‘Los últimos días de María Antonieta’: los símbolos y los seres humanos
Gianluca Jodice dirige un sórdido relato de los padecimientos de los reyes de Francia antes de acabar en la guillotina

Escena de ‘Los últimos días de María Antonieta’, de Gianluca Jodice. | Filmax
El 13 de agosto de 1792, Luis XVI fue conducido con su familia a la Torre del Temple, donde aguardaría un juicio —cuya sentencia, en realidad, ya estaba dictada— y la ejecución en la guillotina. Los meses de espera que pasó allí la familia real es lo que narra la coproducción francoitaliana Los últimos días de María Antonieta, que se estrenará este viernes con notable retraso, porque es una producción de 2024. La dirige el italiano Gianluca Jodice, autor de otra cinta histórica muy recomendable: El poeta y el espía, sobre el controvertido Gabriele D’Annunzio durante los años del fascismo mussoliniano.
El título original de Los últimos días de María Antonieta es Le Déluge —literalmente, El diluvio—, y se divide en tres partes, cuyos respectivos títulos —«Los dioses», «Los hombres», «Los muertos»— sintetizan a la perfección el proceso que se relata. El final del Antiguo Régimen en Francia y el nacimiento del mundo moderno, narrado a través de la tragedia de quienes eran los símbolos vivientes de ese orden fenecido, pero también seres humanos confrontados con un destino terrible.
Por poner un poco de contexto: la familia real fue evacuada de Versalles cuando el palacio fue asaltado por una multitud iracunda. Se la reubicó durante un tiempo en el palacio de las Tullerías y Luis XVI pasó de ser rey de Francia a rey de los franceses. Pero las sospechas de que mantenía correspondencia con conspiradores contrarrevolucionarios, el intento de huida de París y la evolución de los acontecimientos revolucionarios condujeron a su traslado a la Torre del Temple como detenido a la espera de juicio y, finalmente, a su ejecución en la guillotina.
La llamada Torre del Temple constaba de dos edificios: una elegante residencia palaciega construida en el siglo XVII, en una de cuyas salas fueron alojados temporalmente la familia real y sus acompañantes —sin camas ni privacidad alguna—, y la torre medieval propiamente dicha, cuyas muy deterioradas estancias sirvieron de calabozos para Luis XVI —separado de su familia—, María Antonieta y sus dos hijos —Luis, el delfín, y María Teresa—, y un cortejo reducido al mínimo. Solo permanecieron con ellos la hermana del monarca, Madame Isabel, y Jean-Baptiste Cléry, el secretario personal del rey.
La película está basada en los diarios de Cléry y consigue plasmar con inteligencia y sensibilidad la agónica espera. Tal como le dice al rey uno de los revolucionarios que se dispone a juzgarlo: «Ustedes no son personas de carne y hueso, son símbolos, y para el nacimiento de un nuevo orden debe haber un sacrificio de sangre».
Los últimos días de María Antonieta no pretende ser una crónica política del nacimiento de una nueva época, sino el retrato de unos seres humanos que vivieron meses de incertidumbre en unas condiciones progresivamente humillantes. Luis XVI —interpretado de forma conmovedora por el también cineasta Guillaume Canet— es presentado con el perfil del que dejaron constancia los testimonios de la época: un hombre sin mucho carácter, con un fondo bondadoso, aficionado a reparar relojes, incapaz de procesar la situación en la que se encuentra y empeñado en agarrarse a falsas esperanzas, hasta que acaba asumiendo la cruda realidad de su situación.
Hay varias escenas que dibujan bien este proceso: como esa en la que, engañado por sus captores, accede a posar sus manos sobre un supuesto enfermo, porque al rey, por su condición, se le presumía la capacidad de sanar algunas enfermedades a sus súbditos. Entre mofas, comprende por fin, perplejo y humillado, que todo ha sido una patraña y en ese instante toda su aura simbólica se desmorona. Más adelante, en una conversación con su acusador, el monarca se muestra incapaz de entender el concepto de igualdad; otro signo inequívoco de que su tiempo ha quedado definitivamente atrás. Pese a todo, mantiene la ingenua esperanza de que se le perdonará la vida.
En cambio, María Antonieta —una muy convincente Mélanie Laurent— muestra en este largometraje una personalidad muy diferente a la frívola y pizpireta adolescente devoradora de pastelitos a la que retrató Sofia Coppola. Esos tiempos de fastos versallescos han quedado atrás y aquí aparece como una mujer con una visión más realista de la situación que la de su esposo. La reina protagoniza una escena muy dura y sórdida, en la que cede al acoso sexual de un capitán de la guardia a cambio de conseguir jabón, ropa limpia y un mejor trato para los suyos. El rey jamás sabrá que la mejora de las condiciones del cautiverio no se debe a la bondad de los revolucionarios ni es una señal esperanzadora de que el juicio acabará bien para él, sino que ha sido fruto del sacrificio de su esposa. La relación entre ambos, con sus muy diferentes personalidades, está bien perfilada, salvo en una escena de discusión conyugal en las almenas de la torre, más propia de una pareja del siglo XXI que de un matrimonio real del siglo XVIII.
La película ha levantado suspicacias entre quienes consideran que humanizar a Luis XVI y María Antonieta, mostrando su sufrimiento sin incidir en las injusticias del Antiguo Régimen, es reescribir la historia de forma torticera. Ante estas críticas, me permitirán algunos apuntes: la cinta se centra en la tragedia humana —que existió— de unos personajes atropellados por la Historia como últimos representantes de un mundo que se clausuraba. Su enfoque es mucho menos romántico que el aplicado a los últimos zares —que corrieron la misma suerte en la revolución bolchevique— en la notable Nicolás y Alejandra, de Franklin J. Schaffner.
En segundo lugar, es cierto que el pueblo que aparece en la pantalla es populacho, sucio y zafio. Ahora bien, la película suaviza episodios como el destino de Madame de Lamballe, la dama de compañía más querida de María Antonieta, a la que sacaron de la torre a los pocos días. Su destino fue atroz: fue asesinada y decapitada. En la cinta, la horda popular se presenta ante el rey con la cabeza en un paño y la lanza al suelo. La realidad fue todavía más inhumana: la exhibieron en una picota.
El largometraje se cierra con la ejecución del rey el 21 de enero de 1793. Nos ahorra la de María Antonieta y, sobre todo, los padecimientos del delfín, que, tras la ejecución de sus padres, fue encomendado al siniestro zapatero Antoine Simon, que lo sometió a espeluznantes torturas físicas y psíquicas, hasta que el niño de diez años enloqueció y después murió entre terribles sufrimientos. Según el testimonio de uno de los guardias, era «un cadáver que respiraba». Su hermana tuvo mejor suerte y, después de tres años en esa prisión, fue intercambiada por unos prisioneros y enviada a Viena. Fue la única superviviente.
La Revolución francesa es celebrada porque de ella nace en buena medida el mundo moderno. Pero conviene no olvidar que de ella también surgieron Robespierre, el Terror y después Napoleón. Como sentencia, en la escena final, uno de los miembros del comité revolucionario que ha condenado al rey, al ver pasar al cortejo que lo conduce a la guillotina: «La bondad que predicamos no hemos sido capaces de aplicarla en este caso. Pero la historia será indulgente con nosotros».
