuentre al borde de ningún colapso civilizatorio. La historia comparada exige prudencia y desconfianza hacia las grandes profecías. Pero resulta difícil no pensar en Toynbee mientras asistimos al desfile constante de escándalos, investigaciones judiciales y presuntas tramas de corrupción que rodean al PSOE y a personas muy próximas al poder. Cada día parece más difícil sostener que nos encontramos ante episodios aislados o simples campañas de desgaste político. Cada nueva información añade una pieza más a un mosaico que resulta inquietante para cualquier ciudadano, vote a quien vote. Ya no parecen servir las apelaciones al lawfare, ni la invocación permanente a la ultraderecha, ni las referencias a la fachosfera, ni las teorías sobre supuestas conspiraciones mediáticas. La realidad tiene la mala costumbre de abrirse paso.

Lo verdaderamente preocupante no es únicamente cómo terminará esta legislatura. Lo preocupante es el estado en el que quedarán las instituciones cuando todo esto haya pasado. Porque existe un riesgo adicional del que apenas hablamos: la normalización. Cuando los escándalos se suceden durante tanto tiempo, cuando aparecen nuevas revelaciones semana tras semana y cuando la gravedad de los hechos parece aumentar constantemente, la sociedad corre el peligro de acostumbrarse. De rebajar su capacidad de asombro. De aceptar como parte del paisaje comportamientos que hace apenas unos años habrían provocado una conmoción nacional.

Y ese quizá sea uno de los mayores daños que puede sufrir una democracia, que los ciudadanos terminen considerando normal lo que nunca debería serlo. Que cobrar sobresueldos, colocar a familiares, utilizar recursos públicos para fines privados, intercambiar favores o aprovechar posiciones de poder para beneficio propio deje de percibirse como una anomalía y pase a contemplarse como una consecuencia inevitable de la política. ¿No deberíamos reflexionar sobre la gravedad de algo así?

Hace unos días escuché varias veces el alegato final del fiscal Alejandro Luzón en el juicio del caso mascarillas. Más allá de las responsabilidades concretas de los acusados, me llamó la atención la insistencia en una idea que parece haber desaparecido del debate público: la honestidad. Una palabra sencilla, antigua, incluso y, sin embargo, esencial.

La honestidad no es una virtud privada reservada a la vida personal ni una exigencia moral abstracta. Es uno de los pilares que sostienen cualquier sistema democrático. Cuando una persona administra dinero público, gestiona recursos que pertenecen a todos o toma decisiones que afectan a millones de ciudadanos, la integridad deja de ser una cualidad deseable para convertirse en una obligación. No se trata de ser de izquierdas o de derechas, no se trata del PSOE, del PP o de cualquier otra sigla, sino de entender que el poder implica una responsabilidad moral superior precisamente porque se ejerce sobre bienes, instituciones y recursos que pertenecen a todos.

Las democracias no se sostienen únicamente sobre leyes ni sobre elecciones periódicas. Funcionan porque una mayoría de ciudadanos cree que las instituciones merecen ser respetadas. Y esa convicción es mucho más frágil de lo que solemos imaginar. Cuando una parte creciente de la población empieza a sospechar que las normas no son iguales para todos, cuando las explicaciones oficiales dejan de resultar creíbles y cuando la sensación de impunidad se extiende, el deterioro institucional comienza mucho antes de que exista una sentencia judicial. Será la justicia quien determine responsabilidades penales. Esa no es la cuestión, ya que lo verdaderamente relevante desde una perspectiva histórica es otra cosa: la erosión de la confianza.

Toynbee entendió algo fundamental. Las sociedades pueden sobrevivir a crisis económicas, conflictos políticos e incluso derrotas militares. Lo que soportan mucho peor es la pérdida de legitimidad de sus élites. Una civilización no se sostiene únicamente sobre estructuras materiales; también necesita un fundamento moral. Necesita que quienes ocupan posiciones de responsabilidad sean percibidos como dignos de ejercerlas. Por lo tanto, la cuestión de fondo que plantean los acontecimientos que estamos viviendo no es únicamente jurídica ni política, es histórica.

La pregunta no es solo qué ocurrió, quién participó o qué delitos terminarán acreditándose. La pregunta es si nuestras élites están actuando como esa «minoría creadora» de la que hablaba Toynbee o si, por el contrario, están derivando hacia una «minoría dominante» cuya principal preocupación consiste en conservar el poder.

Fernández-Armesto recuerda en su libro que la historia nunca ofrece respuestas definitivas y tiene razón, pero sí proporciona advertencias y pocas resultan tan inquietantes como la de Toynbee. Las civilizaciones no suelen desaparecer el día que llega el enemigo; empiezan a deteriorarse mucho antes, cuando quienes deberían sostenerlas olvidan cuál era exactamente su misión.

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