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Macron no nos engaña

José Antonio Montano

Foto: LIONEL BONAVENTURE
Reuters

Con Macron hemos ganado los buenos. Entre los que no están Mélenchon, Zizek, Verstrynge o Echenique, que podrán adornarse ya en la vida de lo que quieran, pero no de antifascistas. Su comportamiento lamentable en estas semanas tampoco nos sorprende, por lo demás: ellos son lo que son. Pobrecillos.

Aunque Emmanuel Macron es voluntarioso y optimista, a él ha ido el voto pesimista. Vale también decir: realista. El que se hace cargo de la complicada realidad y trata de maniobrar de acuerdo con lo que es o puede ser, no de quimeras. El abyecto catastrofismo de Marine Le Pen, en cambio, era optimismo puro. Porque se trataba de un catastrofismo con final feliz, según ella, si ganaba ella.

He aquí lo que comparten la extrema derecha y la extrema izquierda: el idealismo de los que componen un engrudo abstracto y luego lo aplastan con la realidad, aplastándola. Análisis falsos, soluciones falsas: promesa de felicidad absoluta con consecuencia segura de infelicidad. El patético espectáculo de los que se dejan engañar, y el repulsivo espectáculo de sus engañadores.

Pero Macron no nos engaña. Me ha venido esta frase al saber que es lector de René Char. Cuando murió este gran poeta surrealista, Octavio Paz le dedicó un poema con un título precioso: “René Char no nos engaña”. Aunque a un político no hay que buscarlo en la poesía (¡Dios nos libre!), sino en la prosa. Y es en la prosa de la cruda realidad donde Macron ha ido de frente. Podrá hacerlo bien o mal y salirle mejor o peor, pero él y sus votantes saben dónde pisan.

Y esto, tal y como están las cosas, y después del añito que llevamos, y sabiendo que en la historia solo hay treguas (más o menos frágiles, más o menos breves) ya es prometedor.

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La Generación Z está destronando a los millennials y el mayor reto consiste en comprenderla

Cecilia de la Serna

Foto: Collin Armstrong
Unsplash

La generación que sucede a los millennials -también conocida como ‘Y’- es, por estricto orden alfabético, la Generación Z. Podemos considerar Z a todos aquellos nacidos entre 1994 y 2010, aproximadamente. Este grupo demográfico de jóvenes, que supone el 25% de la población mundial, sale ahora de las aulas para incorporarse al mercado laboral y reclama su sitio en el mundo. Es una generación peculiar, marcada especialmente por la era digital, que se caracteriza por tener unos patrones comunicativos y de consumo únicos, lo que constituye todo un reto para las generaciones anteriores.

En la presentación del libro Generación Z, todo lo que necesitas saber sobre los jóvenes que han dejado viejos a los millennials, publicado por ATREVIA y Deusto Business School, que ha tenido lugar este miércoles 13 de diciembre en Madrid, se ha dado respuesta a algunas de las preguntas sobre esta generación. Al acto han asistido sus autores, Iñaki Ortega y Núria Vilanova, además de colaboradores como Antonio Huertas Mejías, presidente y CEO de MAPFRE, Víctor del Pozo, CEO de Retail de El Corte Inglés, y Begoña Sesé, CEO durante un mes en Adecco y que pertenece ella misma a la Generación Z. También han estado presentes Jordi Nadal, editor del libro y fundador de Plataforma Editorial, y personalidades como el exseleccionador español de fútbol Vicente Del Bosque, el vicesecretario general de Acción Sectorial del Partido Popular Javier Maroto o el exministro socialista Miguel Sebastián.

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Presentación del libro Generación Z, todo lo que necesitas saber sobre los jóvenes que han dejado viejos a los millennials. | Foto: Cecilia de la Serna / The Objective

Iñaki Ortega ha justificado la necesidad de este libro por la distancia entre generaciones. “Los autores de este libro nos parecemos más a nuestros padres, abuelos, bisabuelos y tatarabuelos que a nuestros hijos”, ha dicho, por lo que es difícil comprenderles. “Los millennials se fueron protagonistas pero se han quedado a medio camino”, ha asegurado refiriéndose a la generación inmediatamente anterior a la Z. Para Núria Vilanova, que firma esta publicación junto con Ortega, lo que “obsesiona a los Z es transformar la realidad”, por lo que los valores y las creencias se colocan entre las prioridades de este grupo social.

