The Objective
Opinión

La encíclica de León XIV no habla de inteligencia artificial sino del ser humano

«León XIV propone una visión en la que el conocimiento científico y la búsqueda espiritual se enriquecen mutuamente»

La encíclica de León XIV no habla de inteligencia artificial sino del ser humano

El papa León XIV. | Stefano Spaziani (EP)

León XIV es el papa que necesitábamos en este momento de la historia. Para los creyentes, esto suele entenderse así porque en la elección del pontífice interviene el Espíritu Santo y este no se equivoca. Pero incluso para quienes no comparten esa fe y sí conceden importancia a lo que pueda decir el obispo de Roma, este pontífice está resultando intelectualmente una gran sorpresa. Y no porque Prevost se sitúe a la derecha o a la izquierda. El Papa no hace política: hace Evangelio. Y nada de lo que dice es nuevo.

Cuando recuerda la dignidad de los migrantes no le está dando una palmadita en la espalda a Pedro Sánchez —por mucho que el presidente del Gobierno sueñe ya con sacar pecho la semana que viene—; está recordando una máxima esencial del cristianismo desde hace más de dos mil años: amarás al prójimo como a ti mismo. Cuando afirma que ninguna guerra es justa no está pensando explícitamente en Donald Trump, sino recordando la dignidad de la vida humana y el «no matarás». Lo que ocurre es que, como ya casi nadie estudia catecismo, muchos creen que estas ideas pertenecen a pancartas contemporáneas cuando, en realidad, forman parte del núcleo del cristianismo desde sus orígenes.

Este Papa no parece querer permanecer al margen de aquello que hoy transforma el mundo y sabe que la inteligencia artificial constituye una de las grandes revoluciones a las que se enfrenta —y se enfrentará— el ser humano. Pero entender Magnifica Humanitas como una encíclica «sobre IA» sería reducir enormemente su profundidad. La inteligencia artificial es el escenario; el verdadero tema es el hombre. Como siempre lo es en la Iglesia. Y esta lleva siglos planteando que ciencia y fe pueden coexistir, aunque el debate es mucho más profundo desde el siglo XX, más que probablemente por la irrupción de la tecnología.

Hace más de medio siglo, muchas de las reflexiones planteadas, por ejemplo, por el anglosajón Alister McGrath en La ciencia desde la fe parecían dialogar directamente con esta encíclica. McGrath no hablaba desde fuera de la ciencia: fue químico, trabajó en teoría cuántica y posteriormente se especializó en teología y filosofía de la ciencia. Precisamente por eso tiene especial relevancia su crítica al cientificismo y a la falsa idea de una guerra inevitable entre ciencia y religión.

Frente a quienes consideran que la ciencia y la fe constituyen ámbitos necesariamente enfrentados, McGrath defendía que el verdadero problema aparece cuando se pretende convertir la ciencia en una explicación total de la existencia humana. Reconocía el extraordinario valor explicativo del conocimiento científico, pero advertía también de sus límites a la hora de responder a las grandes preguntas sobre el sentido, la finalidad o la dimensión moral de la vida. «La verdad científica es una verdad exacta, pero incompleta y penúltima», escribe recuperando una reflexión de Ortega y Gasset.

León XIV replica esta idea. Magnifica Humanitas insiste en que el progreso técnico, desligado de una reflexión ética y espiritual, resulta insuficiente para comprender plenamente al ser humano. Ambos coinciden en una idea central: la ciencia explica cómo funciona el mundo, pero no agota por sí sola el problema del significado último de la existencia. Más que una oposición entre razón y fe, tanto McGrath como León XIV proponen una visión complementaria en la que el conocimiento científico y la búsqueda espiritual pueden enriquecerse mutuamente.

En mayo de 1891, León XIII publicó Rerum Novarum, la encíclica que intentó responder al gran terremoto moral y social de la Revolución Industrial. Aquella Europa se llenaba de fábricas, máquinas, ciudades hacinadas y trabajadores convertidos en piezas intercambiables de un gigantesco engranaje económico. El problema no era la máquina, sino qué ocurría con el hombre cuando todo comenzaba a medirse exclusivamente en términos de productividad, utilidad y beneficio. Del mismo modo, el problema no es la IA, sino qué ocurrirá con el uso que hagamos de ella. Es un debate ético sin precedentes.

Ciento treinta y cinco años después, León XIV parece establecer un diálogo directo con aquel momento histórico. Magnifica Humanitas no es realmente un texto sobre inteligencia artificial. La IA es solo el contexto de una pregunta mucho más profunda: qué significa seguir siendo humano en una civilización que empieza a delegar no solo tareas, sino también criterios morales, vínculos afectivos e incluso la percepción de la realidad.

