The Objective
Hastío y estío

Sánchez contra los esperanzados

«Su comodidad es más importante que representar de la mejor manera posible el puesto que desempeña»

Sánchez contra los esperanzados

Ilustración de Alejandra Svriz.

Sábado pasado. Se celebra en la calle Ferraz el Comité Federal del PSOE. Como plan para empezar el fin de semana me parece mejorable, pero como teatrillo o sainete, pocas opciones pueden superarle. Esa calle de Madrid lleva tiempo oliendo a tierra quemada. La sede del partido socialista parece más el Hospital de La Paz con su unidad de quemados trabajando a pleno rendimiento. Las saunas de Sabiniano trasladan su calor a este local donde el personal también arde en deseos de satisfacer sus bajas pasiones. Un placer primitivo e instintivo como es mantener el poder, cada uno en la cuota que pueda y que le dejen. Un servidor sabe por buenas fuentes que un porcentaje todavía muy minoritario, pero cada vez más amplio, ha acudido a la cita a ver, oír y callar. Hacer una inspección in situ de las sensaciones que emanan de ese lugar maldito. Las vibraciones no son buenas, aunque la jerarquía del partido tenga la mente y parte del cuerpo en la playa.

Fueron entrando las «autoridades», casi todos con mala cara, sobre todo los que intentaban disimularlo sonriendo más falsamente que de costumbre. Hasta a un servidor le dolió la cara al somatizar ese esfuerzo superlativo. Uno, como todo el mundo, tiene sus preferencias, así que fijé mi atención en Pilar Alegría. Su entrada a la sede fue la propia de alguien que se había quitado un gran peso de encima. Parecía que flotaba sobre esa acera donde el excesivo calor reblandecía un suelo que quería adaptarse a su suavidad y flexibilidad habitual que siempre ha demostrado en ese edificio. La sentaron en una de las últimas mesas con la misma voz e influencia que cuando se sentaba en los pupitres delanteros. Patxi López parecía recuperado de su performance patética en el Congreso de los Diputados, y ni siquiera los más fanáticos sanchistas de base le corearon a su paso el «¡Yo con Begoña!».

Page fue el único que parecía no querer entrar en semejante antro de perdición. Un servidor no ha entrado nunca ni lo hará en semejante espacio, pero en mi imaginación, y no creo que sea muy distinto, se parece mucho al macabro bar de la película Abierto hasta el amanecer, un bar de carretera en la frontera entre Estados Unidos y México. Un lugar donde los parroquianos van a saciar sus vicios y no parecen gente a quien les importe carecer de valores morales. En definitiva, humanos poco recomendables que se convierten en bestias vampíricas. Page daba pasos de astronauta, las razones podían ser varias, pero la que seguro que no era «la ausencia de gravedad». Y es que el sanchismo, además de estar cargándose el Partido Socialista, que sería lo de menos, lo está haciendo con el país, su democracia, su Estado de derecho. Dijo lo de siempre y, por tanto, las consecuencias también fueron las mismas. Lo de ir de las palabras a los hechos no va con él. En Castilla-La Mancha ni siquiera las palabras propias, pues calla cobardemente ante toda pregunta formulada por la oposición en las Cortes manchegas. 

Esta vez fue el otro Óscar el que contestó a Page. Si la vez anterior fue Puente el que se separó de la vía de la cordura y de las buenas maneras para aceptar las críticas internas, esta vez fue López, ministro para la Transformación Digital, encargado entre otras cosas de la implantación y desarrollo de la inteligencia artificial en España. Debería dar ejemplo, dado su puesto, pero en su caso la inteligencia no le viene ni de esta manera, ni tampoco de forma natural. Artificioso lo es y mucho, pero sus fuegos son burdos y no adornan los cielos nocturnos. Eso sí, la oscuridad le acompañó hasta en su reunión con Villarejo para acabar con Sánchez. López dijo que no había que hacerle el trabajo a la derecha participando en programas con esa línea ideológica, aunque entendía que criticar a su partido en medios de derechas les diera más salidas laborales. Y es que Javierito, Cintora, la que salió con un nieto de Franco y el hijo de una directora de cine, como todo el mundo sabe, aceptan la pluralidad de opiniones y en sus mesas están representadas todas las ideas, como es lo lógico en una televisión pagada por todos los españoles. 

Para el final hay que dejar el postre. El gran jefe indio, Pedro Sánchez, se quitó las plumas y las pinturas de guerra. La corbata hace tiempo que se la ha quitado en el Congreso. Su comodidad es más importante que representar de la mejor manera posible el puesto que desempeña. Aunque se haya quitado esa prenda opresiva, no puede disimular que la camisa no le llega al cuello. Que se sabe entre la espada y la pared, lo demostró en su discurso cuando quiso dejar claro a toda la disidencia interna y de paso también a la oposición, cuando dijo textualmente lo siguiente: «Abandonad toda esperanza». Se estaba refiriendo a su dimisión y a un adelanto electoral. 

Se dice que la esperanza es lo último que se pierde. O que se debería perder. Un estado de ánimo donde el optimismo se ponga en el centro cuando no se ve ni la más mínima luz en el agujero donde se está. Es una manera de no rendirse, de tener el corazón caliente ante el frío exterior. De que merece la pena intentarlo y que las cosas pueden cambiar. La esperanza es algo instintivamente humano y que nos humaniza. Por eso quien corta de raíz las esperanzas ajenas no dejándole asidero posible es de una vileza difícilmente superable. Y eso es lo que quiso dejar claro Sánchez el sábado pasado, el mensaje principal que quería lanzar. Un aviso a navegantes del naufragio de sus esperanzas y de cómo morirán ahogadas antes de llegar a la orilla. Lo que debería saber Sánchez es que el mar es igual de traicionero para todos. 

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