Del duelo al amor: Siri Hustvedt se despide de Paul Auster
La escritora traza en Historias de fantasmas un hermoso recorrido por la historia amorosa que ambos vivieron

Siri Hustvedt y Paul Auster.
Paul Auster escribió El país de las últimas cosas después de publicar su exitosa Trilogía de Nueva York. Ambientado en un mundo casi posapocalíptico, aquel título de 1987 quedó ensombrecido por el resto de su producción literaria, plagada de obras del nivel literario de La invención de la soledad, El palacio de la luna o 4321. Fue la escritora Siri Hustvedt, por entonces ya su mujer, quien le había animado a terminarlo. En él, narraba el viaje de Anna Blume a una remota ciudad —un «abismo sin fondo» donde las casas, las calles, las palabras y las personas se desvanecían—, para encontrar a su hermano, un corresponsal de un periódico que había desaparecido mientras trabajaba en un reportaje.
En El país de las últimas cosas, todo se borraba mientras su protagonista —la única narradora femenina de toda la obra de Auster— luchaba por aferrarse a la vida, al recuerdo y al presente a través de la escritura. Cuando la publicó, se la dedicó a su esposa, a quien había conocido en 1981 y con quien mantuvo una hermosa historia de amor hasta su muerte, por cáncer de pulmón, el 30 de abril de 2024.
«Quiero ser un fantasma». Esa fue la promesa —¿o era un deseo?— que le había hecho el escritor poco antes de morir. Pero es Hustvedt quien lo devuelve ahora en forma de espectro en un extenso libro, Historias de fantasmas (Seix Barral), en el que comparte con el lector hasta los correos privados que intercambió con sus amigos sobre el estado de salud del escritor en los últimos meses, en los que vemos quizás a la Hustvedt más analítica y distante, a una mujer que se aferra a los datos y a la ciencia.
Reconstruir un amor
Demasiada información, tal vez. «Decir y no decir. ¿Qué añadir y qué quitar? Es una cuestión estética, pero también puede ser moral […]. No siempre es fácil saber qué conviene. Este libro es un ejercicio de ambas cosas», afirma. ¿Qué iba a hacer si no? Escribir era lo que ambos hacían, aunque a menudo a ella la invisibilizaran, como reprocha. Fue lo último que hizo Auster durante los largos meses de tratamientos, en los que compuso siete hermosas y tiernas cartas dirigidas a su nieto, Miles, hijo de su hija Sophie, en las que le narra el mundo que le lega a partir de algunos recuerdos familiares.
Y escribir fue también lo primero que hizo Hustvedt tras quedar viuda. «Siento que todo está fuera de lugar: la casa, la cama y mi cuerpo», narra en este libro con el que afronta y pone orden a su propia devastación. «Estoy haciendo un esfuerzo gigantesco por reconocerlo. Estar sin ti». Un testimonio con el que evita que todo, como en aquella otra novela de Auster, se desvanezca.
A partir de ahí, todo es válido. Se puede escribir como Francisco Umbral en Mortal y rosa, sin retoques ni reescritura, o como Mohammed Chukri con esa literatura «que no se puede tragar ni rumiar», o se puede acudir al lirismo de Wolfgang Hermann en Despedida que no cesa, tras la muerte súbita de su hijo adolescente.
Decía C. S. Lewis en Una pena en observación que nadie le había dicho nunca antes que la pena pudiera vivirse como miedo. Pero en Historias de fantasmas, Hustvedt vive la pérdida también como amor. Durante más de 40 años ambos habían sido Paul y Siri —«estoy en duelo por cómo esa ‘y’ me hacía sentir en el mundo. Esa ‘y’ donde él y yo nos superponíamos»—, en una relación que ahora reconstruye la escritora con tanto esmero que es imposible no leerla con agrado y empatía.
Como Joan Didion tras sentarse a cenar, la autora de El mundo deslumbrante o El verano sin hombres examina bajo la lupa de la escritura el dolor hasta transformar una historia de duelo, en la que comparte los varapalos de una enfermedad que apenas dio tregua, los tratamientos inútiles, las últimas veces, el fallecimiento y el entierro, en una increíble historia romántica entre dos escritores que crecieron juntos, que se acompañaron y se complementaron. «Nuestro matrimonio era un diálogo», describe.
Olvidar y no olvidar
Se habían conocido en febrero de 1981 a la salida de un recital de poesía, a través de un amigo común que los había presentado. «Cuando salimos al vestíbulo, vi que cerca de la salida a la calle había un hombre atractivo con una cazadora de cuero negro, los hombros encorvados y la mirada perdida. En mi memoria, tiene un cigarro entre los dedos. La atracción que sentí fue como un golpe seco en la nuca», rememora.
Atrapados siempre en su escritura, decía Auster que Ciudad de cristal —la primera parte de la Trilogía de Nueva York, rechazada hasta en 18 ocasiones por las editoriales— trata sobre lo que hubiera pasado si aquel día no se hubieran encontrado. Y aunque tampoco fueron fáciles los inicios, cuando el escritor acababa de salir de una relación con su exmujer, la también escritora Lydia Davis —con quien tendría a su malogrado hijo Daniel—, Hustvedt comparte con el lector las cartas, notas y palabras que ambos se dedicaron, consciente, tal vez, de que no existe otra forma de narrar la intimidad.
Incluso cuando se trata de los peores pasajes de su vida. «Después de todas las cosas horribles por las que hemos pasado, si me muero de cáncer será una mala historia», dijo Auster poco antes de morir por lo trágicamente previsible de su enfermedad. Se refería, claro, a los problemas que su hijo Daniel había arrastrado a lo largo de toda su vida hasta que, en 2022, murió por sobredosis, tras ser condenado por el homicidio imprudente que se cobró la vida de su propia hija pequeña de diez meses, a causa de la heroína y el fentanilo. «Cada día trae la misma batalla, el mismo vacío, el mismo deseo de olvidar y no olvidar», escribió Auster en El país de las últimas cosas. Escribir es una forma de actuar, afirma Hustvedt ahora, que piensa también en el personaje de Anna Blume, «empujando su carrito por esa ciudad que se desmorona». Mientras se reconstruye, asume las rutinas que hasta ahora eran únicamente competencia de su esposo. Y como hace la naturaleza cuando desaparece el ser humano, ella va ocupando su hueco lenta y silenciosamente, asumiendo ella sola y entregando al lector ese legado que un día fue de dos, esa ‘y’ sobre la que compone sus Historias de fantasmas.