La inteligencia de la encíclica reside precisamente en evitar el alarmismo tecnológico simplista. León XIV —que además posee formación matemática y programó páginas web— no demoniza la ciencia ni la innovación. No plantea una batalla medieval contra las máquinas ni un rechazo nostálgico del progreso. Reconoce explícitamente los beneficios extraordinarios que la tecnología puede aportar a la medicina, la educación, la comunicación o el conocimiento. El problema aparece cuando la técnica deja de ser una herramienta al servicio de la persona y comienza a convertirse en el criterio desde el que se redefine a la propia persona.

Esto no es nuevo dentro de la tradición de la Iglesia. Pío XII condenó los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki y habló del arma nuclear como una forma inédita de destrucción masiva. Juan XXIII recordó en Pacem in Terris que la paz no podía construirse sobre el equilibrio del miedo. Juan Pablo II calificó Hiroshima como moralmente inaceptable. Y Francisco insistió en la inmoralidad de la posesión de armas nucleares. La Iglesia contemporánea, pese a sus muchos detractores, rara vez se ha mantenido indiferente ante la destrucción de la vida humana. León XIV no hace más que continuar esa tradición: defender la dignidad de la persona desde su concepción hasta su último aliento.

La encíclica plantea además algo que muchas instituciones occidentales parecen incapaces de discutir abiertamente: una civilización puede alcanzar cotas tecnológicas extraordinarias y, al mismo tiempo, deshumanizarse profundamente. Puede producir más información que nunca y comprender menos al ser humano. Puede hiperconectarse y multiplicar la soledad. Puede desarrollar inteligencias artificiales cada vez más sofisticadas mientras pierde la capacidad de distinguir entre verdad, propaganda, emoción y manipulación.

Hay un momento especialmente significativo cuando León XIV advierte del riesgo de reducir al hombre a «dato, función y rendimiento». Esa frase resume buena parte de la lógica cultural contemporánea. Hoy casi todo tiende a cuantificarse: productividad, atención, impacto, interacción, eficiencia e incluso identidad. El ser humano corre el riesgo de ser interpretado exclusivamente desde parámetros técnicos y económicos, como si su valor dependiera únicamente de su utilidad. El utilitarismo de figuras como Bentham o Stuart Mill y sus cálculos hedonistas, así como sus defensas de que los placeres morales e intelectuales están por encima de los físicos, reaparecen hoy transformados en una cultura obsesionada con la eficiencia, el rendimiento y la optimización constante. El problema es que, cuando el ser humano comienza a medirse exclusivamente por aquello que produce, consume o aporta al sistema, la dignidad deja de ser algo inherente a la persona para convertirse en una cuestión de funcionalidad. Y ahí es donde León XIV introduce una advertencia profundamente cristiana, pero también filosófica: una sociedad que solo valora lo útil corre el riesgo de abandonar precisamente a quienes más protección necesitan. ¿Qué pasa con los bebés abortados por tener síndrome de Down o alguna malformación? ¿O qué sucede con la eutanasia cuando la persona llega al final de sus días? Son justamente el resultado de esa sociedad que solo valora lo útil. De esto está hablando también el Papa.

Además, esta reflexión conecta directamente con el gran debate contemporáneo sobre el transhumanismo: la idea de que el ser humano no debe aceptarse como una realidad limitada y vulnerable, sino como un proyecto técnico permanentemente mejorable. La encíclica percibe ahí una fractura antropológica enorme: el paso de entender la dignidad humana como algo inherente a considerarla condicionada por el rendimiento, la perfección o la optimización tecnológica.

En el fondo, León XIV cuestiona una de las grandes convicciones modernas: la creencia de que todo problema humano posee necesariamente una solución técnica. Y la historia demuestra que no es así. La ciencia puede explicar la materia, pero no responder plenamente a la fuerza que la impulsa, por ejemplo. Razón y fe reaparecen así no como enemigas, sino como ámbitos complementarios.

Esta es una de las grandes paradojas contemporáneas. Nunca habíamos tenido tantas herramientas para comunicarnos y, sin embargo, vivimos una profunda crisis de conversación pública. Nunca habíamos dispuesto de tanto acceso al conocimiento y, al mismo tiempo, proliferan formas extremas de simplificación intelectual, polarización y pensamiento emocional. Nunca habíamos estado tan conectados y tan aislados a la vez. Quizá el verdadero lujo del futuro sea algo tan sencillo como conversar con calma, mirándose a los ojos, lejos de la tiranía permanente del teléfono móvil.

Por eso Magnifica Humanitas resulta mucho más relevante de lo que parece a simple vista. León XIV no está preguntando qué podrán hacer las máquinas dentro de veinte años. Está preguntando qué tipo de seres humanos queremos seguir siendo nosotros conviviendo con ellas.

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