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Macron no nos engaña

José Antonio Montano

Foto: LIONEL BONAVENTURE
Reuters

Con Macron hemos ganado los buenos. Entre los que no están Mélenchon, Zizek, Verstrynge o Echenique, que podrán adornarse ya en la vida de lo que quieran, pero no de antifascistas. Su comportamiento lamentable en estas semanas tampoco nos sorprende, por lo demás: ellos son lo que son. Pobrecillos.

Aunque Emmanuel Macron es voluntarioso y optimista, a él ha ido el voto pesimista. Vale también decir: realista. El que se hace cargo de la complicada realidad y trata de maniobrar de acuerdo con lo que es o puede ser, no de quimeras. El abyecto catastrofismo de Marine Le Pen, en cambio, era optimismo puro. Porque se trataba de un catastrofismo con final feliz, según ella, si ganaba ella.

He aquí lo que comparten la extrema derecha y la extrema izquierda: el idealismo de los que componen un engrudo abstracto y luego lo aplastan con la realidad, aplastándola. Análisis falsos, soluciones falsas: promesa de felicidad absoluta con consecuencia segura de infelicidad. El patético espectáculo de los que se dejan engañar, y el repulsivo espectáculo de sus engañadores.

Pero Macron no nos engaña. Me ha venido esta frase al saber que es lector de René Char. Cuando murió este gran poeta surrealista, Octavio Paz le dedicó un poema con un título precioso: “René Char no nos engaña”. Aunque a un político no hay que buscarlo en la poesía (¡Dios nos libre!), sino en la prosa. Y es en la prosa de la cruda realidad donde Macron ha ido de frente. Podrá hacerlo bien o mal y salirle mejor o peor, pero él y sus votantes saben dónde pisan.

Y esto, tal y como están las cosas, y después del añito que llevamos, y sabiendo que en la historia solo hay treguas (más o menos frágiles, más o menos breves) ya es prometedor.

Contra el mito del auge asiático y el declive europeo

Antonio García Maldonado

Uno de los lugares comunes del análisis internacional dice que el poder se ha desplazado a Asia y que Trump o el Brexit no dejan de ser pataletas ante ese hecho inevitable. Los flujos económicos van hacia esa región, las actividades se deslocalizan en China o Bangladesh, sus economías crecen y emergen grandes clases medias con un poder de consumo que hace las delicias de las grandes compañías internacionales. A este diagnóstico suele seguir el que dice que, en este contexto, Europa estaría llamada a convertirse en un museo para turistas ricos, en una Venecia gigante que sirve de testimonio kitsch del pasado ante su irrelevancia en el presente y el futuro.

Como todo lugar común, tiene algo de cierto pero también mucha adiposidad interesada. Asumir sin matices que el poder reside allí donde está el peso económico es desconocer las nuevas formas de poder, influencia y gestión que las nuevas tecnologías de la comunicación han favorecido. El análisis de la decadencia de Europa y el auge asiático tiene mucho de capitalismo industrial decimonónico, con la fábrica humeante como símbolo del progreso. Tengo para mí que el auge de Asia se debe, en parte, a que se puede gestionar desde Occidente. Sus ciudades están muy contaminadas, los servicios básicos son caros y de peor calidad, la desigualdad hiere, no hay derechos laborales efectivos –y cuando los hay, es fácil eludirlos– y las megaurbes en las que ese “progreso” se estaría manifestando son impersonales y en muchos casos peligrosas. La estratificación es la norma, y los precios son escandalosos.

Es en Europa –o como en Europa– donde desea vivir la mayoría, trabajadores o ejecutivos. Conozco a pocos residentes en Pekín, Yakarta o Singapur que no hayan terminado su etapa asiática con alivio por irse y alegría por llegar a Madrid, Bruselas o Berlín. Muchos de ellos vuelven para formar aquí una familia, ante la imposibilidad o el nulo atractivo de hacerlo en países y ciudades hostiles para ello. En muchas carreras profesionales, la “temporada asiática” es más una mili o un sacrificio en pos de un mejor puesto en Europa en el futuro que un deseo genuino. Incluso en sociedades con una personalidad tan fuerte como la china o la vietnamita, la creciente clase media exige estándares “europeos”.

Si Asia es una opción profesional, Europa sigue siendo una opción vital, que mal que bien conjuga la creación de riqueza con el ocio, la creatividad, el descanso y el bienestar. Si Asia es el auge, contento me quedo entre las ruinas del museo europeo (como hacen muchísimos gestores a distancia de ese teórico esplendor).

