José Manuel Blecua: sabiduría, modestia y bondad
«Fue sabio, sí, pero también entrañable, sensible y bueno. Marca un ejemplo de cómo se debe estar en los cargos»

El exdirector de la RAE José Manuel Blecua.
Me asomaba a la lectura de los periódicos con el temor de encontrar la noticia de la muerte de José Manuel Blecua. El viernes llegó ese día.
Le recuerdo con su abrigo largo de cuero oscuro, en una noche fría en Oxford, donde iba a dar una ponencia en un acto por los 300 años de la Real Academia Española, de la que era entonces director. Apenas tuvimos ocasión de intercambiar unas breves palabras y de que me hiciera llegar su tarjeta. «Para un español de provincias siempre es emocionante estar en Oxford», me escribió.
Al regresar a Madrid por Navidad, le fui a ver a la Academia. Yo le escribía y le hablaba de usted, y él me dijo, en aquel primer té, que le hablara de tú. Yo seguí tratándole de usted hasta que obtuve mi doctorado por Oxford. No me sentía merecedora de pasar a ese tuteo. No era una cuestión de edad, sino de respeto a su erudición. Y él, en su igualitarismo y cortesía encantadora, me trataba también de usted.
Nos carteábamos, intercambiábamos libros y experiencias docentes; íbamos a exposiciones, a merendar y a tomar chocolate —él no desayunaba. Le recuerdo con qué cuidado, incluso con cierta inquietud, preparaba sus discursos, que eran muchos, y siempre sin escribidores que se los hicieran. En ellos se unían la deferencia hacia el lector y el público, el rigor académico y la modestia.
Cuando le comenté que, como historiadora, quería investigar, entre otras cosas, el génesis del Instituto Cervantes, me dijo que de eso sabía algo, sin más. Luego lo encontraba en la documentación como secretario del Congreso de la Lengua Española de Sevilla de 1992 y como director académico del Instituto Cervantes en sus primeros años. Pese a sus grandes y pioneros logros, se maravillaba de lo que hacía y de mis objetivos, y me animaba a seguir, a seguir aprendiendo y trabajando «mucho y bien». Siempre me animaba.
José Manuel Blecua llegó a recibir numerosos e importantes premios y cargos —pueden consultarse en otros lugares—, pero no fueron los cargos los que le definen. Lo importante no es solo qué se hace en ellos, sino cómo se está: cómo se trata a los demás, a los «inferiores» —a aquella doctoranda veinteañera a la que le dispensaba el trato de usted—, a los trabajadores de la Academia por los que se preocupaba en tiempos de recortes de presupuesto nacional, y la consideración con la que los trataba. Y, desde esa misma modestia, desde ese deseo constante de aprender y de compartir el saber, reconocía a quienes habían sido sus maestros, así como la importancia y aspiración de ser buen profesor y buen gestor. Porque se puede ser ambas cosas.
José Manuel fue catedrático de instituto —eso que hoy casi ha desaparecido— antes que profesor y catedrático de universidad. La erudición para epatar no era lo suyo; sí la entendida como forma de divulgación y de compromiso social e intelectual.
Recuerdo un paseo de primavera por el Parque del Oeste de Madrid en el que me hablaba de su juventud en Barcelona, de sus veranos de infancia en Soria y del canto de los pájaros, de sus queridos nietos y de un viaje que hizo en coche hasta Rumanía atravesando el Telón de Acero: aventurero del saber, con sonrisa de curiosidad.
No se trata solo de acumular, ni siquiera de crear sabiduría, sino de qué se hace con ella y de los valores que la acompañan. José Manuel Blecua fue sabio, sí, pero también entrañable, sensible y bueno. Marca un ejemplo de cómo se debe estar en los cargos, no ocuparlos. Aprendamos. No se va del todo quien merece ser recordado.
Muchos cariños, descanso y buena lectura, mi querido profesor.
Marina Pérez de Arcos es profesora universitaria e investigadora europea en la Universidad de Yale, y doctora por la Universidad de Oxford.
