Maribel, la hija de Manuel Fraga que ha fallecido en Madagascar entregando su vida a los pobres
Tras su jubilación como médico decidió cumplir su vocación de misionera por los lugares más marginados del mundo

Maribel Fraga, la hija de Manuel Fraga, en uno de sus viajes como misionera | Agustinos Recoletos
Tenía ‘Piquito’ los ojos abiertos a los pobres y a Dios, la mirada alta y limpia y el corazón muy grande. Tenía en su alma un solo deseo: darse a los demás sin límites y sin medida. Tenía una única misión en su vida: llegar a aquellos sitios perdidos del mundo para ayudar a los que nada tienen. Tenía una salud frágil, sobre todo en los últimos meses, y aún así, se echó su atillo al hombro y regresó el pasado mes de abril a Madagascar, al que ha sido su último servicio como médico, porque la hija de Manuel Fraga ha fallecido este jueves donde siempre quiso estar, con los pobres y entre los pobres.
Ese espíritu de entrega absoluta a los demás le llevó, tras jubilarse como especialista en Medicina Interna, a formarse en Medicina Tropical para cumplir un sueño: ser misionera. Cuidó de su padre hasta el final y desprendida de todo bien material convirtió su vida en un periplo humanitario por las zonas más pobres del mundo, que le llevó a Wau (Sudán del Sur), Kapiri (Malaui) y Tsihombe en Androy (Madagascar).
Iba y venía constantemente a estos país, y cuando regresaba a Madrid buscaba a los pobres por los rincones de la ciudad, a los que atendía, reconfortaba, daba de comer e intentaba sanarles de la peor enfermedad de este siglo: la soledad. Durante la pandemia salía a la calle, libre, como siempre fue, con su fonendo al cuello a visitar enfermos y sanar heridas. Sin salvoconductos, sin certificados oficiales, sin papeles, no había nada ni nadie que pudiera frenar su vocación de servicio.
En los escasos momentos que tenía libre, se dedicaba a la pintura y a las manualidades, su otra pasión.
Hace unos días, mientras se encontraba con las Carmelitas Misioneras en Madagascar, su salud empeoró, sobre todo el asma que venía arrastrando desde incluso antes de irse a esta última misión, que no fue obstáculo para frenarla en su empecinamiento de irse en auxilio de los pobres. En un lugar muy alejado de la primera ciudad en la que hay hospital y aeropuerto, a seis horas en coche, el traslado se realizó con mucha dificultad y llegó con vida en una ambulancia medicalizada.
Su extrema debilidad, apenas comía, y el empeoramiento de su enfermedad, le provocaron la tarde del jueves un paro cardiaco, cuando sus familiares tramitaban su repatriación a España para poder curarse. ‘Piquito’, como la llamaban en su familia, se fue discretamente, como siempre fue su vida, y ahora está siendo velada en la casa de las Hermanas de la Caridad en Malawui, donde a ella le hubiera gustado estar sus últimos días, si no podía estar con su familia, especialmente con su hermana Carmen, que la cuidó y protegió como a una hija. En unos días regresará a España para descansar junto a sus padres.
Su vida de servicio ha sido un ejemplo, y como ella misma reconocía en una entrevista en una publicación de los Agustinos Recoletos, a cuya comunidad parroquial de Santa Rita en Madrid pertenecía: «He aprendido que el voluntariado hay que hacerlo desde la buena preparación y la humildad, respetando las costumbres locales, y con mucha paciencia. Pero también que merece muchísimo la pena». Tanto le ha merecido la pena que ha dado la vida por su vocación.