Francia, "casa tomada"

Recaredo Veredas

Foto: CHRISTOPHE ARCHAMBAULT
AP

Cortázar empezó mejor que acabó. Suele ocurrirles a muchos escritores que mezclan la reivindicación, aunque sea justa, y el arte. Sin embargo, su primer relato publicado aún permanece en el Olimpo de la inquietud y así ocurrirá hasta el fin de los tiempos. Se titula Casa Tomada. En sus páginas vemos cómo un fantasma nunca definido ocupa lentamente las estancias de un viejo piso porteño, habitado por una pareja de ancianos hermanos cuyo vínculo oscila entre la polilla y el incesto. El ocupante no es visto, ni siquiera sabemos si lo es o asistimos a un brote psicótico del narrador. Los hermanos no plantan cara a la ocupación de su hogar, se limitan a cambiar de habitación y a continuar con sus costumbres: ella teje, él bebe mate y vegeta. Les rodea un Buenos Aires que se intuye árido, cansado. Cuando la energía oscura toma la última estancia y son arrojados a la calle incluso sienten alivio, el descanso que embarga a cualquiera cuando abandona una carga demasiado pesada para la fragilidad de sus hombros. Salgamos del relato y vayamos a la cruda e idealizada realidad.

Europa vibra con cada palabra y cada gesto de Emmanuel Macron, ese JFK que todos necesitábamos para volver a sentirnos orgullosos de nuestros políticos. Sin duda Macron reúne capacidad intelectual, dominio de los omnipresentes medios, carisma, astucia política y un sutil encaje con la tradición cultural francesa (fue asistente del filósofo Paul Ricoeur). Su mayor amenaza no son unos rivales cuya inoperancia ha sido más que constatada sino un vacío insólito para un candidato que se pretende arrollador. Una ola de energía negra, similar al que ocupaba la vieja casa bonaerense creada por Cortázar, está abduciendo a los franceses. Cuando en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales la suma de quienes optaron por la abstención y votaron en blanco superó el 30%, muchos culparon al izquierdista Jean Luc Mélenchon por su ambigüedad. No quiso apoyar a un candidato liberal, aunque se enfrentara al ultranacionalismo aggiornado de Marine Le Pen. Sin embargo, en las elecciones al parlamento se han presentado todos los partidos y la abstención ha sido aún mayor. Un 57% de los electores inscritos decidieron quedarse en casa, batiendo el anterior record de abstención en más de 10 puntos. Macron dominará una Asamblea Nacional cada vez más carente de auténtica representatividad. El centro de las ciudades, gentrificado tras el abandono y la decadencia de los 80 y los 90, y la periferia adinerada están entusiasmados. Sin embargo les rodea un fantasma colectivo -formado por millones de ciudadanos que nunca escriben en twitter y contemplan cómo lo que creían eterno se desvanece- que pronto convertirá al sufragio universal en un remedo no declarado del censitario.

La pereza, más propia de ese Estados Unidos que desea desaparecer en la anestesia de la heroína, ocurre en el país más politizado del mundo, la tierra de la Revolución y del mil veces mitificado mayo del 68, donde los obreros, los estudiantes y los burgueses salían a la calle, con una virulencia envidiada en España, ante la menor modificación de sus libertades y sus derechos laborales, donde cuentan con un sistema educativo envidiado por medio mundo y con un salario mínimo de 1.457 €. Pese a tantas virtudes y tan envidiada historia –o tal vez por las inevitables expectativas que despiertan- Francia ha caído en el marasmo. Las fábricas abandonadas, o reconvertidas en inútiles centros culturales, son el recordatorio de las causas. Los franceses silenciosos parecen saber que la globalización es inevitable, que el regreso al paraíso proteccionista creado por el General de Gaulle es una utopía y que el voto a opciones extremas, como las representadas por Mélenchon o Le Pen solo traería una breve alegría y un largo desastre. Pero no pueden votar a quien les obligará a competir con los insuperables costes laborales del antes conocido como Tercer Mundo. La consecuencia de ese cruce, tan esquizoide como lúcido, es un silencio doloroso, amordazado.

Ni siquiera la receta de dosis masivas de fluoxetina a los millones de silenciosos solucionaría un problema que dista mucho de ser imaginario. Tal vez el alivio, que no la solución, se encuentre en aquello que hemos dejado atrás, incluso con asco: el regreso a los valores elementales del ser humano, aquellos que llenaban el corazón de los amordazados con palabras tan vaciadas de sentido como amor, compañía, esperanza y perdón, aquellos que predicaban la sencillez y el contacto humano por encima de anhelos creados en agencias de publicidad. La felicidad, lo sabemos todos, no se encuentra en el estímulo de compra continuo. Pero tal solución ataca al consumo salvaje cuya adicción es, a la vez, el motor de la economía y uno de los pilares de la letal pereza que toma, sin olvidar ni un rincón, nuestra casa.

