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‘Sin novedad en el frente’: la guerra nunca ha sido tan inútil y actual

El ‘remake’ de la cinta bélica ya se puede ver en Netflix y es clave para mostrarle a las generaciones más jóvenes el horror de las guerras

‘Sin novedad en el frente’: la guerra nunca ha sido tan inútil y actual

Fotograma de 'Sin novedad en el frente'. | Netflix

Lo primero que te viene a la mente cuando estás viendo Sin novedad en el frente no es la obra original -si tienes conocimiento de ella-, sino la invasión de Rusia a Ucrania. Imaginas cuántos jóvenes están desangrándose, en lugar de estar con su novia en el cine. Piensas en lo que está cenando Vladimir Putin mientras sus compatriotas luchan una guerra que no entienden.

Y ese es el verdadero valor de esta película. Ahora que perdimos la sorpresa por los crímenes que ha cometido Putin, esta versión alemana nos refresca lo absurdo que significa pelear hasta la muerte por los caprichos de un loco. Y también remarca que en el final de cualquier conflicto están las razones para que comience otro. 

La versión alemana que podemos ver actualmente en Netflix llega con un pasado muy importante: dos adaptaciones, para cine y televisión, del gran libro de Erich Maria Remarque, publicado en 1929. Muchos no recuerdan la original, que ganó dos Oscar en 1930 (Director y Película), sino el inconfundible trabajo para televisión que nuestros padres nos obligaban a ver por la presencia del gran Ernest Borgnine.

Y por eso muchos historiadores han puesto el grito en el cielo, como si las ficciones estuvieran obligadas a repetir los mismos puntos de vista y argumentos, como si en cada libro los propios hechos no estuvieran manipulados por quienes perciben y exponen los conflictos. De nuevo, hay que repetir una y mil veces que, salvo en los documentales, el rigor histórico siempre sucumbe a la verosimilitud del discurso cinematográfico.

Hace poco no bastó con advertir a la audiencia de que la versión que verían en Blonde era plena imaginación de una escritora. A pesar de ello, los espectadores se sentían ofendidos con esta Marilyn dopada y violada, que parecía estar dispuesta a humillarse para cumplir las fantasías de cualquier hombre. Estos hechos pudieron pasar o no, quién sabe. Sin embargo, se advertía de entrada que era una ficción.

En el ensayo El cine es mentiroso y parece que lo acabas de descubrir, la crítica Aglaia Berlutti dice: «A pesar de su opulenta, conmovedora y brillante puesta en escena, La lista de Schindler de Steven Spielberg no cuenta la verdadera historia del empresario al que rinde homenaje. O, mejor dicho, sí lo hace. Pero de forma parcial, con toda la intención de crear un precioso tránsito hacia la redención y de sostener la idea trascendente del bien que se enfrenta al mal, incluso en las peores condiciones».

Edward Berger sabe muy bien lo que hace con la obra original de Sin novedad en el frente. Y no es la primera vez. Ya había sido galardonado por llevar a la televisión las novelas semiautobiográficas del británico Edward St. Auby en la miniserie Patrick Melrose. Lo que Berger quiere -y consigue, según mi punto de vista- es retratar el horror de la guerra en su justa dimensión. Y obviamente apela a la manipulación. Así, vemos a las clases altas -los militares de alto rango- comer los más elaborados pasteles mientras la clase baja -soldados en guerra- se alimentan del mismo pan viejo una y otra vez, o se ven obligados a robar huevos y gansos. Son elementos que le permiten pintar a los líderes y no perder tiempo en ello para concentrarse en el propio conflicto.

Mencionábamos a Spielberg y es cierto que Berger parece tomar algunas ideas del realizador estadounidense. Al respecto, dice Phyl de Semlyen en Time Out: «Los nerds de la historia notarán los arduos esfuerzos para captar la realidad del conflicto, pero el uso de inteligentes notas de gracia spielbergianas para compartir sus verdades emocionales también es una verdadera fortaleza: seguimos a un uniforme acribillado a balazos en un viaje macabro a medida que se recupera del cadáver de su dueño anterior, lavado, cosido y pasado a otro joven recluta en Alemania. Una bufanda donada por una hermosa chica francesa pasa de soldado en soldado en el escuadrón cada vez más reducido de Paul, un leitmotiv para otra vida más rica que están condenados a no vivir nunca».

Al igual que sucedía con los jóvenes de 1917, la extraordinaria y premiada producción de Sam Mendes, Berger trasciende porque, además de sentir el dolor y el miedo que los reclutas recién salidos de la adolescencia viven al ver cómo mueren sus compañeros, los espectadores comprendemos que la guerra es inútil. En lugar de mejorar las condiciones de vencedores y vencidos, las empeora. Es invaluable lo que Estados Unidos perdió después de la invasión a Irak. No solo en su discurso de garante de las democracias en el mundo, sino en la salud mental de sus propios ciudadanos.

De manera que sí. Los espectadores somos muy conscientes de las manipulación que se presenta cuando personajes sin medias tintas entran en acción. Es tan detestable el rector que infla el pecho de los jóvenes alemanes, insuflando un patriotismo de panfleto para que se alisten en el ejército, como el general que, sabiendo que se ha firmado la «paz», envía a los cansados soldados a un último combate y la inevitable muerte. Pero estas manipulaciones tienen un propósito y ese propósito se entiende desde que comienza la película, con la explicación de por qué un uniforme ya está etiquetado con un nombre, como menciona Semlyen en su reseña.

Como recuerda el crítico Peter Bradshaw en The Guardian, el título de la cinta en Netflix, Im Westen Nichts Neues (En Occidente, nada nuevo), fue usado en 1929 por el traductor australiano Arthur Wheen. Es una frase de un informe militar real, pero que guarda una gran ironía: el frente occidental solo está tranquilo para los muertos. En este punto es imposible no preguntarse qué le escribirán los militares a Putin cuando tienen que hacer sus informes.

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