The Objective
El buzón secreto

Muere Javier Calderón, el espía que intentó salvar la monarquía

Al exdirector del servicio secreto sus compañeros o le querían o le odiaban, sin términos medios

Muere Javier Calderón, el espía que intentó salvar la monarquía

Ilustración creada con inteligencia artificial.

El viernes 19 de junio falleció Javier Calderón, el teniente general que dedicó una gran parte de su vida al mundo del espionaje. Un grupo de mis amigos espías le tiene en alta consideración y otro no le estima lo más mínimo. Yo nunca me llevé bien con él, hasta el punto de que un día, durante una comida en el reservado de un restaurante, en la que estábamos los dos y el director de Tiempo, Pedro Páramo, la conversación se fue a unos niveles de confrontación que Pedro intentó poner orden: «Os podéis gritar más bajo».

Por encima de todo, Calderón fue un gran amigo de sus amigos. Comandó durante la dictadura una generación de jóvenes espías que resultaron ser de lo mejor de la época en el servicio secreto del Alto Estado Mayor. Entre ellos estaba José Luis Cortina, con el que le unió una estrecha relación de confianza que no se rompió nunca. Mientras Calderón era más de salón, análisis y conspiraciones tejidas sobre el papel, Cortina era un hombre de acción, se movía como pez en el agua en la calle dirigiendo las unidades operativas. Se complementaban a la perfección.

Calderón se movió con soltura en el mundo político antes y durante la Transición. Era un militar preparado y listo, con vocación humanista, que ayudó mucho a políticos destacados como Manuel Fraga, que le tenía en gran estima. En 1977, el vicepresidente Manuel Gutiérrez Mellado creó el Cesid, aunando el Seced y la División de Inteligencia Exterior del Alto Estado Mayor, y le invitó a estar ahí: eran amigos y quería que pusiera toda su experiencia en el nuevo servicio secreto.

El golpe del 23-F, una apuesta que salió mal

Calderón era en febrero de 1981 el hombre fuerte del servicio. Tras saberse que el golpe de Estado de Tejero iba a fracasar, él y su acólito Cortina intentaron tapar la activa participación de un sector del Cesid. Pero se encontraron con que algunos espías que habían descubierto su trama quisieron denunciarla y tuvieron que pararlos como pudieron. Después, Calderón regresó al Ejército y siguió su carrera ascendente, pero su amigo Cortina fue procesado, juzgado y liberado por falta de pruebas, aunque su carrera castrense quedó cercenada.

En 1996, la llegada del Partido Popular al Gobierno hizo que el presidente Aznar le encomendara la dirección del Cesid, poniendo énfasis en que hiciera limpieza tras los numerosos escándalos de la etapa anterior, tales como el espionaje masivo al Rey y a altas autoridades del Estado o la vinculación con la guerra sucia contra ETA.

Calderón era un monárquico convencido, dispuesto a ayudar a don Juan Carlos en lo que hiciera falta. Esa lealtad inquebrantable le ayudó en su carrera militar y, en ese momento, fue un punto importante para estar al mando del servicio secreto. Sin embargo, a raíz de un proceso de profesionalización de los agentes, que vendió como la limpieza que le había pedido el Gobierno, metió en la lista de expulsados a los dos agentes, Diego Camacho y Juan Rando, que se habían negado a guardar silencio sobre su colaboración y la de Cortina con los golpistas del 23-F. Quiso vengarse y los catalogó como malos agentes, cuando tenían unas hojas de servicio impolutas. Los dos se defendieron explicando con todo lujo de detalles por qué los había echado: su participación activa en la sublevación de Tejero.

Este desprestigio continuo no le impidió a Calderón llevar a cabo la protección del rey Juan Carlos ante el chantaje de Bárbara Rey. Primero ordenó un control integral de relaciones sobre la actriz, que concluyó con una penetración clandestina en su casa. Después pactaron con ella y con el periodista Santi Arriazu una forma de pago que incluía un programa en la televisión valenciana y el pago en publicidad de grandes empresas españolas a una web que habían montado.

Diez años después de su salida de la Casa, el director Félix Sanz le pidió ayuda para hacer frente al problema generado por los independentistas en Cataluña y, desde las sombras, Calderón siguió ayudando en lo que pudo.

Querido por unos, despreciado por otros, muchos no coincidimos en su forma de ver la vida y nos llevamos unos cuantos leñazos. Prefiero el lado de la historia en el que he vivido junto a muchos que peleamos por evitar que el fin justificara los medios. Sobre todo cuando los fines eran espurios.

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