The Objective
Lifestyle

Michel de Montaigne, filósofo, lo dijo en 1592: «La felicidad no depende de la fortuna o la sabiduría, sino de valorar lo sencillo»

Montaigne consideraba que «la verdadera felicidad consiste en aprender a disfrutar de lo que tenemos»

Michel de Montaigne, filósofo, lo dijo en 1592: «La felicidad no depende de la fortuna o la sabiduría, sino de valorar lo sencillo»

Una mujer en un bosque. | ©Freepik.

Hay tareas que parecen reservadas a superhombres, y leer los Ensayos de Michel de Montaigne es una de ellas. Comprender de verdad lo que el autor quiso decir, ya entra en otra categoría. No hace falta ni imaginar el esfuerzo sobrehumano que supuso escribirlos. Más de veinte años de trabajo, constante reescritura, inconformismo perpetuo con lo ya dicho y una insatisfacción creativa que nunca se apaciguó del todo. Hablamos, además, de la obra que dio nombre y forma al ensayo filosófico tal como lo conocemos hoy, un género que Montaigne prácticamente inventó desde la torre de su castillo en la Dordoña, con la pregunta «¿Qué sé yo?» grabada como lema sobre la viga del techo.

Y, sin embargo, a pesar de su extensión, su complejidad y el propio carácter inacabado que el autor le imprimió deliberadamente, los Ensayos siguen siendo un manual de primera categoría para entender al ser humano. La felicidad aparece en sus páginas una y otra vez, tratada con una lucidez que desafía los siglos. No es un tema menor ni un apéndice decorativo: es una pregunta central. Y la respuesta que Montaigne construyó hace más de cuatrocientos años resulta, si se mira con atención, más pertinente que muchas de las que circulan hoy.

Cómo entendía Michel de Montaigne la felicidad

Para Montaigne, la felicidad no era un destino ni una recompensa. Era, ante todo, una disposición interior. Lo que nos atribula, lo que nos preocupa, rara vez viene del mundo exterior; viene de la incapacidad de mirarnos con honestidad. El pensador francés desconfiaba profundamente de todo aquello que situara el bienestar fuera del propio individuo, porque nada externo garantiza estabilidad ni paz. Su punto de partida era casi contracultural: la felicidad no se conquista ni se hereda, sino que se reconoce en la textura ordinaria de cada día, cuando el alma ha aprendido a no exigirse demasiado ni a mendigar la aprobación ajena.

Ahora bien, Montaigne también se tomó la molestia de desmontar los caminos más frecuentados hacia esa felicidad. Ni la fortuna ni la sabiduría erudita, dos de los grandes fetiches de su época y de la nuestra, bastan por sí solos. Sobre la primera, fue taxativo: «La prudencia humana es tan vana y frívola que, a través de todos nuestros proyectos, consejos y precauciones, la fortuna se mantiene como dueña de los acontecimientos». Sobre la segunda, no fue menos severo, pues llegó a afirmar que había conocido a cien artesanos y labradores más sabios y felices que los rectores universitarios de su tiempo. Frente a ambos espejismos, su propuesta era sencilla aunque exigente: aprender a gozar lo que se tiene, no a poseerlo. Algo de lo que ya hemos hablado en THE OBJECTIVE.

Sintetizar los Ensayos, una obra faraónica

felicidad-montaigne-dependencia
Aunque los ‘Ensayos’ de Montaigne sean casi inabarcables, es una obra que se puede disfrutar a trozos sin problemas. ©Freepik.

Describir los Ensayos como una obra faraónica no es exageración retórica, sino descripción ajustada. Montaigne los escribió y reescribió desde 1570 hasta su muerte en 1592, y nunca los dio por terminados. Se organizan en tres libros y abarcan más de cien capítulos. Aunque llamarlos capítulos resulta casi inexacto. Más bien son digresiones, reflexiones o retazos de vida intelectual donde el autor salta de Séneca a la costumbre de los caníbales, de la cobardía al arte de conversar, sin que eso resulte caótico. El hilo conductor es él mismo, su propia experiencia, y esa honestidad narrativa es precisamente lo que los hace tan accesibles pese a su aparente desorden. Por eso, siempre está bien comprobar que Montaigne explicaba que «la felicidad no depende de fortuna o sabiduría, sino de aprovechar los momentos más sencillos».

Cada ensayo funciona como una lente distinta sobre el mismo objeto: la condición humana. Montaigne parte siempre de lo concreto, de una anécdota, de un gesto cotidiano, y desde ahí construye reflexión. Su pensamiento recorre cinco grandes territorios: la naturaleza, las costumbres, la muerte, la fortuna y la sabiduría popular. Esta última ocupa un lugar especial en su afecto, porque la considera una síntesis feliz de todas las demás. Y es precisamente en ese territorio donde habita su concepto de la felicidad: no en la abstracción filosófica, sino en el reconocimiento de lo pequeño y lo ordinario como fuente legítima de dicha. También, como apuntaba Cicerón, a que «el riesgo para la felicidad es el miedo a perder el bien externo».

Ir al grano en los ‘Ensayos’ de Montaigne

Para quien quiera asomarse a los Ensayos buscando sus ideas sobre el bienestar, el camino más directo pasa por el libro segundo y el tercero, en el que Montaigne se muestra más maduro y más personal. El ensayo De la experiencia, que cierra la obra, es quizás su testamento filosófico más transparente. Allí defiende que vivir bien es un arte mayor. De hecho, lo considera más difícil y más digno que cualquier ciencia. Por eso invita a aprender a saborear la existencia, pues consideraba que era la tarea más seria que un ser humano puede emprender.

¿Podemos adaptar a Montaigne al siglo XXI?

Aquí reside, quizás, la duda más honesta. Hay que ser valiente para afrontar los Ensayos hoy, releerlos, detenerse en ellos y no rendirse ante la densidad de algunas páginas. Montaigne no escribe para quien busca respuestas rápidas. Sin embargo, ciertos pasajes sobre la Montaigne felicidad tienen una limpieza conceptual asombrosa, casi contemporánea. «Nada es más empachoso que la abundancia», escribió, y añadió que «es gozarlos, y no poseerlos, lo que nos hace felices». En una época definida por la acumulación compulsiva y la comparación permanente en redes sociales, esa frase suena menos a aforismo del siglo XVI que a diagnóstico clínico del presente. Más adelante, otros filósofos como John Locke considerarían que la felicidad es «la supresión de todo malestar».

La gran adaptación que propone Montaigne al siglo XXI no es ideológica ni técnica: es atencional. «La verdadera felicidad consiste en aprender a disfrutar de lo que tenemos, en lugar de desear constantemente algo más», explicaba. Dejando escrito con claridad que ningún gurú del bienestar moderno ha mejorado demasiado. Y también advirtió que huir al exterior, cambiar de lugar o de contexto, no resuelve nada si antes no se trabaja el interior: «No basta alejarse de las gentes ni cambiar de lugar, sino que hay que quitarse las condiciones vulgares que tenemos en nosotros, para encontrarnos de nuevo». Cuatrocientos años después, eso sigue siendo la tarea pendiente.

Publicidad