La izquierda de las naciones

Ricardo Dudda

El PSOE de Pedro Sánchez compró el relato de Podemos e Izquierda Unida de que el partido no es suficientemente de izquierdas, en lugar de controlar el discurso y determinar qué es ser de izquierdas en el siglo XXI. Ser de izquierdas en el siglo XXI casa difícilmente con una declaración del país como plurinacional. España es multicultural y diversa. Tiene diferentes lenguas. Un Estado moderno debería respetar las diferencias y fomentar su reconocimiento sin mencionar naciones históricas ni atavismos.

En el PSOE afirman que su afirmación de la plurinacionalidad no trocea la soberanía, pero crea regiones más privilegiadas que otras: están las naciones y luego las comunidades autónomas. Y las naciones, en tanto naciones, necesitan un trato especial. Y cuando se reconoce simbólicamente una nación el siguiente paso es reconocer su soberanía propia, y para ello necesita convertirse en Estado. Porque el Estado es tangible, al contrario que la nación, inexplicable y mística.

El PSOE y Podemos coinciden en un discurso de una izquierda acomplejada ante los nacionalismos, que solo sabe hablar de República pero no de valores republicanos. Sin embargo, y a pesar del viraje de Sánchez hacia posturas más izquierdistas, hay todavía muchas diferencias: el PSOE sigue siendo el PSOE, y Podemos puede aprovechar (y ya está haciéndolo) para pedir a los socialistas mayor pureza (lo que entienden ellos por pureza). El caso del independentismo es una buena prueba. En Podemos afirman que hay que dejar votar a los catalanes, aunque sea en un referéndum ilegal. En el PSOE denuncian el referéndum ilegal. Entrar en la dinámica de la identidad implica competir en pureza. Si el PSOE y Podemos se plantean un futuro juntos, lo harán desde la lógica identitaria, y en ella juega mucho mejor Podemos.

España plurinacional vs España diversa

Andrea Mármol

Foto: ANDREA COMAS
Reuters/File

Una de las manifestaciones recientes más reveladoras –por excluyente- del nacionalismo catalán tuvo lugar tras las últimas elecciones autonómicas en 2015. Los partidos proclives a la secesión de Cataluña, tras obtener algo más del 48% de los votos de los catalanes, jalearon el resultado al grito de “Un sol poble!”. Teniendo en cuenta que ellos otorgaron a la convocatoria un carácter binario, se antoja difícil pensar en una consigna más desafortunada.

Y es que el primer escollo que encuentra el político nacionalista siempre es la diversidad de los ciudadanos que pretende integrar en un proyecto monolítico, en el que las identidades plurales son asumidas no como una oportunidad sino, según lo que reza el cántico, un matiz incómodo. Frente a esa concepción de la sociedad, la réplica tiene que ser la defensa de la diversidad.

Seis fuerzas políticas obtuvieron representación en aquellos comicios catalanes. Las dos que apoyaban la independencia despreciaron a las cuatro restantes con aquella proclama. Hoy esas cuatro fuerzas ejercen de oposición en Cataluña. Entre ellas, están la marca catalana de Podemos y el PSC. Ambas comparten, en principio, su desacuerdo con el plan del actual gobierno catalán, entregado la consecución de un Estado independiente.

Sin embargo, hay carencias en esa oposición. Durante el acalorado debate que suscitó la moción de censura la pasada semana en el Congreso de los Diputados, el retrato de Cataluña que hizo Pablo Iglesias se parece mucho al de los políticos separatistas: en lugar de dar la réplica al proyecto nacionalista, hizo suyo el discurso según el cual la sociedad catalana se expresa en un clamor monolítico. Unos días después, el PSOE rescata la idea de la plurinacionalidad española, citando a uno de los padres de la Constitución, Gregorio Peces-Barba, quien, cierto es, habló de España como “nación de naciones”.

Se le olvida a Sánchez que Peces-Barba reivindicó también la participación de Cataluña en la “cultura castellana, que es cultura la común de todos”, o que “el castellano también es la lengua propia de Cataluña”. Matices de la afortunadamente cromática sociedad catalana, en cuyo nombre hablan Iglesias y Sánchez, defensores de la pluralidad española pero reticentes a admitir ese carácter múltiple en la sociedad catalana. Ni Podemos ni el PSOE son nacionalistas españoles, pero eso no es lo que se discute. La réplica que se espera de ellos es el rechazo frontal a la idea de ‘un sol poble’ que aplauden los nacionalistas, no su apuntalamiento como proyecto central de la política española.

La España plural es una buena idea que debe cimentarse sobre la base de un proyecto común compartido, sólo desde esa premisa puede defenderse la pluralidad como riqueza, no negando a las comunidades históricas la diversidad que sí se le reconoce a España. De esa manera, la España plurinacional se aproxima más a una consigna vacía de contenido que al convencimiento de que una España diversa es la columna vertebral de nuestro proyecto común.

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