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Macron no nos engaña

José Antonio Montano

Foto: LIONEL BONAVENTURE
Reuters

Con Macron hemos ganado los buenos. Entre los que no están Mélenchon, Zizek, Verstrynge o Echenique, que podrán adornarse ya en la vida de lo que quieran, pero no de antifascistas. Su comportamiento lamentable en estas semanas tampoco nos sorprende, por lo demás: ellos son lo que son. Pobrecillos.

Aunque Emmanuel Macron es voluntarioso y optimista, a él ha ido el voto pesimista. Vale también decir: realista. El que se hace cargo de la complicada realidad y trata de maniobrar de acuerdo con lo que es o puede ser, no de quimeras. El abyecto catastrofismo de Marine Le Pen, en cambio, era optimismo puro. Porque se trataba de un catastrofismo con final feliz, según ella, si ganaba ella.

He aquí lo que comparten la extrema derecha y la extrema izquierda: el idealismo de los que componen un engrudo abstracto y luego lo aplastan con la realidad, aplastándola. Análisis falsos, soluciones falsas: promesa de felicidad absoluta con consecuencia segura de infelicidad. El patético espectáculo de los que se dejan engañar, y el repulsivo espectáculo de sus engañadores.

Pero Macron no nos engaña. Me ha venido esta frase al saber que es lector de René Char. Cuando murió este gran poeta surrealista, Octavio Paz le dedicó un poema con un título precioso: “René Char no nos engaña”. Aunque a un político no hay que buscarlo en la poesía (¡Dios nos libre!), sino en la prosa. Y es en la prosa de la cruda realidad donde Macron ha ido de frente. Podrá hacerlo bien o mal y salirle mejor o peor, pero él y sus votantes saben dónde pisan.

Y esto, tal y como están las cosas, y después del añito que llevamos, y sabiendo que en la historia solo hay treguas (más o menos frágiles, más o menos breves) ya es prometedor.

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Hacia dónde va el procés

Aurora Nacarino-Brabo

El su columna de hoy Aurora Nacarino-Brabo habla de la situación de la coalición independentista en un momento en el que parece que desescalar la tensión parece difícil.

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¿Por qué son importantes las elecciones de gobernadores de este domingo en Venezuela?

Redacción TO

Foto: FEDERICO PARRA
AFP

Los venezolanos acudirán el domingo a elecciones de gobernadores que según la Constitución debieron celebrarse en 2016. Estos comicios podrían significar un cambio radical en el mapa político del país. El oficialismo tiene el poder actualmente sobre 20 de las 23 gobernaciones pero tras la intensificación de la crisis política a partir de abril de este año en protestas antigubernamentales que dejaron más de 100 muertos, el dominio del rojo (color del partido del Gobierno) sobre el azul de la oposición, pudiese mermar.

Un análisis de AFP señala que analistas coinciden en que la coalición opositora Mesa de la Unidad Democrática (MUD) tiene altas posibilidades de ganar las elecciones, en votos y gobernadores. “El país está deshecho con penurias y hambruna. No hay probabilidad de que el gobierno gane”, afirmó para la agencia el politólogo Luis Salamanca.

Si eso ocurre, la oposición podrá presionar al gobierno “en un proceso de negociación serio, para fijar las condiciones de las elecciones presidenciales de 2018″, afirmó, por su parte la analista Colette Capriles.

José Ignacio Guédez, actual secretario de la Asamblea Nacional de mayoría opositora, ha expresado a The Objective que votar en las elecciones de gobernadores “es la manera de continuar la lucha contra la dictadura (de Nicolás Maduro), evidenciando su ilegitimidad y demostrando el fraude Constituyente”.

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El candidato opositor por el estado Miranda y actual alcalde del municipio Sucre, recorre un barrio de Caracas durante su campaña. | Foto: Miguel Gutiérrez / EFE

Además, y lo más importante, asegura que es “una forma viable de acumular fuerza recuperando unas gobernaciones que luego contribuirán con el cambio de Gobierno Nacional y de modelo económico”.

