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Macron no nos engaña

José Antonio Montano

Foto: LIONEL BONAVENTURE
Reuters

Con Macron hemos ganado los buenos. Entre los que no están Mélenchon, Zizek, Verstrynge o Echenique, que podrán adornarse ya en la vida de lo que quieran, pero no de antifascistas. Su comportamiento lamentable en estas semanas tampoco nos sorprende, por lo demás: ellos son lo que son. Pobrecillos.

Aunque Emmanuel Macron es voluntarioso y optimista, a él ha ido el voto pesimista. Vale también decir: realista. El que se hace cargo de la complicada realidad y trata de maniobrar de acuerdo con lo que es o puede ser, no de quimeras. El abyecto catastrofismo de Marine Le Pen, en cambio, era optimismo puro. Porque se trataba de un catastrofismo con final feliz, según ella, si ganaba ella.

He aquí lo que comparten la extrema derecha y la extrema izquierda: el idealismo de los que componen un engrudo abstracto y luego lo aplastan con la realidad, aplastándola. Análisis falsos, soluciones falsas: promesa de felicidad absoluta con consecuencia segura de infelicidad. El patético espectáculo de los que se dejan engañar, y el repulsivo espectáculo de sus engañadores.

Pero Macron no nos engaña. Me ha venido esta frase al saber que es lector de René Char. Cuando murió este gran poeta surrealista, Octavio Paz le dedicó un poema con un título precioso: “René Char no nos engaña”. Aunque a un político no hay que buscarlo en la poesía (¡Dios nos libre!), sino en la prosa. Y es en la prosa de la cruda realidad donde Macron ha ido de frente. Podrá hacerlo bien o mal y salirle mejor o peor, pero él y sus votantes saben dónde pisan.

Y esto, tal y como están las cosas, y después del añito que llevamos, y sabiendo que en la historia solo hay treguas (más o menos frágiles, más o menos breves) ya es prometedor.

Macron, la basura y nosotros

Víctor de la Serna

Foto: PHILIPPE WOJAZER
Reuters

Los rumores tienen la piel dura. Por no entrar en los que siguen vivos, baste recordar un par de ellos de hace casi medio siglo: uno, que la guapa actriz Sonia Bruno, recién casada con uno de los astros del Real Madrid ye-yé, Pirri, había dado a luz un bebé… negro; otro, que Sol Quijano, la esposa del ministro de Asuntos Exteriores de aquella remota época, Fernando Castiella, se había fugado con el chófer de su coche oficial. Ambas historias eran palmariamente falsas y fáciles de desmentir, pero en los -bien llamados- mentideros madrileños circularon durante meses.

Era el tardofranquismo, la prensa apenas si había estrenado un poquito de libertad en 1966 gracias a Manuel Fraga, y esas cosas no se publicaban ni en El Caso. Pero radio macuto las propagaba a base de bien, reforzándolas con trolas de todo tipo: que si mi cuñado conoce a la comadrona que atendió a Sonia, que si a la mujer del ministro no se la ve desde hace un mes…

Han pasado los decenios y ahora hacemos como si acabásemos de descubrir la posverdad y las fake news, con gran escándalo y preocupación… pero haciéndoles el juego a sus propagadores, ahora como entonces.

Todo esto me venía estos días a la memoria porque, como a todo quisque con una relación frecuente y directa con Francia, con los franceses y con fuentes francesas, me llega sin cesar la historia de que Emmanuel Macron, el nuevo presidente de Francia, es en realidad homosexual y su matrimonio con su antigua profesora de literatura sería “una mera tapadera”.

Antes que nada debería saltar a la vista que, a estas alturas del siglo XXI y del desarrollo de las libertades, la supuesta noticia no encerraría en caso alguno ningún escándalo ni el menor problema para el primer mandatario de Francia: sea cual sea su orientación sexual, que es lícita en cualquier caso, no influirá para nada en el desempeño bueno o malo de su cargo, que no tiene nada que ver con ella y que depende de su capacitación y de su carácter.

Sin embargo, hoy en día estas cosas sí que ganan audiencia a través de los medios informativos, y lo de Macron está por todo internet. Eso sí, también ahí podemos leer sus propios desmentidos públicos, y bien explícitos, del último par de meses.

Así, lean en Le Parisien: “Se decía en las cenas parisienses que yo era homosexual. Es bastante desagradable cuando eso no es cierto, y es desestabilizante para uno mismo y para sus allegados. Dice mucho de la degradación de los usos políticos y mucho de la homofobia rampante, porque lo que se me reprochaba era ser homosexual como si fuese una tara”.

