Leire Díez y los cuadernos de la ‘Cloaca Máxima’ de Ferraz
La fontanera del PSOE simboliza cómo la realpolitik prevalece sobre la moral

Imagen generada con IA.
Paul Valery mentía. La famosa afirmación del poeta francés acerca de que el orden (público) de una república no puede mantenerse solo por medios represivos y, por tanto, es necesario que el Soberano fabrique ficciones que logren la servidumbre voluntaria de sus gobernados, no deja de ser un inteligente silogismo desmentido por los hechos. La civilización requiere un cierto orden social, pero el poder, como resumiera Carl Schmitt, no actúa mediante la persuasión, sino a través de la amenaza. Están los amigos y están los enemigos. Eso es todo. Lo demás es cháchara de politólogos.
Se percibe con nitidez al medir la figura de Leire Díez Castro (Portugalete, 1975), fontanera de la Cloaca Máxima de Ferraz y, en la intimidad, autora de unos cuadernos —casi pornográficos— donde iba anotando sus gestiones, reuniones y encuentros contra la Guardia Civil, los jueces y todos aquellos, fuesen paganos o cristianos, que supusieran una amenaza (potencial) para un absolutismo sanchista que, en contra del consejo de Quinto Servilio Cepión, pagaba con sumo gusto a sus traidores, aunque fueran diletantes.
El sistema de evacuación de las aguas negras del PSOE, no obstante, no se parece nada al prodigio creado por los ingenieros en tiempos de Tarquinio el Soberbio, séptimo y último de los reyes de Roma. No servía para evacuar las excrecencias del cuerpo social. Diseminaba las heces de los patricios por los canales del Foro. Más que cloacas, la fontanera gobernaba las letrinas de Sánchez desde ese día en el que el Insomne se definió como un hombre enamorado. Del amor al odio, ya se sabe, apenas hay un milímetro. De modo que lo que, en su origen, fuese un sistema de purificación higiénica le ha servido al populismo socialista para comprar voluntades, vencer los contrapesos democráticos y extender su detritus.
Leire, por supuesto, dista de ser una Venus Cloacina, primitiva diosa de las cloacas y protectora del coito (dentro del matrimonio). Su misión no era eucarística, aunque, como reflejan sus libretas, donde se despliega la tela de araña de los soldados fanfarrones de un sicariato pagado con nuestros impuestos, detrás de su descaro, hemos descubierto a una grafómana y al rostro que mejor explica cómo la realpolitik prevalece sobre la ética. Es la magia de las analogías: si Roma estaba llena de termas y aseos públicos, la topografía del sanchismo puede resumirse como una constelación de saunas cuya gobernanta —la falsa periodista— almorzaba, se fotografiaba y se entrevistaba con altos funcionarios policiales, políticos, fiscales y hasta con periodistas con un indudable aprecio por la doble moral.
Todos ellos son criaturas del bestiarium en el que se ha convertido la vida española. Al contrario que sus antecedentes medievales, concebidos para advertir al incauto caminante acerca de los peligros y las amenazas de los senderos, ya no se trata de relaciones librescas de animales fabulosos, sino de naturalezas vulgares, contentas con su condición carnal. Los personajes de las libretas de Leire son figuras mudas de un panóptico. De sus nombres y su conducta puede extraerse una lección (in)moral y la certeza de que las apariencias siempre engañan, nadie es sublime sin interrupción y, en las distancias cortas, resulta imposible conservar un perfil favorecedor.
La fontanera, desde luego, no lo tenía al sumarse a la unidad de guerra subterránea del sanchismo marcial. Procaz, deslenguada y desinhibida, sus cuadernos documentan vínculos directos con los dirigentes del PSOE, entre ellos su pagador, el exvicepresidente de la Junta de Andalucía, Gaspar Zarrías, condenado por los ERE, maestro del regate en corto y adelantado en el sublime arte de votar con los pies (en el Senado), igual que los niños de antes a la hora feliz del recreo: «¡Por todos mis compañeros, y por mí primero!». Monitorizaba sin cesar los yacimientos de su industria sucia e intentaba hacer descarrilar las investigaciones judiciales. No había Vietnam donde no pusiera el ojo: desde la tormentosa Comunidad de Madrid a la opa entre el BBVA y el Banco Sabadell, pasando por la guerra entre los accionistas y los mandarines del sanchismo dentro del consejo de Prisa.
Sus agendas, cajas negras de las prácticas del sanchismo, merecen cierta credibilidad. Nadie en su sano juicio anotaría con tantísima franqueza sus pecados por vocación literaria, sino para ordenar ese caos donde aparecen el exministro Ábalos, Koldo, el angelical Zapatero —perito en joyería fina—, la inquietante trama venezolana de los hidrocarburos o el comisionista Aldama, entre otros próceres. Leire sabía mentir con oficio y sin inmutarse. Se licenció en Comunicación en el País Vasco e hizo su cursus honorum en las Juventudes del PSOE de Euskadi. Fue edil en el valle del Pas, patria de los sobaos cántabros y, más tarde, mochilera —«porque yo lo valgo y el partido así lo quiere»— en las empresas Eneusa y Correos sin saber nada ni de uranio y, mucho menos aún, de filatelia y numismática. ¿Meritocracia?
Salvo en sus comienzos, siempre cobró una soldada del erario público sin concurrir ni a una oposición ni participar en proceso de selección alguno. Lugarteniente de Santos Cerdán, ese hombre incapaz de reconocer su propia voz, su misión se asemeja a la encomienda de los fieles ejecutores de los antiguos cabildos medievales: cumplir y hacer cumplir (los medios no importan; el castillo debe conquistarse) las ordenanzas del César.
Descubrió pronto que la intermediación era un negocio boyante. Entraba en todos lados, hablaba con quienes juran no conocerla, ofrecía prebendas y gestionaba favores. Decía quién tenía que estar muerto o ser redimido. Y todo lo hacía deprisa, deprisa, como en la película de Carlos Saura. Nunca volvía la cabeza sobre sus pasos. Díez nunca esperó convertirse un día en una estatua de sal súbita, como la mujer de Lot. Será la justicia de los hombres —no la de Dios, el misericordioso— la que ahora juzgue su alma.