Luis Salamanca también asegura que una victoria de la oposición ayudaría a mejorar el vínculo con sus seguidores, “frustrados por las protestas que entre abril y julio exigieron sin éxito la salida de Maduro y culminaron poco antes de la instalación de la todopoderosa Asamblea Constituyente, integrada únicamente por chavistas”.

¿Por qué son importantes las elecciones de gobernadores de este domingo en Venezuela?
Héctor Rodríguez, candidato del oficialismo por el estado Miranda, celebra su cierre de campaña. | Foto: Federico Parra / AFP

A pesar de que la oposición pudiese ganar, uno de sus principales retos es vencer la abstención. El Consejo Nacional Electoral (CNE) es muy cuestionado por los ciudadanos opositores. De hecho, en las últimas horas, el CNE ha cerrado 274 centros electorales y ha reubicado a sus votantes a 48 horas de las elecciones, ha informado a The Objective el asesor en temas electorales, Eugenio Martínez.

Esto mantiene en alerta a la oposición y varios países como Canadá, Estados Unidos y Chile. A pesar de que el universo de centros de votación es de 13 mil, estas medidas afectan a 715 mil electores y pudiese cambiar las tendencias en importantes estados como Miranda y Mérida.

Los expertos coinciden, de acuerdo a AFP, en que sólo una elevada abstención permitiría que el oficialismo gane más gobernaciones, aunque descartan que pueda obtener más votos, pues su rechazo es muy elevado (ocho de cada 10 venezolanos, según la firma Datanálisis).

Por su parte, el presidente de Datanálsis en un tweet señaló que sus proyecciones no son de “18 a 21 gobernaciones para la oposición”, como fue comentado en redes y medios, sino que “ese (sería el) tamaño teórico en una elección sin abstención ni manipulación”.

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Ser español es respirar

José Antonio Montano

Foto: ANDREW WINNING
Reuters

La nación no es una metafísica, sino un resultado histórico. Depende del momento. Y desde 1978 ser español es respirar, porque no es nada, no implica contenidos ni un modo determinado de comportarse. Ser español hoy no es un ser, sino un tener: tener una ciudadanía. Democrática y europea. O un ser vacío, estructural: ser ciudadano.

La metafísica de las naciones –como dijo Nietzsche respecto a otra– es una metafísica del verdugo. O del carcelero. O del opresor: literalmente del opresor. El que oprime los pulmones y tapa la boca con su melaza. El que asfixia.

Ser español fue también asfixiante en el franquismo, porque entonces sí se exigían contenidos y adhesiones y una forma determinada de comportarse, y había una imposición sentimental y mangoneo y énfasis. Lo que ocurre ahora con el nacionalismo catalán, nuestro franquismo realmente existente. Un franquismo no del deshilachado final, sino de la primera época: muy falangistizado.

El nacionalismo español es hoy, por fortuna, irrelevante. Pero es una bestia el nacionalismo y a veces se le ve asomar: como cuando se echó encima de Fernando Trueba por decir que no se sentía español. El ideal es poder decirlo y que no pase nada. Y en realidad, en la vida cotidiana, salvo esas explosioncillas molestas pero con pocas consecuencias, no pasa nada. Esto es lo relevante.

Ser español hoy es lo que vi el domingo pasado en Barcelona. Estuve en la manifestación con amigos barceloneses. Ellos veían (y algunos llevaban) las banderas españolas como puro aire fresco. Verlas en sus calles era para ellos ver recuperadas sus calles. No “para España”, sino para la ciudadanía. Lo único que ellos querían, su anhelo, era que el nacionalismo les dejase en paz. Que la ciudad no fuese de unos pocos, sino de todos. Eso es allí ser español.

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Por un nuevo patriotismo español

Miguel Ángel Quintana Paz

Foto: JON NAZCA
Reuters

Cada vez que asisto a algún congreso de filosofía política en Estados Unidos y llega el momento de tomar un tentempié entre conferencia y conferencia, me invaden dos certidumbres. La primera, que el café que nos ofrezcan estará bastante malo. La segunda, que otros profesores me preguntarán a qué me dedico. Yo entonces contestaré que, entre otros, a analizar las diferencias entre patriotismo y nacionalismo. Mi interlocutor me inquirirá entonces amablemente si no son diferencias evidentes. Y yo deberé aclararle, algo azorado, que en España no.

