Contrapunto histórico: Calvo-Sotelo, superior a su tiempo
«Calvo Sotelo nos ingresó en la Europa que Sánchez, su sucesor años más tarde, pretende barrenar»

Leopoldo Calvo-Sotelo.
Nada más inadecuado que el título de esta sección para recordar los 100 años de Leopoldo Calvo-Sotelo Bustelo. Era aquel efímero presidente del Gobierno un hombre ordenado, sumamente riguroso, pero —y esta apreciación parece contradictoria— propietario de un sentido del humor de los más grandes que nunca se han paseado por la procelosa política española. Efectivamente: aquel parapeto le permitió navegar entre traiciones varias, estupideces diarias y una permanente sensación de interinidad que hubiera derrotado de entrada a cualquier otra persona diferente a él. Le conocí más a fondo (antes le había tratado episódicamente) cerrando las primeras listas electorales de la democracia en 1976. En su despacho profesional, después de haberse peleado con un centenar de candidatos insatisfechos, me dijo: «Esto es un parto complicado; el niño viene de culo». Suárez le había encargado ese menester y lo cumplió sin retorcer el gesto porque Leopoldo Calvo-Sotelo, según lo ha escrito su colaborador más cercano, Luis Sánchez Merlo, no expresaba sus emociones con rictus definitorios, no: se las guardaba y actuaba en consecuencia. Así sucedió, por ejemplo, cuando el líder del PNV, Xabier Arzalluz, le quiso chantajear con ETA en la propia Moncloa. Sin aspavientos, le advirtió: «No he escuchado lo que me has dicho; si lo hubiera escuchado, te hubiera expulsado de aquí».
Fue Leopoldo Calvo-Sotelo un hombre adelantado a su tiempo, superior, muy superior a lo que entonces se estilaba. Una pena que no hubiera asistido a la mediocridad actual, donde el más tonto no hace relojes, simplemente los estropea. Él, como jefe del Gobierno, sucesor nada menos que de Adolfo Suárez, ni podía presumir de carisma, ni estaba acompañado por el glamour que entonces exigíamos, como condición indispensable, a todos los líderes políticos. Le tocó en herencia asistir como espectador en primera fila al juicio a los golpistas del 23 de febrero.
El Tribunal sentenció unas penas ridículas y él, su Gobierno, las recurrió, las agravó y las ganó. No le perdonaron ni siquiera los que le tachaban de pusilánime. No es que tuviera la opinión en contra, sino que no le apreciaba. Desde la izquierda, porque estaba a punto de botar el barco del cambio; desde la derecha, la más persistente, pero no la más aguerrida, porque le apuñalaba a diario. Ya no vale la pena apuntar nombres, porque todos se estiran en el otro barrio, pero sí señalar esta larga constancia: Leopoldo Calvo-Sotelo, que dejó a huevo nuestra entrada a la Comunidad Europea a su cuñado, el marxista Fernando Morán; que consiguió nuestra admisión en la Alianza Atlántica contra la animadversión brutal del PSOE y de los mismos suyos; que cerró el paso a los espadones del 23-F; que, en un ambiente de crispación total con un Felipe González preparando su abordaje a la Moncloa, pactó con él una ley, la Loapa, que probablemente hubiera resuelto el estruendoso caos regional de España; que si daba la espalda a ciertas gentes de su partido, le metían una daga donde más duele; que se zurraba la badana con los bancos porque estos jugaban ya en un doble escenario: Fraga y el PSOE; que era incapaz de entenderse con la Iglesia que le reprochaba el divorcio, pero que, al tiempo, acordaba los dineros próximos de los colegios concertados y que, en fin, sufría el desdén de los medios que reconocían a palos su prestancia intelectual, pero que odiaban su suficiencia «distinta y distante», ¿se acuerdan? «La Esfinge», le apodaban. Fue, en poco más de año y medio, el presidente que situó a España en el mundo, alejando al país de la cerrazón anticuada de la derecha irredenta y del entreguismo casposo de la izquierda que aún coqueteaba con Marx y Engels.
Encima, era Calvo-Sotelo un hombre culto, cualidad que entonces, y ahora, no solamente no es celebrada por el público en general, sino que resultaba, y resulta, detestable al parecer por elitista. Rimaba versos satíricos intencionados, redactaba minibiografías de sus ministros huidizos y, además, leía, lo cual parecía una provocación a los analfabetos de una y otra condición ideológica que siempre pensaron, y piensan, que la vida no está para perderla encelándose con un tomo cualquiera. Por si fuera poco, como una autodidacta de origen, tocaba el piano y viajaba el 1 de enero a Viena, condición que era tildada de hortera, ¡fíjense!, por sus rivales. Rivales, que no enemigos, porque esos no los cultivaba. Tengo apuntado un consejo personal: «No te vengas abajo con los que te critican; la venganza produce gastritis». Ya se ve que en ciertas circunstancias no ahorraba expresiones rotundas. Al estilo de Foxá. Era un liberal, demócrata irreductible que, cuando notó que todo estaba perdido para su causa, para su partido, la llorada (ahora) UCD, dio por terminada la función, abrió en agosto las urnas y le entregó el poder, sin una mala cara, al ganador Felipe González. Él asistió a la descomposición de su partido. Unos, los democristianos, se fueron a la cama con Fraga; otros, los socialdemócratas, ficharon con cargos, desde luego, por el puño, a la sazón todavía vigente; y los suaristas pretendieron resucitar a su líder en extinción. Le dejaron solo y así cedió el poder. Alfonso Guerra reconoció: «Ha sido un traspaso ejemplar».
Queda para el recuerdo un hombre muy superior a su tiempo. En otro país, en otro escenario, hubiera sido un lujo para la exportación, aquí pareció un excéntrico lejano y aventajado que no se amoldaba a la realidad aldeana, la que todavía amaba el siglo XIX repleto de sangre y pérdidas. Nunca hubiera entendido la anormalidad actual porque él desdeñaba absolutamente la corrupción. Sus hijos, ocho, se acoplaban unos encima de otros en las literas de la Moncloa; el «okupante» de ahora utiliza el palacio como si fuera su cortijo, escondiendo hasta a su hermano, el facineroso David, creo que se llama. ¡Qué diferencia! Calvo Sotelo nos ingresó en la Europa que Sánchez, su sucesor años más tarde, pretende barrenar porque mejor se encuentra con Moscú, con Caracas, con La Habana, con Brasilia o con Montevideo, con sus prebostes terroristas y comunistas, que pretenden barrenar la Unión que se despeña, la que en su momento tanto añorábamos con Calvo-Sotelo de sherpa. España no concedió un minuto a Leopoldo Calvo-Sotelo para adecentarnos históricamente. Una pena el nuevo fracaso del regeneracionismo. Ahora, abril de 2026, volvemos a la caverna de un traidor, un desvergonzado. El revés de Calvo-Sotelo.
