The Objective
Crónicas indígenas

La Numancia de Sánchez y el Parlamento de cristal

El veto del PSOE y Sumar a la iniciativa de PP y Junts para terminar esta legislatura agonizante amordaza a las minorías

La Numancia de Sánchez y el Parlamento de cristal

Ilustración de Alejandra Svriz.

Se lo han dicho en verso y en prosa. Con música y sin ella. De forma diplomática y también, cosa que es comprensible en política, abiertamente hostil. Por tierra. Por mar. Por aire. Con subtítulos, en tecnicolor y hasta utilizando la lengua de signos. Pero Sánchez se niega. No solo a dar por terminada esta legislatura, que únicamente ha servido para destrozar las instituciones y violentar la vida pública española, sino también a que el Congreso pueda debatir y juzgar si es pertinente (o no) que se adelanten las elecciones generales. Se entiende, pues, lo que el Insomne quería decir aquel día en el que proclamó que iba a gobernar con o sin el concurso del Poder Legislativo. Cesarismo, victimismo, fango y decretos (absolutistas).

¿Que no se ganaron las elecciones? No pasa niente: se compran los votos a los independentistas y a los abertzales y se arma una mayoría fenicia. ¿Que no salen los números para aprobar las cuentas públicas? No hay pena. Se prorrogan hasta que el invierno caiga en junio. ¿Que determinados medios de comunicación no se someten? Sin miedo. Se les impone el sambenito de la Inquisición, administrada por los clérigos y ayatolás habituales, previo pago del correspondiente óbolo, y se toma —por asalto— el control de la corporación pública de televisión y radio para que sirva a nuestro líder. Moncloa quiere ser Numancia, pero no contempla el épico sacrificio de los héroes suicidas. Todos pretenden la inmortalidad. En esta estrategia de resistencia no existen ni límites ni barreras. Incluso la democracia puede ser silenciada, por interés general, si se llega a la conclusión, a la que, por supuesto, los socialistas y Lo que queda de Sumar ya han llegado, de que todo es válido con tal de que las derechas —tan mal avenidas— no alcancen el poder. Están a un paso de remedar a Lenin cuando Fernando de los Ríos, un socialista de otro tiempo, le preguntó por la libertad: «¿Para qué?».

El veto de la Tertulia Armengol —léase Mesa del Congreso— a las iniciativas de Génova (PP) y Waterloo (Junts) para persuadir a la Presidencia del Gobierno —el hombre, con permiso de Buffon, no es el cargo— a aceptar el principio de realidad parlamentaria (ahora mismo hay más diputados a favor que en contra de convocar a los españoles a las urnas) no es anecdótico, aunque su alcance jurídico no significase una obligación. Es categórico, inquietante y recuerda mucho a cuando, durante las sucesivas crisis políticas de la Restauración borbónica, la cámara legislativa española —una urna decorativa, como decía Maeztu, o el Parlamento de cristal— se cerraba indefinidamente ante la ausencia de una mayoría favorable, convirtiendo al Gobierno de turno en un poder omnímodo y sin contrapeso.

Al Insomne no le hace falta emular a Primo de Rivera (padre). Le basta con buscar una excusa y replicar el cerrojazo parlamentario perpetrado durante la pandemia, cuando los comisionistas de mascarillas hacían su agosto, aquella decisión que el Tribunal Constitucional —al que ahora ha decidido recurrir el PP, no sabemos si por ingenuidad, formalismo o pura desesperación— declarase inconstitucional con retraso, sin que mediase sanción, reprobación ni protesta alguna. No cabe, pues, esperar demasiado del sanedrín que controla el generalato de Conde Pumpido, padre de este sublime y colosal argumento: «El Gobierno puede hacer todo lo que la Constitución no prohíba». ¿No es extraordinario? La verdad, como cantaba Serrat, no es (solo) triste. Además, resulta que no tiene (mucho) remedio.

La propuesta del PP y Junts de insistir en el adelanto electoral, que desató el pánico, respeta escrupulosamente las atribuciones constitucionales del presidente. No discute su monopolio legal para disolver las Cortes. No le obliga tampoco a hacer lo que no quiere. Simplemente le hace saber que en este momento exacto el sentir general de los españoles —metafóricamente encarnado en la mayoría representada en la cámara— desea que ponga fin al delirio de querer reinar sin poder gobernar y fingir una legitimidad que no emana de forma directa de las urnas, sino que procede de versallescas componendas palaciegas. Hasta Rufián, el Demóstenes de Santa Coloma, lo ha dicho sin recurrir al catalán: «Aguantar para nada es tontería».

«Sánchez, igual que un monarca del Antiguo Régimen, dispone de las instituciones de todos como si fueran su mayorazgo familiar»

Que sea Junts, que allanó la investidura a cambio de la amnistía, y quizás, aunque esto nunca se sabe por completo hasta el instante decisivo, también el PNV, siempre en vanguardia, los que pudieran dejarlo caer —como en su momento hicieron con Rajoy, que aquella tarde fue a relajarse al reservado de un restaurante pero, por lo menos, no se le ocurrió limpiarse las manos en las cortinas— no deja de ser un acto irónico del destino. Amordazar al Parlamento no es un gesto liberal. Es un acto autoritario. Mayormente por las razones que en su día señaló Ortega y Gasset: hurta a la democracia su condición representativa e instaura, sin reforma constitucional alguna, un régimen de poder basado en el capricho y administrado por decreto.

Los argumentos de Armengol y Cía. para amordazar al Congreso no solo cuentan con antecedentes que desmienten sus razones. Parten de la base de que unas minorías (de derechas), que probablemente ya no son tales, sino una hipotética nueva mayoría en construcción, no tienen derecho a que sus propuestas políticas sean discutidas en el Congreso. Chitón y a otra cosa. Que no se mueva ni un varal del paso. Sánchez, igual que un monarca del Antiguo Régimen, dispone de las instituciones de todos como si fueran su mayorazgo familiar y desprecia las obligaciones constitucionales a las que se debe dada la alta magistratura que ocupa. Todo le da exactamente igual.

No es, ni de lejos, lo más grave. Peor es sugerir que el derecho a votar de los españoles es una concesión de su graciosa persona. Todas las cosas tienen un límite. Y el Insomne lo rebasó hace tiempo. Quizás lo que está cociéndose tras los cortinajes del Congreso, justo en la semana horribilis de Zapatero, sea una solución similar a la que los antiguos barones socialistas aplicaron al hombre de la (falsa) sonrisa: un ultimátum a puerta cerrada que, a cambio del adelanto electoral, conjure la moción de censura que nadie va a presentar. Y que el Comando Armengol, sin dudar ni una décima de segundo, también vetaría por cumplir con la obediencia debida.

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