La Generación Z está destronando a los millennials y el mayor reto consiste en comprenderla 2
De izquierda a derecha: Iñaki Ortega, Núria Vilanova, Antonio Huertas Mejías, Víctor del Pozo, Begoña Sesé y Jordi Nadal. | Foto: Cecilia de la Serna / The Objective

El reto de retener a los Z en la empresa

El CEO de MAPFRE, Antonio Huertas Mejías, ha cifrado en 2.000 los Z que trabajan en su compañía. El responsable de Retail de El Corte Inglés, Víctor del Pozo, ha elevado la cifra hasta los 8.000. Y esto, teniendo en cuenta el periodo etario que comprende la Generación Z, es tan sólo el comienzo. Por ello, comprenderles y adaptar el entorno laboral a sus necesidades se adivina cada vez más prioritario.

Núria Villanova ha insistido en la idea de la gran exigencia que supone “atraer y retener” a los Z. “El empleo del futuro va a ser diferente”, ha dicho, añadiendo que habrá que trabajar para que estos jóvenes “no desconecten” de sus empresas. Uno de los ejemplos que ha puesto sobre este cambio de mentalidad es la cada vez más invisible frontera entre trabajo y ocio. “Olvidémonos de tiempo de ocio y de trabajo, todo está mezclado”, ha asegurado Vilanova, que además es fundadora y presidenta de ATREVIA y del Consejo Empresarial Alianza por Iberoamérica (CEAPI).

Una generación que ya está cambiando el mundo

Entre los colaboradores de esta pionera publicación en España está Begoña Sesé, que durante un mes ostentó el cargo de CEO de Adecco, y que ha redefinido el concepto de liderazgo. “No es lo mismo un jefe que un líder”, ha dicho, añadiendo que lo que “frustra” a la Generación Z es la falta de líderes. Además, Begoña Sesé ha explicado la relación de su generación con el mundo que vivimos que, “fruto del consumismo”, necesita un cambio que los Z están dispuestos a encabezar.

Medioambiente, Derechos Humanos, justicia social… los temas que preocupan a los Z son variados, y condicionan su vida de manera más intensa que en el caso de otras generaciones. Este compromiso los guía y anima a buscar entre las herramientas digitales que manejan a la perfección las soluciones para cambiar el mundo. Y ese cambio nos toca a todos, incluidos los millennials ahora destronados, por lo que comprender a los Z desde las generaciones anteriores es clave para colaborar en un futuro que ya está aquí.

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De la Constitución a la Constitución

Guillermo Garabito

Guillermo Garabito opina sobre si es necesario reformar la Constitución para acomodar las voluntades del independentismo.

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Así se puede reformar la Constitución española

Rodrigo Isasi Arce

Foto: Chema Moya
EFE

El 6 de diciembre de 1978 la Constitución española fue ratificada en referéndum, posteriormente sancionada por el rey Juan Carlos I el 27 de diciembre y publicada en el Boletín Oficial del Estado el 29 de diciembre del mismo año. La Carta Magna española, que ha cumplido 39 años, es una de las más jóvenes de Europa, y una de de las menos reformadas de los 28 países miembros. Tan solo ha sufrido modificaciones en dos ocasiones, y han sido para acomodar el texto a la legislación europea.

Tras 36 años de dictadura, y unos breves años de transición política, los españoles acudieron el 15 de junio de 1977 a las urnas para votar al nuevo Gobierno. La UCD encabezada por Adolfo Suárez obtuvo 166 escaños, el PSOE de Felipe González, 118, el PCE de Santiago Carrillo, 19, y la Alianza Popular de Manuel Fraga, 16. Apenas un mes después de los comicios se reunía por primera vez la Comisión de Asuntos Constitucionales y Libertades Públicas, de la que salieron los denominados “padres de la Constitución”, los siete políticos encargados de elaborar el primer anteproyecto.

Los siete padres de la Constitución fueron: Gabriel Cisneros Laborda (UCD), Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón (UCD), José Pedro Pérez-Llorca (UCD), Gregorio Peces-Barba (PSOE), Jordi Solé Tura (PCE), Manuel Fraga Iribarne (AP) y Miquel Roca i Junyent (Minoría Catalana).

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Los Reyes de España, Juan Carlos y Sofia, acuden al colegio electoral de San Fernando, en El Pardo, para votar en el referéndum sobre la Constitución española. | Foto: EFE

La Constitución de 1978  es fruto de la Transición política española, que convirtió a un país gobernado por el dictador Francisco Franco, en una democracia parlamentaria homologable a las europeas.

Uno de los principales inconvenientes para la reforma constitucional es la dificultad para cumplir los requisitos necesarios para poder llevarla a cabo. No obstante, lo más difícil en todo el proceso es la voluntad política para ponerlo en marcha. En España hay dos procedimientos para reformar la Carta Magna, el ordinario y el agravado, según se detalla en el Título X de la propia Constitución. El texto también señala que no podrá iniciarse la reforma constitucional en tiempo de guerra o de vigencia de alguno de los estados previstos en el artículo 116.

