El sucesor del Black Hawk volará más lejos gracias a un avión cisterna no tripulado
La nueva generación de helicópteros estadounidenses traen capacidades nunca antes vistas

Convertiplano Cheyenne II.
Su silueta nos resulta familiar. Lo hemos visto suspendido sobre las azoteas de Mogadiscio, descargando Rangers en Irak o posándose en el patio de Abbottabad para cazar a Bin Laden. El Sikorsky UH-60 Black Hawk es, con toda seguridad, el helicóptero militar más reconocible del último medio siglo, inspiración de películas, videojuegos y cultura popular. Pero ahora llega su relevo: el MV-75 Cheyenne II.
Fiel a la tradición de poner nombre de tribu india a sus helicópteros, el estadounidense Cheyenne recibe la denominación de los nativos de Montana y Oklahoma. Pero no se trata exactamente de un helicóptero, sino de un convertiplano, un híbrido entre este y un avión: un transformer volador.
Con una idea ya explotada por el V-22 Osprey, el Cheyenne II, fabricado por la compañía Bell, sustituirá de manera paulatina a una porción sustancial de la flota de UH-60 en los próximos años. El aparato despega de manera vertical como un helicóptero y vuela como un avión a casi el doble de velocidad. La respuesta sencilla es que hará cosas que ningún Black Hawk puede hacer.
El rasgo técnico que define al Cheyenne II está en sus rotores basculantes. En despegue y aterrizaje apuntan hacia arriba y funcionan como los de un helicóptero convencional. En cuanto gana velocidad y ya en pleno vuelo, basculan hacia delante y el aparato pasa a comportarse como un avión. Con ese cambio se modifica la física del vuelo. Se elimina gran parte de la resistencia aerodinámica que limita a los helicópteros y le permite sostener velocidades superiores y durante más tiempo sin disparar el consumo.
En cifras de su fabricante, el nuevo aparato supera los 520 kilómetros por hora a velocidad de crucero. No solo eso, sino que duplica el radio de combate de la aeronave a la que sustituirá, lo que, en vastas áreas como el Pacífico, no es un detalle cosmético, sino la diferencia entre llegar o no. Por otra parte, con la llegada de drones, la doctrina militar, por razones obvias, requiere lejanía. Sin grandes autonomías, esta asignatura tan solo queda en una gran idea escrita sobre papel mojado.
La segunda característica del nuevo indio volador es su arquitectura modular. El Cheyenne II no saldrá de la fábrica con un diseño asignado a una misión concreta. Tendrá el mismo fuselaje para todo y para todos los cuerpos a los que sea asignado. Más tarde, un juego de kits permitirá reconfigurarlo en un proceso y en un espacio de tiempo razonable para el asalto aéreo, la evacuación médica o una versión más específica para fuerzas especiales. Esto aporta una enorme flexibilidad y elimina de un plumazo las limitaciones propias de una configuración preestablecida para misiones concretas.
Un ejemplo de esta capacidad multimisión conduce a una consecuencia inmediata en una circunstancia médica siempre urgente: la hora dorada, esos 60 minutos tras una herida grave en los que se salva o se pierde una vida. Un Cheyenne II, equipado con el kit sanitario, puede llegar más lejos y más rápido que cualquier UH-60 actual, recoger al herido y devolverlo al nivel asistencial superior antes de que la situación sea irreversible. Al día siguiente, este mismo aparato puede servir como transporte de asalto para la 101.ª Aerotransportada sin pasar por el taller.
La versión para el 160.º Regimiento de Aviación de Operaciones Especiales, los Night Stalkers, será todavía más singular. La primera imagen filtrada muestra un morro equipado con radar de seguimiento del terreno, torreta sensorial electroóptica y sistema DVEPS de pilotaje en entornos degradados —polvo, nieve, niebla—. De forma paralela, en el costado derecho, asoma la pértiga de reabastecimiento en vuelo. El módulo frontal Dveps combina cámaras, sensores tipo lidar y una base de datos topográfica para pilotar a ras del suelo a ciegas.
A esa base se suma una célula pensada para no quedarse obsoleta. El MV-75 nace con una arquitectura abierta que permite integrar radares, sensores, enlaces de datos o sistemas defensivos sin rediseñar el aparato cada vez. Menos modelos, más flexibilidad, menor especialización de sus encargados de mantenimiento, menos piezas específicas y ciclos de actualización más cortos. En teoría, todo más barato.
Una capacidad inédita
Pero hay algo más, porque aparece la pieza que da título a todo este asunto y, aunque todavía es un proyecto, se trabaja para llevarla a la realidad. Durante la presentación, Bell difundió un vídeo en el que un MV-75 aparece acoplado, mediante una pértiga con cesta, a un dron cisterna clavado al MQ-25 Stingray de Boeing.
El MQ-25 se desarrolla como avión cisterna embarcado en portaaviones, diseñado para liberar a los F/A-18F del rol de nodriza, aunque nada impide que opere desde bases terrestres. Su autonomía prolongada y su alcance extremo lo convierten en candidato natural para misiones más allá del simple reabastecimiento de una flota. Y todo sin tripulaciones ni operadores de pértiga. Riesgo cero.

La situación que se plantea es tan sencilla de entender como compleja desde un punto de vista técnico: un Cheyenne despega para viajar a miles de kilómetros, pero con sus depósitos no puede llegar. Minutos antes, un dron gasolinera ha salido y le espera orbitando a medio camino. Hay un encuentro en el aire, le llena su depósito y sigue para terminar su misión. Acto seguido, el dron vuelve solo a su base tras ejecutar un repostaje automatizado. Llenar el depósito con aeronaves tripuladas cuesta un pico y conlleva una enorme complicación logística.
La incógnita restante es el calendario. El Ejército había prometido que las primeras unidades del Cheyenne II llegarían a divisiones operativas el año próximo. Se sabe que hay algún problema técnico de última hora que cuesta solucionar y puede que eso retrase un poco su llegada. A pesar de todo, es bastante posible que veamos abrir informativos con algún Cheyenne II que asalte cualquier destino programado en 2027.
Capacidades muy esperadas
La primera unidad del Ejército en recibir el MV-75 operativo será la 101.ª Aerotransportada, formación de referencia para asalto aéreo. El Cuerpo de Marines ya desarrolla procedimientos para entender el alcance que tendrá con el Cheyenne. Es un cambio de escala y de capacidades que modificará las operaciones que hoy requieren repostajes, que podrán ejecutarse de un solo tirón.
No hay todavía una decisión firme sobre cuántos MV-75 llevarán pértiga ni qué fracción de la flota dependerá del futuro dron cisterna. Hay intención, hay vídeo promocional y hay un general que admite en público que el Pentágono necesita resolver su propio problema logístico en el aire sin echar mano de las fuerzas aéreas, con otras atribuciones y programas propios. Con el Pacífico como horizonte estratégico y China como adversario implícito, la fotografía final es un convertiplano que llega más lejos de lo que ningún helicóptero ha llegado y un dron que le da de beber en ruta. Adiós, Black Hawk, hola, Cheyenne.