O estas otras declaraciones: “Dos cosas son odiosas tras las insinuaciones: equivalen a decir que un hombre que vive con una mujer mayor que él sólo puede ser un homosexual o un gigoló tapado. Es pura misoginia. Si yo fuese homosexual, lo diría y lo viviría”.

Lo más revelador y penoso de toda esta historia de insidias es que da igual lo que diga Macron: se sigue manteniendo el bulo, y de esa manera se asume que no se puede creer uno ni la literalidad de lo que afirma un político, porque la mentira es su medio habitual de expresión.

Si no se cree a Macron en esto, ¿se le puede creer en cualquier otra cosa? ¿Se ha extendido el oprobio de Trump y del resto de la patulea populista a todos los políticos democráticos? Si ya no damos crédito a ninguno de ellos, el sistema está más enfermo aún de lo que pensábamos.

Nacionalismo catalán: los ladrones de palabras

Teodoro León Gross

No es fácil, incluso en las liturgias líquidas de la política, contemplar un abismo entre las palabras y la realidad equiparable a la intervención de Puigdemont dando un ultimátum con el referéndum bajo el título de ‘Invitación a un acuerdo’. Claro que no se trata de algo excepcional. La ruptura aceptada entre discurso y realidad es uno de los signos de la época. Los populismos han invadido los campos semánticos para apropiarse de ‘la gente’, pero no es privativo de ellos; estos días se ha visto a los socialistas estrangularse con el orgullo y la dignidad, y al PP apelar a sus fetiches de la seriedad y estabilidad para abordar la corrupción. Pero el secesionismo supera todo eso. En sus delirios retóricos han llegado a identificarse como apartheid, como si la riquísima sociedad abierta de Cataluña fuera el Soweto de los años de plomo. Cuando las palabras se desconectan de la realidad, comienza una realidad paralela.

El plan secesionista es anticonstitucional, antiestatutario y antidemocrático, pero el éxito del secesionismo ha sido precisamente generar el marco mental de que libran una batalla por la democracia. ‘Democráticamente inviolable’ dijo Puigdemont. Junqueras: “O referéndum o referéndum; o democracia o democracia”. Colau: “urnas para conseguir una salida democrática”. También Pablo Iglesias.: “la libre decisión democrática es imprescindible”. Y todos repiten ese mantra, bajo la lógica tan goebbelsiana de que repetido cientos de veces se convertirá en la verdad. Apuntaba Guy Durandin en La información, la desinformación y la realidad que la existencia de palabras hace creer en la existencia de cosas, e instala en las mentes juicios de valor. A golpe de repetir la misma letanía, su clientela no ve más que eso: sacar las urnas como gran ejercicio democrático. En una realidad paralela así son las cosas: un ultimátum para destruir el Estado que exigen que sea atendido por ‘sentido de Estado’.

Peter Handke decía el lunes, en víspera de ser investido doctor honoris causa por Alcalá de Henares, que “el proyecto de Cataluña da miedo”. Lo terrorífico es la ceguera del marco mental invocando la democracia, ¡la democracia!, para no pensar más allá. Contra cualquier argumento –Ley, Historia, Europa, resultados electorales…– la respuesta es ¡democracia! ¡democracia! En definitiva, contra la democracia claman ¡democracia! Es el ‘elefante’ con que, según la teoría de Lakoff, han ganado la batalla. El plan es chantajear el Estado con una ley de desconexión sin soporte legal mínimo con la que establecer una Justicia sectaria sin separación de poderes o restringir la libertad de prensa… en definitiva un corpus autoritario reivindicado al grito de ¡democracia! Esto Philip K. Dick lo explicó en dos frases: “La herramienta básica para la manipulación de la realidad es la manipulación de las palabras. Si puedes controlar el significado de las palabras, puedes controlar a la gente que usará esas palabras”.

Nomina numina

Juan Claudio de Ramón

Puede parecer una trivial, pero la política es una de esas cosas que se hace con palabras. Con ellas el político puede hilvanar razonamientos persuasivos o lanzar conjuros. Porque existe una política basada en razones y otra en el hechizo que provocan ciertos nombres. Nada se consigue a base únicamente de la segunda, salvo el poder, que no es poco, y es quizá por ello la vía preferida. Esto lo saben sobre todo los nuevos teóricos del viejo populismo: quien se apodera de un significante sagrado, no tanto vacío como equívoco, tiene la partida ganada. Nomina numina. Los nombres son dioses –algunos, demonios– y conviene saber movilizarlos para tu causa.

