León XIV recuerda a España quién fue
El Papa ha querido recordar que nuestro país desempeñó un papel decisivo en la configuración de Occidente

El papa León XIV durante su discurso en el Congreso de los Diputados.
En este viaje de León XIV a España está habiendo tiempo para que pronuncie discursos que responden a lo que la gran mayoría de la sociedad se pregunta y que claramente la clase política tiende a no contestar. Lógico: él es un líder espiritual, no busca votos, sino remover conciencias, tanto entre los creyentes como entre los que no lo son. Por eso la Iglesia es universal.
Discursos escuchamos prácticamente a diario y la mayoría dejan titulares que duran poco y calan de forma muy superficial. Otros, como los del Papa, aspiran a algo mucho más ambicioso: recordar principios permanentes en medio del ruido que nos rodea a todos. Un ruido que es el que, por desgracia, triunfa. Nada como el silencio para escucharse a uno mismo. Por eso mucha gente que se declara incluso no creyente o no practicante busca la meditación como fórmula para apaciguar el atronador sonido de sus cabezas. Ya lo decía Santa Teresa: «La cabeza es la loca de la casa».
Prevost ha tomado la palabra en el Congreso de los Diputados, algo totalmente insólito en la historia de nuestra democracia, y ha dejado mensajes claros, contundentes y basados en el Evangelio. El papa ha ejercido, como no podía ser de otra manera, de papa. De vicario de Cristo en la Tierra.
Y esto es importante señalarlo porque cada vez que un papa toma la palabra sobre cuestiones públicas, no tardan en aparecer quienes intentan apropiarse de sus palabras. La izquierda destaca sus referencias a la inmigración. La derecha subraya sus afirmaciones sobre la vida humana —aborto y eutanasia—. Unos y otros buscan la frase que mejor encaje en sus posiciones previas.
Pero quien lea el discurso completo descubrirá que el pontífice no ha venido a respaldar ningún proyecto político concreto. Ha venido a recordar algo mucho más antiguo que la izquierda y la derecha: la dignidad de la persona humana como fundamento de la vida social, de la ley y de la política. Todo ello basado primero en el derecho natural y después en el Evangelio. Resulta especialmente significativo que haya elegido España para hacerlo.
No es casual que León XIV haya comenzado reivindicando la aportación histórica de nuestro país. Frente a una visión cada vez más extendida que contempla la historia española exclusivamente desde el prisma de la culpa o del conflicto, el papa ha querido recordar una realidad innegable: España desempeñó un papel decisivo en la configuración de Occidente.
Lo hizo aludiendo a una tradición intelectual y espiritual que va desde Cervantes hasta Unamuno, pasando por Santa Teresa de Jesús y las grandes instituciones jurídicas surgidas a lo largo de los siglos. Según sus propias palabras, España supo reconocer al ser humano «como criatura abierta a la verdad, dotada de libertad y movida por una sed de eternidad que ninguna realidad temporal logra extinguir».
En una época en la que la historia parece haberse reducido a una sucesión de agravios y enfrentamientos, León XIV ha querido recordar que también existe una historia de las ideas, de las instituciones y de los principios morales que ayudaron a construir nuestra civilización. Y en esa historia España ocupa un lugar central.
Durante siglos, nuestro país fue uno de los principales vehículos de expansión del cristianismo. La evangelización de América, Filipinas y amplias zonas del mundo no fue únicamente un fenómeno religioso: supuso también la difusión de una determinada concepción del ser humano, de la justicia y de la dignidad personal.
Por supuesto, aquel proceso estuvo lleno de contradicciones, conflictos y errores. La propia Iglesia los ha reconocido en numerosas ocasiones. Pero no deberíamos reducirlo únicamente a sus sombras, ya que eso implica ignorar una parte esencial de la realidad histórica.
Precisamente por eso el papa se detuvo en uno de los momentos intelectuales más extraordinarios de nuestra historia: la Escuela de Salamanca. Cuando León XIV evocó a Francisco de Vitoria y a los teólogos y juristas salmantinos del siglo XVI no estaba realizando una referencia académica destinada a especialistas. Estaba recordando el nacimiento de una idea que hoy consideramos casi evidente: que existe una dignidad inherente a todo ser humano y que el poder político tiene límites morales que no puede traspasar.
«La reflexión de la Escuela de Salamanca —y de manera particular fray Francisco de Vitoria— contribuyó a formar una conciencia jurídica y moral capaz de recordar que la autoridad lleva siempre consigo una responsabilidad y que todo ser humano debe ser reconocido como sujeto de derechos y deberes». Es imposible sustraerse a la importancia de estas palabras.
En una España frecuentemente acomplejada respecto a su pasado, el papa ha recordado que una de las contribuciones españolas más importantes a Occidente fue precisamente la formulación de principios que hoy forman parte del núcleo de los derechos humanos y del derecho internacional.
Aquel debate surgió cuando la Monarquía Hispánica se enfrentó a responsabilidades históricas inéditas tras el descubrimiento de América. Mientras otros imperios simplemente ejercían el poder, en Salamanca algunos intelectuales comenzaron a preguntarse cuáles eran los límites morales de ese poder y qué derechos poseían los pueblos recién incorporados al mundo conocido.
Aquella pregunta sigue siendo actual y, de hecho, constituye el eje de todo el discurso. León XIV la formuló con una claridad extraordinaria cuando preguntó a los diputados «qué concepción de la persona humana inspira las leyes y qué tipo de sociedad construyen esas leyes».
