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Cultura

¿Chirimiri o sirimiri?

El 'Diccionario de sinónimos, antónimos y voces afines', de la RAE, pone a nuestro alcance la riqueza léxica del idioma

¿Chirimiri o sirimiri?

Una ventana durante un día lluvioso en Madrid. | Jesús Hellín (EP)

«Embriaguez, emborrachamiento, ebriedad, beodez, trompa, mona, moña, cogorza, melopea, merluza, tajada, curda, curdela, castaña, chispa, tranca, tea tablón, torta, jumera, juma, papalina, mordaga, pítima, turca, bomba, guarapeta, cohete, peludo, cura, mamadera, riata, sirindanga, cuete, torrija, chupeta, rasca, curadera, zoca, vacilón, nota, bolencia, cucuruca, pichinga, reata, moscorra, zorra, zamacuco, perra, filoxera, borrachez, crápula, mierda, pedal, pedo, pea, mamada, mamúa»: ésta es la lista de los 59 sinónimos e ideas afines del sustantivo borrachera que recoge desde 2023 la Real Academia Española en su Diccionario de la lengua española y desde hace un par de semanas estas voces y su solitario antónimo —sobriedad— figuran asimismo en su Diccionario de sinónimos, antónimos y voces afines, el primer diccionario de esta índole publicado por la RAE en toda su historia. Y creo que es digno de celebrarse esta nueva aportación a nuestro mundo de obras que facilitan el manejo del segundo idioma nativo más hablado del mundo.

Como observé ya en un artículo titulado precisamente Diccionarios, este tipo de obra nos ayuda a conocer y emplear adecuadamente la lengua que hablamos o aspiramos a hablar. Así, como dijo Pedro Salinas en su magnífico discurso titulado Aprecio y defensa del lenguaje de 1944 que no me canso de citar, se nos educa lingüísticamente, despertándonos la sensibilidad para nuestro idioma y persuadiéndonos de que seremos más completos y mejores si usamos con mayor exactitud y finura ese prodigioso instrumento de expresar nuestro ser y convivir con nuestros prójimos.

En su Diccionario de términos filológicos, D. Fernando Lázaro Carreter definía la sinonimia como la coincidencia en el significado entre dos o más vocablos, llamados sinónimos. Pero he ahí que la sinonimia absoluta, esta coincidencia en el significado entre dos o más vocablos o la total identidad del significado entre términos sinónimos, es relativamente rara, como explicaba D. Samuel Gili Gaya en el prólogo al Diccionario de sinónimos (1958), reproducido también en el Diccionario general de sinónimos y antónimos (1999) dirigido por el recién fallecido D. José Manuel Blecua.

Sea como fuere, un diccionario de esta índole, que nos proporciona alternativas léxicas, nos permite afrontar el reto de elegir las palabras adecuadas y lo hace asequible. Agiliza el discurso, lo potencia y enriquece nuestro caudal lingüístico porque nos ayuda a ser precisos en nuestra expresión, evitando repeticiones, discriminando entre matices de significado (no es lo mismo decir que parlotear), optando por el término correcto según el ámbito geográfico (llovizna, sirimiri, chirimiri, chipichipi, orvallo o chischís), ampliando o amplificando la expresión de un concepto u optando por el registro adecuado al contexto del habla (no pertenecen al mismo nivel del habla fallecer y cascar o palmar).

Ahora bien, sí es cierto que hay personas a las que no entusiasma el concepto de la sinonimia y que no creen en su existencia. En un prólogo a una recopilación de poemas suyos, Elogio de la sombra (1969), Jorge Luis Borges —de cuyo fallecimiento se cumplen hoy precisamente 40 años, por cierto— afirmaba que, como escritor, con el tiempo había aprendido a «eludir los sinónimos, que tienen la desventaja de sugerir diferencias imaginarias». También había llegado a afirmar en otra ocasión, en una entrevista, que era un error suponer que todas las palabras del diccionario podían usarse, que había muchas que no podían o, más bien, que no debían usarse. Y da como ejemplo los sinónimos de la palabra azulado: azulino, azuloso y azulenco. Y concluye que la verdad es que no son sinónimas y que la única de ellas que realmente puede usarse es azulado, porque es una palabra común que se desliza con las otras y que el lector acepta, mientras que todas las demás son palabras «decorativas» que «miran en dirección contraria, como decía Stevenson». Azulado sería la única palabra lícita, mientras que las demás no lo son, según Borges.

Eufemismos

No soy quién para llevarle la contraria a Borges. Lo que mantiene no me parece erróneo. Con todo, siguen existiendo palabras afines a otras cuyas significaciones se solapan o que en algunos casos son absolutamente idénticas: por valernos de un ejemplo que saca a colación Gili Gaya, lenguas romances es lo mismo que lenguas neolatinas o románicas. O, por volver al ejemplo de arriba, chirimiri no se diferencia en absoluto de sirimiri en su significación.

Y luego está toda la cuestión de la «manifestación suave o decorosa de ideas cuya recta y franca expresión sería dura o malsonante» (DLE): los eufemismos. El eufemismo no es sino una especie de palabra que más comúnmente se crea a través de la sinonimia. Son, como se sabe, palabras que en determinados casos o contextos se consideran más aceptables que la voz original: depuración, limpieza étnica, operación de limpieza, privación de existencia y purga son todas voces que pueden hacer las veces de genocidio; campo de los quietos, camposanto, fosal, necrópolis o sacramental a veces sustituyen cementerio (que de por sí ya es un eufemismo porque viene del griego y significa «el lugar de los que duermen»); aseo, baño, excusado, inodoro o lavabo sustituyen retrete; y un muy largo etcétera (los ejemplos son del Diccionario de eufemismos de José Manuel Lechado García).

De ahí que bienvenido sea este nuevo diccionario de sinónimos y toda la riqueza léxica que pone a nuestro alcance, porque, como se sabe, los libros buenos son maestros que no riñen y amigos que no piden.

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