Procedimiento ordinario: artículo 167

Los proyectos de reforma constitucional deberán ser aprobados por una mayoría de tres quintos de cada una de las Cámaras. Si no hubiera acuerdo entre ambas, se intentará obtenerlo mediante la creación de una Comisión de composición paritaria de Diputados y Senadores, que presentará un texto que será votado por el Congreso y el Senado.

De no lograrse la aprobación mediante el procedimiento del apartado anterior, y siempre que el texto hubiere obtenido el voto favorable de la mayoría absoluta del Senado, el Congreso, por mayoría de dos tercios, podrá aprobar la reforma.

Aprobada la reforma por las Cortes Generales, será sometida a referéndum para su ratificación cuando así lo soliciten, dentro de los quince días siguientes a su aprobación, una décima parte de los miembros de cualquiera de las Cámaras.

Así se puede reformar la Constitución española
El secretario general del PSOE, Felipe González, deposita su voto | Foto: EFE

Procedimiento agravado: artículo 168

Este procedimiento es obligado cuando la propuesta sea de revisión total de la Constitución o cuando, siendo parcial, afecte al Título Preliminar, al Capítulo Segundo de la Sección Primera del Título I, o al Título II. Este procedimiento es el único viable para modificar todo lo referente a la Corona, el Título Preliminar establece que la forma política del Estado español es la Monarquía parlamentaria, o a los derechos y libertades de los españoles.

Para llevar a cabo la reforma por este procedimiento se procederá a la aprobación del principio por mayoría de dos tercios de cada Cámara, y a la disolución inmediata de las Cortes. Las Cámaras elegidas deberán ratificar la decisión y proceder al estudio del nuevo texto constitucional, que deberá ser aprobado por mayoría de dos tercios de ambas Cámaras. Aprobada la reforma por las Cortes Generales, será sometida a referéndum para su ratificación.

¿Y como se reforman el 167 y el 168?

Vistos los dos procedimientos de reforma, queda plantearse una cuestión importante. ¿Cómo se reforma el Título X? Parece claro que para modificar ambos artículos debería emplearse el procedimiento ordinario, ya que no hacen referencia al Título Preliminar, al Capítulo Segundo de la Sección Primera del Título I, o al Título II. Es decir, para reformar el 167 y el 168, se utilizaría el propio 167.

No obstante, algunos juristas afirman que reformar el 168 con el 167 supondría “fraude de Constitución”, mientras que otros expertos señalan que se podría encontrar una posible “puerta trasera” para llevar a cabo una reforma más compleja que no prosperaría con el 168. Para ello, existiría la posibilidad de modificar o incluso anular algunos principios del 168 mediante el 167.

Una vez suprimido el procedimiento agravado, las reformas constitucionales se llevarían a cabo únicamente con el ordinario. El catedrático de Filosofía del Derecho de la UAM, Francisco J. Laporta, en su artículo Rigor Mortis para el diario El País, asegura que “la reforma del Título X mediante el. 167 no supone un fraude a la Constitución ni una argucia de rábula”.

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Por 326 votos a favor, 6 en contra y 13 abstenciones, el Congreso de los Diputados aprobó el texto del proyecto constitucional. En la imagen, el grupo parlamentario de la UCD, aplaude tras conocer el resultado de la votación. En los escaños del Gobierno, de izq. a dcha., Francisco Fernández Ordóñez, Manuel Gutiérrez Mellado y Adolfo Suárez. | Foto: EFE

Las dos únicas reformas de la Carta Magna española

La Constitución española solamente ha sido modificada en dos ocasiones, y ambas por el procedimiento ordinario.

El 7 de julio de 1992 se llevó a cabo la primera reforma de la Carta Magna, para permitir el sufragio pasivo de los extranjeros en las elecciones municipales, adaptándose así a una exigencia del Tratado de Maastricht. El cambio fundamental fue añadir la expresión “y pasivo” a la redacción del artículo 13.2.  Al no afectar a los artículos arriba mencionados no se disolvieron las Cortes, y al no solicitar referéndum el 10% de diputados o senadores, éste no se llegó a celebrar.

El 24 de agosto de 2011 se llevó a cabo la segunda modificación, la del artículo 135, estableciendo en el texto el concepto de “estabilidad presupuestaria”. El por entonces presidente, José Luís Rodríguez Zapatero y el líder de la oposición, Mariano Rajoy, pactaron introducir el techo máximo de déficit estructural para el Estado y las Comunidades Autónomas, también con el objetivo de adaptarse a las nuevas exigencias de estabilidad presupuestarias de Bruselas. Puesto que PSOE y PP tenían conjuntamente más del 90 % de diputados y senadores, y al tratarse de una reforma por proceso ordinario, no fue necesario un referéndum; tampoco fue solicitado por un 10 % de los representantes de una de ambas cámaras, dentro del plazo previsto que concluyó el 26 de septiembre de 2011.