La cuestión central, por lo tanto, no es qué partido gobierna ni qué bloque ideológico obtiene una victoria parlamentaria, sino qué ideal del ser humano inspira las decisiones políticas que afectan a la vida y a la dignidad de las personas, especialmente aquellas relacionadas con la defensa de la vida.
En uno de los pasajes más contundentes del discurso, León XIV afirmó que «toda sociedad auténticamente justa se edifica sobre el reconocimiento de la dignidad inviolable de la persona humana». Y añadió algo que choca frontalmente con algunas de las corrientes dominantes de nuestro tiempo: «Tal dignidad precede a toda concesión del Estado y no puede quedar subordinada a consensos sociales mudables o al vaivén de las mayorías».
La consecuencia lógica de este planteamiento es la siguiente: «¿Puede llamarse plenamente justa una comunidad que deja en la sombra al niño aún no nacido, al anciano, al enfermo, a quien sufre en silencio o a quien depende enteramente del cuidado de los demás?», preguntó el papa.
Y remató con una frase que probablemente se convertirá en una de las más citadas de toda la visita: «Toda vida humana debe ser reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural».
No se trata únicamente de una referencia al aborto o a la eutanasia. También es una defensa explícita de quienes viven situaciones de discapacidad, dependencia o enfermedad. En una sociedad que mide cada vez más el valor de las personas en términos de autonomía, productividad o utilidad, la Iglesia sigue sosteniendo que la dignidad humana no depende de ninguna de esas circunstancias. Precisamente porque es inherente a la persona.
Pero si esta parte incomodará a muchos sectores de la izquierda, la siguiente hará lo propio con parte de la derecha, y me refiero, lógicamente, a la inmigración.
Probablemente sea el asunto sobre el que más se tergiversarán sus palabras, y me explico. León XIV no defendió una política de fronteras abiertas ni cuestionó la existencia de los Estados nacionales. Tampoco pidió abolir las leyes migratorias. Lo que hizo fue recordar que el fenómeno migratorio posee una dimensión moral que ninguna política pública debería ignorar.
«La situación de los migrantes y refugiados exige una respuesta que mire a las personas, afronte las causas que las obligan a partir y vaya más allá de la mera gestión de flujos», afirmó. Y añadió algo que muchos comentaristas probablemente omitirán: «Ofrecer vías seguras y legales, una acogida respetuosa y posibilidades reales de integración; y promover, al mismo tiempo, el derecho a permanecer en la propia tierra».
La expresión «al mismo tiempo» me ha parecido fundamental porque demuestra que el papa no plantea una elección entre acogida y orden, sino la necesidad de ambas cosas.
Defiende que quienes ya han llegado sean tratados conforme a su dignidad humana, es decir, defiende la integración, como también defiende la lucha contra las mafias que trafican con personas. Pero también defiende el derecho de los pueblos a no verse obligados a abandonar sus países por la guerra, la pobreza o la falta de oportunidades.
Esta parte es muy importante porque, en contra de lo que leeremos sobre todo en redes —el ruido del que habla el Papa—, aquí no hay una consigna ideológica, sino una reflexión moral, ética y cristiana.
Exactamente igual que ocurre en el último gran asunto abordado por el pontífice: la paz. En un momento histórico marcado por la guerra en Ucrania, la inestabilidad de Oriente Medio y el creciente debate sobre el rearme europeo, León XIV lanzó una advertencia que merece ser escuchada.
«Las armas pueden imponer un silencio temporal; pero nunca podrán edificar una paz auténtica y duradera». Y fue más allá al mostrar su preocupación por la tendencia a considerar el rearme como una solución casi inevitable ante las tensiones internacionales.
La verdadera seguridad, afirmó, nace de la justicia, del diálogo, del respeto al derecho internacional y de una política capaz de situar la vida de los pueblos por encima de los intereses de quienes se benefician de la guerra.
Puede parecer un planteamiento idealista, pero conviene tener en cuenta que la Iglesia contempla la historia desde una perspectiva de siglos. Ha visto cómo nacían y desaparecían imperios, ideologías y sistemas políticos. Y sabe que ninguna guerra termina realmente en el campo de batalla. Todas concluyen, antes o después, mediante algún tipo de negociación.
Quizás por eso el mensaje más importante de León XIV sea también el más difícil de encajar en las categorías políticas contemporáneas, ya que el papa no habla desde la izquierda ni desde la derecha, sino desde una tradición que precede a ambas.
Una tradición que defiende simultáneamente la vida del no nacido y la dignidad del migrante; la protección de la familia y la solidaridad con los vulnerables; la libertad religiosa y la justicia social; el respeto a la ley y la obligación moral de que esa ley sea verdaderamente humana.
Por eso resulta tan estéril la discusión sobre a quién ha dado la razón. Y la pregunta correcta no es si el papa ha respaldado a un partido u otro, sino si estamos dispuestos a reflexionar sobre aquello que realmente nos ha planteado: qué idea de persona inspira nuestras leyes, qué tipo de sociedad estamos construyendo y si la dignidad humana sigue ocupando el lugar central que una vez ocupó en la tradición intelectual y moral que España ayudó a legar al mundo.
Esa es la cuestión más importante y también la razón por la que este discurso merece ser leído mucho más allá de la batalla política del día.