Hay ejemplos recientes del combate entre estas dos maneras de hacer política. Donald Trump o Marine Le Pen buscaron el encantamiento a través de la repetición del nombre numinoso por excelencia: el nombre de país. Make America great again se llevó el gato al agua; Choisir la France estuvo cerca, pero la sabia bondad de la doble vuelta dio una esperanzadora victoria a un atrevido valedor de la política discursiva, basada en razones y en la confianza en el raciocinio del votante. Pero, a decir verdad, tampoco la campaña de Macron estuvo libre del abuso de palabras fetiche como “fascista”: término que despierta de inmediato el deseo de resistencia, si bien es discutible que quepa calzárselo a Le Pen. No todo lo que nos desagrada en política es fascismo, pero ese es otro tema.

Otro ejemplo de lo eficaz que resulta la política mágica, basada en el mero prestigio de palabras convertidas en mantra, lo tenemos en España. La exitosa resurrección política de Sánchez se ha fundado tan sólo en la machacona insistencia en que si el PSOE es un partido de “izquierdas” cualquier entendimiento con la “derecha” es anatema –aunque sea en graves y extraordinarias circunstancias como las que se dieron el año pasado–. Qué políticas pueden ser verdaderamente útiles para la ciudadanía o vitales para el Estado no importa; importa si llevan la etiqueta que sigue cifrando la estima o el desprecio de los militantes. Frente a esta estrategia, Díaz solo podía haber salido con arrojo a explicar las razones que la llevaron, junto a otros, a forzar la abstención en la investidura de Rajoy: por qué era necesaria ésta o indeseable la alternativa perseguida por Sánchez. Quizá hubiera perdido igual, pero al menos se habría ido con la dignidad de haber defendido una idea y no una consigna. Pero no lo hizo. No lo hizo y no es necesario cargar las tintas contra ella, porque lo cierto es que ninguno de los sublevados de octubre hubiera tenido el coraje y la elocuencia para romper el conjuro que desde hace años declaman obsesivamente los cuadros socialistas a sus militantes y potencia electorado: izquierda-no-pacta-con-derecha; el mismo ensalmo que hoy embalsama los restos del que fue el partido más importante y necesario.

Porque, parafraseando a un maestro, mientras no cambien los demonios del socialismo español, nada habrá cambiado.

No es no, ¿Pedro, sí?

Lea Vélez

Foto: SERGIO PEREZ
Reuters

Pedro Sánchez perdió las elecciones porque parecía de mentira y ha ganado las del PSOE porque sus emociones, salidas de su encuentro fervoroso con las bases, son verdad.

Durante las campañas de las últimas elecciones muchos no creyeron su discurso. No era todo culpa suya, igual que anteriores victorias electorales no han sido todo mérito de los ganadores. Las circunstancias de una España dilapidada, la fragmentación con la llegada de los populismos, no ayudaban. El peso de la corrupción, el desencanto, la incertidumbre catalana, la escasa claridad de las consignas, que dejaban puertas abiertas a cualquier cosa, ¿Independencia para Cataluña? ¿Referéndum? ¿Reforma constitucional? ¿Reinventar la democracia? Eran cuestiones muy gordas y nada respondidas. El votante se quedó en su casa o votando a lo malo conocido.

No sé cuántos millones de votos le costó al PSOE tener un líder que pareciera perfecto sin concretar en nada, que aparentase ser respuesta para todos -militantes de base y barones, pobres y ricos, ejecutivos de hidroeléctrica y parados de Sabadell- sin un discurso personal, con el que apelar a la empatía. Nadie se creyó a Pedro, ni siquiera él mismo creyó en sí mismo, y pasada la debacle, trató de encontrar contenido en su barricada a Rajoy.

Ya sabemos lo que pasó. Su “no es no” le costó el puesto, porque ese “no” fue enroque y callejón. Irónicamente, no le costó la cabeza. Los barones se equivocaron en su arrogancia, y como ese boxeador ruso que le da una buena paliza a Rocky Balboa, le dieron alas y contenido. Tras la pelea perdida en el ring de Ferraz, de la que salió humillado por la puerta del garaje, nuestro Rocky hispano encontró, como Stallone, mensaje y motivación. Su deambular por España, baños de multitudes, palmadas de militantes apasionados, le construyeron por dentro. Su vuelta, su salto al ring y total su convencimiento de que ganaría por KO, solo podían acabar en cinematográfico triunfo. Presentí que ganaría en el momento en que dio su primer mitin porque, de pronto, el hombre vacío se había llenado de verdad.

A las bases les gusta, les chifla, su no es no. Otra cosa es que le guste al resto de los españoles y que su “no es no”, llegue a ser un “Pedro es sí”, pero ojo, Rocky tuvo seis secuelas.

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