Países europeos que más veces han modificado su Constitución

La Constitución de Alemania, que data de 1948, ha sufrido 60 modificaciones. La francesa, por su parte, ha sido modificada en 24 ocasiones desde 1958. Los cambios del texto galo hacen referencia al proceso de descolonización y de unidad europea, además de la creación de un Tribunal Penal o acerca de la igualdad entre hombres y mujeres, entre otros. La última de ella en 2008, fue para aumentar los poderes del Parlamento, al mismo tiempo que se reducían los del Presidente de la República y se incrementaban algunos derechos de los ciudadanos.

La portuguesa, de 1976 y aprobada tras la Revolución de los Claveles, ha sido reformada en siete ocasiones, la última de ellas en 2005. Estos cambios han modificado aspectos ideológicos, de organización institucional y la regulación en materia económica y social.

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Nuestro MacGuffin

Jorge San Miguel

Foto: Chema Moya
EFE

Hace seis años comenzó en España lo que se ha denominado un ciclo de politización. La secuencia es conocida. Las movilizaciones del 15M, más transversales e indefinidas, fueron dando paso a movimientos sectoriales en protesta por los recortes. Los colectivos y redes con más capital organizativo previo, generalmente de izquierdas, fueron capitalizando el descontento, aún de forma inarticulada políticamente. Partidos ya existentes como IU o UPyD crecían en las encuestas, pero no parecían en disposición de alterar radicalmente la cartelización política que convertía a España de facto en un bipartidismo.

Entonces llegaron las elecciones europeas de 2014. Podemos coordinó un voto de protesta escorado -entonces no sabíamos hasta qué punto lo acabaría siendo- a la izquierda por el que competían experimentos hoy casi olvidados como el Partido X o el movimiento de Elpidio Silva. Por el lado de la regeneración, UPyD creció, pero la amenaza de un Ciudadanos implantado nacionalmente se hizo real. Al año siguiente, las autonómicas y locales certificaron la pujanza del espacio político encauzado por Podemos y sus confluencias y franquicias locales, y la consolidación de Ciudadanos como fuerza de referencia en el centro, en detrimento de UPyD. Las elecciones generales de diciembre alumbraron el sistema de partidos nacional a cuatro que, con matices e investiduras cruzadas, se mantiene hoy.

Paralelamente a esta materialización política, que ha acabado alterando un sistema de partidos que hace no tanto parecía inamovible en torno a los dos polos, socialista y conservador, en estos años varias generaciones han redescubierto la política -y no me refiero solo a los jóvenes. Tanto gente socializada en los últimos años del aznarismo (“No a la Guerra”, “Nunca mais”) y en el zapaterismo y su nuevo espacio mediático, como no pocos miembros de generaciones anteriores, adormecidos por así decirlo en décadas previas por el turnismo del 78 y el aparente buen funcionamiento del sistema. Este redescubrimiento de, por decirlo con Strauss, “la naturaleza de las cosas políticas”, ha tenido momentos entrañables, como la invención de la policía en las acampadas del 15M ante la necesidad de evitar robos en las tiendas de campaña.

El proceso se aceleró desde la llegada de Podemos. Aprendimos todos por qué el mandato imperativo no es buena idea, por qué los diputados deben percibir salarios por su trabajo y por qué la transparencia es deseable pero retransmitir negociaciones por streaming acaba con la posibilidad de acordar nada. Reinventamos el centralismo democrático que ya conocían los partidos comunistas del remoto S. XX, conocimos los límites a la ejemplaridad exigible a los representantes y redefinimos las competencias de los distintos niveles de gobierno, dejándolas exactamente donde estaban.

Después de este notable proceso de construcción, queda, por supuesto, dotarse de una norma suprema. Y en ello estamos. Perdonen el tono irónico. Es evidente que a la Constitución del 78 no le vendrían mal unas cuantas reformas, que reflejen el paso de estos cuarenta años sin echar en saco roto lo conseguido. La crisis catalana, sin ser la única razón para el retoque, lo pone también de manifiesto. Es asimismo evidente, creo, que todo el proceso tiene un aire de empresa colectiva, generacional, casi más importante que el resultado, y bien está. Algunos nos hemos referido al Procés catalán como un macguffin: ese artefacto narrativo sin importancia real pero que hace avanzar la trama y mueve a los personajes. Quizás en España necesitemos también un macguffin, constitucional en este caso, para completar la socialización política iniciada hace seis años, reenganchar a los indiferentes y renovar la copertenencia. El reto hoy por hoy es que el proceso y el resultado sean al menos tan inclusivos como los del tan denostado en ocasiones 78. Y no va a ser fácil.

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