En efecto, sorprende aquí la cantidad de personas informadas que reputan nacionalismo y patriotismo como básicamente la misma cosa: sentir grandes emociones amorosas (y quizá algo cursis) hacia tu propio país. Para toda esa gente carece de sentido, pues, una estupenda cita que recogió Albert Camus: “Amo demasiado a mi país como para ser nacionalista”. Es una frase que les resulta absurda: ¿no es el nacionalismo justo ese desbocado amor?

La verdad es que no. Sentir afecto hacia los tuyos es algo que el ser humano ha experimentado siempre, mientras que el nacionalismo es una doctrina relativamente nueva. No hay autor alguno que la defienda antes de la llegada de filósofos como J. G. Fichte o J. G. Herder a nuestro panorama intelectual: es decir, no lo hay antes de finales del siglo XVIII, principios del XIX.

Sus dos tesis principales son sencillas de formular. La primera, que la humanidad se halla dividida en diversos “pueblos” o “etnias”. La segunda, que la división política del mundo debe coincidir con esa otra división previa. Cada comunidad política (preferiblemente, cada Estado) debe coincidir con una comunidad étnica preexistente, un pueblo que posee una identidad común. Si gente con la misma lengua no tiene aún un Estado propio, o al menos un autogobierno propio con amplios poderes, habrá de luchar por lograrlos. Cada “pueblo” debe abstenerse de mezclarse con otros y debe gobernarse a sí mismo. (Los nacionalistas tienen siempre un puntito puritano). Si gente que vive en un mismo territorio no tiene la misma identidad cultural, sino varias, habrá que “nacionalizarles” (dado que la otra opción, expulsar a los raritos, está hoy mal vista). Esto es, habrá de conseguirse (con la educación, con los medios de comunicación) que acaben compartiendo una misma cultura: españolizándolos, catalanizándolos, italianizándolos, americanizándolos.

Esto es lo que quiere un nacionalista español para España, esto es lo que quiere un nacionalista catalán para Cataluña. Y este es el motivo por el que, pese al histerismo con que nos azota, el nacionalismo se lleva mal con los tiempos contemporáneos: hoy más que nunca nuestras identidades se entremezclan y comparten ciudades, bibliotecas, internet, la UE. El nacionalismo se lleva mal con la realidad.

Ahora bien, si el nacionalismo es una doctrina política, no un mero sentimiento amoroso, ¿es en ese apasionamiento hacia tu propio país en lo que consiste el patriotismo, al menos? Tampoco. Ser patriota no es cosa de sentimientos, y menos aún de sentimentalismos. Obras son amores y no buenas razones. El patriotismo se demuestra no por el ritmo de tus palpitaciones cardiacas ante un himno, sino en la medida en que te comprometes en ayudar a tu país. Al igual que ser buen hijo se demuestra en cómo tratas a tus padres, y no en cuántos poemas de amor encendido les dediques, ser buen patriota se percibe en qué haces por tus conciudadanos, no en los golpes de pecho que te inflijas mientras musitas el nombre de tu nación.

Por eso el patriotismo no es un sentimiento, sino una virtud. La virtud de cumplir con tus obligaciones hacia tus connacionales. Sentir afecto hacia ellos probablemente te ayudará (igual que ayuda en la relación con tus padres); pero en último término no son esas emociones lo esencial. Por mucho que le cueste a nuestra época, plagada de sentimentalismo, admitirlo.

De este modo podemos entender mucho mejor la frase de Camus. Cuando afirma que ama demasiado a su país como para caer en el nacionalismo, solo nos dice que si queremos de veras servir a nuestros conciudadanos no les obligaremos a compartir una misma identidad. Es una frase que nos invita a ser patriotas, pero no nacionalistas, precisamente porque indica que el nacionalismo perjudica a tu patria, a los tuyos, a aquellos hacia los que te ligan ciertas obligaciones especiales.

