Patxi López y las Begoñas
«El César sabe que Roma no paga traidores y que lo que haga el exlendakari por él será menos de lo que merezca»

Patxi López. | Eduardo Parra (Europa Press)
Lo de Patxi López empieza a ser preocupante, tanto si se le toma en serio como si se opta por verle como uno de los más serviles y sumisos soldados de Sánchez. Pero es que lo del miércoles pasado ya fue de traca. Un servidor pasó tanta vergüenza ajena que todavía no se ha recuperado. Sigue mareado y no es por el calor. El suelo se me mueve y necesito sentarme o tumbarme un rato en el sofá. Pero cuando me incorporo sigo tambaleante, como si Ilia Topuria hubiera pagado conmigo su derrota en la Casa Blanca en el 80 cumpleaños de Trump. No me puedo quitar de la cabeza un acto tan servil. Un patetismo que me pone los pelos de punta y me sonroja.
Parezco un guiri en Benidorm que se despierta a las tres de la tarde tras una noche de juerga. Una resaca que no se acaba de marchar, pero a la vez un placer culpable que no dejo de repetir. Y es que no puedo dejar de ver el vídeo donde Patxi López alaba hasta la náusea, que no sauna, aunque compartan todas las letras, pero en distinto orden, sobrando solo la «e» de España, al igual que a este Gobierno y sus socios. Debo reconocer este nuevo placer culpable. Una necesidad de ver algo que me acerca demasiado al precipicio de una sumisión vergonzante, pero en cuanto llevo unos segundos, necesito apartar la mirada por pura empatía humana con quien se está humillando gustosamente.
Patxi se subió al estrado seguro de sí mismo, de la misma manera que cuando pensó que le ganaría las primarias a secretario general del Partido Socialista a Pedro Sánchez. Uno de los principales rostros de su candidatura era Óscar López, que quiso ganarse un buen puesto en el futuro de ese partido reuniéndose ni más ni menos que con Villarejo para preguntarle si era cierto lo de las saunas donde se ejercía la prostitución del suegro de Sánchez y, si era así, que le diera toda la información a su alcance para utilizarla en la campaña.
Una vez en el estrado, y tras colocarse bien las gafas para no perder de vista a su amado líder, Patxi, como porta-coz del Gobierno en el Congreso, comenzó con sus golpes rastreros y dejó para el final un postre demasiado dulce y almibarado. Tanto azúcar que desde ese día el café me sabe a las chuches que de vez en cuando le regalo a mi sobrina. Patxi cambió ese estado de alteración y brusquedad tan habitual en él por otro donde el nerviosismo se debía al estado gozoso de encontrarse frente a su amo, al que tanto «admira». Lo que esputó fue lo siguiente: «Hemos visto a Begoña acosada y perseguida por seudoperiodistas protegidos y financiados por algunos grupos de esta cámara. Y ante tal persecución, ante tanta inquina, ante tanta indignidad, los socialistas vamos a decir cada vez más alto lo que ya dicen millones de españoles en la calle: ‘¡Yo con Begoña!’».
Patxi miraba con ojitos de cordero degollado al destinatario y se encontró con la mirada caída de este. Ni un guiño de aprobación. Ni un brillo en esos ojos que se alegrasen por ese apoyo tan mamporrero como vergonzante. Y es que Pedro Sánchez puede ser malo, pero no tonto. Conocedor de las estrategias de los López para acabar con su candidatura, los acogió en su seno para tenerlos controlados y que creyeran que en su mando férreo había espacio para el perdón a cambio, eso sí, de una fidelidad eterna. Que Sánchez se ha leído El príncipe de Maquiavelo es más que evidente. De estrategia política para conseguir sus intereses sabe más que el resto de políticos patrios juntos. Por eso no le gustó ese halago desmedido, que él mejor que nadie sabe que debilita, y sobre todo en un momento donde las cartas están sobre la mesa y la partida próxima a su finalización.
Sánchez menospreció ese gesto que Patxi creyó definitivo a la hora de mantenerse en la guardia pretoriana de este. Pero el César sabe que Roma no paga traidores y que todo lo que haga el exlendakari por él siempre será menos de lo que merezca, y que jamás pagará la deuda que tiene con él. Es sabido que a Pedro Sánchez no le gusta que se hable públicamente de su mujer. A diferencia de Zapatero con sus hijas, él no la quiere enviar al matadero. Busca protegerla y para ello sabe que tiene que separarla del foco mediático y político. Y Patxi la puso otra vez en el centro de la diana.
Para terminar, me gustaría decirle a Patxi López que está equivocado, aunque todo el artículo ha ido sobre esa premisa. Me quería referir concretamente a cuando dijo que había millones de españoles en las calles gritando «¡Yo con Begoña!». Decirle que lo que ha escuchado mal y que esas riadas de gente son españoles que se dirigen a los lugares públicos donde se ponen pantallas gigantes para ver los partidos del Mundial de nuestra selección. Llevan la camiseta con el escudo en el pecho y dicen: «Yo con España», no el nombre de la mujer de Sánchez, aunque terminen con la misma sílaba.
Cada uno lee y entiende lo que le interesa. Y es que con el calor que hace, los ojos sudan, la vista se nubla y los oídos se encharcan. Ahora entiendo que pusiera tanto interés en limpiar sus gafas antes de su última comparecencia en el Congreso. Aunque hubiera sido mejor para él no ver cómo Sánchez tampoco lo miraba. Por cierto, la mujer de Patxi López también se llama Begoña. Qué bonito sería que esas declaraciones estrambóticas fueran en el fondo una declaración de amor encubierta. Lástima que el romanticismo político sea un oxímoron.