Llegados a este punto, siempre surge la pregunta típica de alguien que se considera ciudadano del mundo, no de una u otra nación, e inquiere: pero ¿por qué voy a tener ciertas obligaciones especiales hacia mis connacionales que no tengo hacia el resto de la humanidad? ¿Por qué debo comprometerme más con un español como yo que con un zimbabuense o un japonés? ¿No somos todos humanos y merecedores de igual consideración? ¡Viva la gente, la hay donde quiera que vas! ¡Viva la gente, es lo que nos gusta más!

Es sencillo, empero, responder a estas dudas. Podemos perfectamente admitir que, en efecto, todos los seres humanos tenemos una misma dignidad, sin que ello implique que tengamos las mismas obligaciones hacia todos. Mi vecina del quinto tiene la misma dignidad que usted, amigo lector (¡y eso que ella no me lee!). Pero si yo ensucio el portal de mi casa eso no le afectará a usted, aunque sí a ella. De igual modo, la dañaré mucho más que a usted si no pago las cuotas de mi comunidad de vecinos. Dicho de otra forma: existen vínculos que ya tengo de hecho con mi vecina, pero no con usted. Y esos vínculos especiales implican obligaciones especiales. Incluso el mero hecho de caminar al lado de un viandante desconocido que tropieza y cae al suelo ya crea hacia él un deber especial mío (el de ayudarle a levantarse), que no tengo hacia las personas que se tropiecen, o tengan experiencias aún peores, en estos mismos momentos en Reikiavik.

Una patria es eso, un conjunto de vínculos, una trama de relaciones. Esas relaciones conllevan automáticamente ciertos deberes que no existen con aquellos con los que tengo menos o escasa ligazón. Por supuesto, puedo empezar a entablar relaciones con otras personas, pero de momento negar las que tengo es solo un modo de escabullirme de mis obligaciones para con ellas. Y esta idea de que las relaciones con otros humanos creen obligaciones especiales no es extraña: todos vemos lógico que también los amigos posean obligaciones especiales hacia sus amigos; que los que van en un mismo barco cuiden entre todos de su barco; y que los padres tengan obligaciones hacia sus hijos que no tienen hacia el resto de niños del mundo. En un capítulo de la serie de televisión House un paciente afirma que no ve motivos para cuidar de modo especial a su crío, habiendo como hay en la Tierra tantas otras personitas que necesitan también el cuidado de un mayor. El doctor House acaba descubriendo que una parte del cuerpo de ese hombre le está fallando, pero de no ser así sospecharíamos que su ética tampoco marcha del todo bien.

España vive momentos duros. Nos azota el nacionalismo que durante décadas hemos dejado florecer en varios de nuestros rincones. A veces hemos tenido miedo de combatir ese nacionalismo separatista con patriotismo español, como si eso fuera ponernos a su misma altura, como si el único modo de no ser nacionalista residiera en ser ciudadano de la humanidad, o invocar la mera legalidad; como si fomentar el patriotismo equivaliera a promover (otro) nacionalismo. Con el agua sucia nacionalista hemos arrojado al niño de la virtud patriótica.

Esa estrategia, hoy no cuesta mucho trabajo constatarlo, ha sido un error.

Pero podemos explorar la idea de un nuevo patriotismo español. Un patriotismo que no ha de ser nacionalista, aunque sí combatir todo nacionalismo. En la histórica manifestación barcelonesa del pasado 8 de octubre creí detectarlo: ese patriotismo que no busca imponer identidades (escuché hablar español, catalán, incluso gallego, mientras un amigo ruso-asturiano me animaba por Twitter), sino que persigue salvar los vínculos que, pese a quien pese, aún hoy nos ligan. Ese patriotismo que puede darnos energías para afrontar juntos los desafíos que el siglo XXI plantea a toda la humanidad, dado que nos pillarán a todos juntos, y que son retos que hoy, por culpa de las tretas nacionalistas, tenemos descuidados. Un patriotismo, en suma, que aproveche la inmensa herencia de nuestros mayores y que luche por nuestros hijos y nietos. Porque estos no son ni más ni menos valiosos que los descendientes de otros grupos humanos; pero es a ellos a los que más afectará lo que acabemos haciendo, haciéndonos, haciéndoles.

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